Esperanza
Autor:
Anyara
Fecha: 05
de Diciembre de 2007.
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Anochecía…
la espera incensante por el término de un nuevo día estaba ahí, e InuYasha
lograba sentir en cada fibra de su cuerpo la ansiedad. Sabía bien que debía
esperar, que no tenía otra opción. Sabía que sus opciones habían acabado
aquella tarde, en que el mundo comenzó a carecer de sentido. Aquella tarde en
la que todo a su alrededor comenzó a difuminarse.
La penumbra
de las farolas en la calle comenzaba a inundar con su tenue luz la sala en la
que se encontraba. Todo en su entorno estaba sombrío, las cortinas
entreabiertas permitían vislumbrar el portaretratos que se encontraba en la
mesilla junto a una de las sillas del salón. El lugar parecía cada vez más
grande, si intentaba enfocar la mirada en algún objeto de pronto las paredes
parecían crecer y envolverlo con su oscuridad, transportarlo hacia un sitio
desconocido para él. Llevaba así tanto tiempo, que no estaba del todo seguro,
si eran semanas, o meses. No, no podían ser años. Cerró los ojos ante la
incertidumbre y sacudió levemente la cabeza con el fin de despejarse de
inquietudes, no le servían. Debía estar atento, expectante, si quería verla
esta noche.
Llenó sus
plumones de aire en una larga inhalación e intentó continuar respirando con
calma. La escasa luz de la habitación no permitía distinguir más que sus
facciones, pero se podían ver perfectamente los pómulos marcados por una
delgadez extrema, las mejillas hundidas, los ojos muy abiertos, los surcos bajo
ellos, oscurecidos por la falta de descanso. Hacía mucho que no se miraba a un
espejo, de hecho, ya no recordaba la última vez que lo había hecho. De pronto,
el tic tac del reloj que estaba sobre la biblioteca lo alertó y fijó la vista
anhelante en aquel óvalo que determinaba el tiempo. Eran las 21:47, ¿Por qué
siempre empezaba a la misma hora?.
El sonido
de la puerta de entrada marcó el suceso, tantas veces repetido, esperado por
él, codiciado. Ahí estaba, una vez más en esta especie de cita que era el único
sustento de su alma, vestida de primavera, aunque el frío en la habitación le
hablaba a sus huesos de un invierno crudo, pero por ella no pasaban los eventos
que afectaban a los demás, ella estaba elevada en un mundo que a él le
resultaba inexplorado. El mundo que se la había arrebatado.
-Kagome… -
susurraron sus labios, tan despacio que no estaba seguro de haber emitido en
realidad un sonido. Pero los ojos marrones de la mujer se fijaron en la
habitación, se quedó inmóvil como si esperara que el emisor de aquel sonido
saliera de la penumbra.
InuYasha se
puso de pie y el cabello oscuro y largo que a ella tanto le gustaba se acomodó
como seda en su espalda, el reflejo de su camisa clara era lo único que
realmente dejaba distinguir su presencia en medio de aquella oscuridad. Avanzó
lentamente hacía la figura femenina como si
la lentitud de su andar le permitiera tenerla por más tiempo, y quizás
fuera así. Caminó hasta que se encontró frente a sus hermosos ojos inquietos,
que continuaban buscando, que no eran capaces de verlo.
-¿InuYasha?...-
susurró ahora ella en una pregunta. Y el corazón del hombre dio un salto, por
el simple hecho de que la melodía de la voz amada acariciara sus sentidos. Se
deleitó en ella, sabiendo que pronto sucedería, y que la imagen adorada de su
Kagome se alejaría como cada noche.
-Aquí
estoy… - dijo, mientras que sus dedos se elevaban en busca de la mejilla
femenina. La rozó con suavidad y una vez más, como tantas otras noches, su piel
estaba gélida. Contuvo el aliento.
Vio cómo
los ojos de Kagome se cristalizaban, todas sus emociones se reflejaban en
ellos, y la luz de la ventana que estaba a espaldas de InuYasha lo ayudaba a
definir cada rasgo de su rostro. Era tan bella, tan suya, tan llena de vida.
Una sonrisa
suave llenó las mejillas de la mujer, al mismo tiempo que una lágrima dejaba su
sendero húmedo en ella. La mano fría de Kagome se posó sobre la suya,
inquietándolo aún más. Y aquel mismo volcán de sentimientos que arrastraba
desde hacía tanto, amenazaba con explotar en la calma de aquella casa. La que
un día compartieron.
Pero esta
ocasión no podía ser diferente. Y como tantas otras noches, se repetía la
incertidumbre. Veía a Kagome alejarse por las escaleras que conducían al
segundo piso. ¿Por qué siempre lo llevaba a la misma habitación?, ¿Por qué no
se quedaba con él para siempre, aunque solo fuera para contemplarla?
-Espera…-
le pidió InuYasha, mientras que la figura casi alada de Kagome subía como si
una corriente de viento la elevara.
Avanzó todo
lo rápido que pudo, necesitaba alcanzarla, quería sostenerla de la mano antes
de que partiera como lo hacía cada noche, dejándole la amargura de la soledad.
Pero otra vez, como tantas, ella avanzaba más rápido que él, como si una fuerza
para InuYasha desconocida se la arrebatara.
Se quedó
ahí… de pie en la entrada de la que había sido su habitación común. El sitio
donde vivieron tantos momentos de alegría. De pie en el umbral, observaba la
cama en la que se entregaban desnudos a cientos de sueños.
“No hay
mayor placer que tenerte desnuda entre mis brazos”
Le solía
decir, cuando ella como una niña se refugiaba en el abrazo dulce de su amante.
En el abrazo de su compañero y esposo.
No podía
entrar, no se sentía capaz de avanzar dentro de aquel sitio. La luz en la
ventana que ahora Kagome abría, y que comenzaba a inundar el cuarto, le
advertía que una vez más lo dejaría solo. La veía extender su mano, invitarlo a
ir con ella, pero él no podía avanzar. Ese camino para él estaba prohibido. Y
las paredes del pasillo comenzaban a desfigurarse, a cambiar su densidad, a
moverse y aterrarlo.Y el cuarto que antes fue su paraíso, el sitio sagrado
donde compartín sueños y proyectos, se desfiguraba ante sus ojos. Y Kagome
volvía a perderse en la inmensidad de una luz que parecía tragársela y dejarlo
a él abandonado con su dolor.
Cayó una
vez más, una noche más de rodillas esperando que la oscuridad de la casa que
había sido su hogar lo engullera. Hasta la siguiente noche, hasta volver a
verla por algunos minutos. Hasta volver a tener la visión espectral de su
Kagome.
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Las risas
llenaban la casa, veía a su Kagome vestida de primavera, que hermosa se veía, elevando
una cesta llena de golosinas que estaban destinadas a la celebración del
cumpleaños de su segundo hijo. Habían soñado tanto con aquellos niños. Con ver
realizado el amor que se tenían a través de hijos. Se puso de pie y avanzó
hacía ella para socorrerla, no había más de diez niños, pero juntos parecían un
ejercito, y el niño cuyos ojos marrones eran idénticos a su madre le sonrió con
un diente menos. El corazón se le lleno de amor. Vio tantas ilusiones en
aquellos pequeños ojos. Tantas como veía en Kagome cuando le decía que confiaba
en él.
“Confío en
ti”.
Recordó sus
palabras y de pronto las sirenas de una ambulancia martillando en sus tímpanos,
el sonido de una máquina que pitaba marcando los látidos del corazón. Voces,
muchas voces. ¿Por qué?, se preguntaba.
Siempre condujo con responsabilidad, pero no podemos responder por los demás y
a veces terminamos siendo las víctimas de otro al que no le importa tu vida.
Sintió que
despertaba de una pesadilla. Se llevó las manos al rostro. Las tenía frías. El
salón estaba ya en penumbra, seguramente había dormido mucho, pues no recordaba
haber visto la luz del sol. El reloj en la biblioteca sonó con su infatigable
tic tac. Las 21:47.
Y ahí
estaba… una noche más de retener su imagen y perderla… siempre perderla.
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La brisa le
acariciaba el rostro, era fresca, exquisita. La luz se filtraba a través de sus
párpados cerrados. Los abrió con calma, con la tranquilidad que lo embargaba en
ese momento. Sintió el tacto de los dedos femenimos enlazados a los suyos,
acarició uno de ellos con su pulgar. Escuchaba la voz de Kagome, llenando el
aire con su melodía. Siempre le había resultado hermoso escucharla, sin
importar si le hablaba de la compra, o de temas transcendentales como ahora…
era simplemente preciosa.
-Deberías
intentar entender los mensajes del Padre…- la escuchaba insistir con la
confianza que tenía sobre la existencia del alma.
-Tesoro… me
cuesta creer en Dios - le respondió con la misma calma de siempre, su formación
había sido, al menos los primeros años de su vida, religiosa, pero InuYasha
tenía las reticencias lógicas de quien siempre se ha explicado los hechos de la
vida a través de la ciencia.
-¿Por qué
no lo ves?...- preguntaba ella con insistencia
- Quizás…
-¿Me
amas?...
-Claro que
sí…- respondió con seguridad
-Tampoco
ves el amor… y existe.
InuYasha
solo pudo sonreir y abrazarla con mucha fuerza. Esa era la magía de Kagome, su
fe en el amor, parecía hacerla capaz de concebir cualquier milagro.
-Sí… el
amor existe…- terminó con concederle mientras depositaba un beso en la frente
de su amada. Su certeza real del amor.
-El Padre
es amor. – concluyó Kagome fundiéndose en el abrazo de su amado.
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-InuYasha…-
dijo Kagome, mientras cortaba algo de verdura para la comida de ese día
-Dime…
-¿Crees que
un alma pueda aprender todo lo que necesita en una vida? – preguntó con
verdadera curiosidad. Aunque a InuYasha ya no le extrañaban las inquietudes de
su esposa. La había conocido así, y justamente esa curiosidad por la vida era
mucho de lo que amaba en ella.
-Bueno… hay
muchas ciencias…
-No… dije
alma. Me refiero a aprender de tu vida, de tus errores, analizarlos. Detenerte
realmente en ellos y mirar con amor las cosas que parecen injustas y descubrir
la enseñanza en ellas.
De pronto
despertó de aquella especie de sueño, ¿Por qué llevaba días soñando con
aquellos diálogos?. Se encontraba una vez más en las sala oscura de su casa. Nuevamente las luces de la calle
comenzaban a entrar, siendo la única ayuda que recibía para vislumbrar el
sitio. No se había planteado encender luces por temor a que Kagome no viniera.
Por las noches se sentía sumergido en las tinieblas, así era como sentía
también su alma, inutilizada, ausente de la vida, de la razón. No recordaba el
último día en que fue a trabajar. Parecía no hacerle falta a nadie. No
recordaba tampoco la última vez que sonó el teléfono. Buscó con la mirada la
figura de aquel aparato que simulaba a uno antiguo, sobre una mesilla cerca de
la entrada. Tantos detalles de su vida con Kagome, tanta vida en ellos, para terminar
así. Solo y sin más destino que la espera, noche tras noche de la figura
precaria de su amada.
Tic tac…
las 21:47.
Y ahí
estaba Kagome una vez más, de pie junto a la puerta, vestida de primavera.
Observarla desde el silencio del ricón en el que se encontraba, solo lo llevaba
a concluir que era hermosa, no era perfecta. El sabía bien que estaba lejos de
serlo, desde un principio ella misma se había encargado de alertarlo de todos
sus “defectos”, desde sus cambios de carácter, hasta de las partes de su
anatomía que menos le agradaban. Pero para él, siempre había sido hermosa,
justamente por todo aquello que no la hacía perfecta, y por su lucha constante
por ser mejor persona. Aunque InuYasha pensaba que era estupenda.
La vió
recorrer con la mirada la habitación. Buscando. InuYasha no sabía si había sido
su letargo, pensando en su belleza, el que había marcado cierta diferencia,
pero esta vez, la imagen luminosa de Kagome se aventuró unos pasos dentro de la
sala.
-Estoy
aquí…- dijo él con suavidad, pero aunque ella se quedó inmóvil, no se giró a
mirarlo sentado en aquel sillón.
La vió
acariciar el reloj sobre la biblioteca, que continuaba marcando las 21:47.
InuYasha arrugó el ceño ante aquel descubrimiento. No había notado antes que el
tiempo se detuviera cuando ella llegaba.
Los pasos
de Kagome de aventuraron a la mesa que había junto a una silla, y de pronto la
suave luz de una lampara en ella se encendió. Los ojos de InuYasha reaccionaron
a la luz parpadeando un par de veces, y la figura de ella parecía más luminosa
aún, sus mejillas estaban coloreadas, irradiando vida, como las recordaba, y de
pronto una leve sonrisa al elevar en sus manos el portaretratos que contenía
una fotografía de ambos.
InuYasha se
puso de pie y avanzó con lentitud hacia ella. Se detuvo a su espalda e intentó
abrazarla del mismo modo que lo estaban en la imagen.
Kagome se alertó, él sabía que ella podía percibirlo, lo sabía. Sintió cómo
ella se giraba y de pronto un hormigueo que no esperaba le cruzó el cuerpo
entero, quitándole incluso el aliento, dejando en él una sensación de ligereza.
Había pasado a través de él, ¿o había sido al revés?.
La vió
avanzar nuevamente hacía las escaleras. Nuevamente lo llevaba a la habitación a
la que no se atrevía a entrar, una presión en el corazón lo inquietaba. Algo
era diferente ¿por qué?.
La siguió,
los pasos de Kagome, parecían más reales que antes, avanzaba con rápidez, pero
no percibía esa sensación éterea en ella, no la misma de otras noches, sin
embargo, él parecía ir más rápido. Los cuadros de las paredes a su alrededor
perdían forma, por la velocidad que llevaba. Encontrándose de pronto en el
umbral de su cuarto, y a Kagome tras de él.
La sintió
entrar en la habitación, otra vez cruzando a través de él. La sensación de
ligereza estaba ahí nuevamente.
¿Por qué lo
traía hasta aquí?. Se preguntaba inquieto, pero más lo
inquietaba no poder entrar en aquel cuarto ¿por qué, si tantos momentos
hermosos se atesoraron en ese sitio?. La luz en la
ventana comenzaba a crecer nuevamente, y la mano de Kagome se extendía para él.
InuYasha alargó la suya intentando cruzar ese umbral que lo aterraba. No quería
perderla, no quería que el cruzar ese umbral no le permitiera verla más.
-Ven… no
temas…- escuchó la voz dulce de su Kagome.
-No puedo…-
le respondió casi suplicante.
La luz que
entraba por la ventana, le permitía a InuYasha vislumbrar a la perfección la
figura de su esposa, hermosa, con el cabello libre y ondeado cayendo por la
espalda. La amaba… cuánto la amaba.
-Mi vida…
ven… no temas…- insistía ella, y la dulce voz tenía una nota triste en su canto.
-No quiero…
no quiero que te vayas - le confesó sintiendo que el alma se le iba a caer a
pedazos, por solo pronunciar aquellas palabras.
-No temas…
por favor… solo ten fe.
“Ten fe”
Recordaba
esas palabras algo en ellas le daba confianza. Y avanzó un paso y las sirenas
de las ambulancias se clavaron en sus oídos nuevamente.
“Ten fe”
Otro paso. Y el sonido de las voces alrededor, y de los pitidos
de aquella máquina que marcaba sus signos vitales.
“Ten fe”
Y de pronto
se desplomó en el piso de aquella habitación, recórdando el modo en que aquel
camión salió del costado derecho de la carretera, obligándolo a pasarse al
carril de al lado. Y luego, el sonido ensordecedor del metal crujiendo y
cerrándose a su alrededor. Recordó entre una vaga nube de imágenes, la voz
dolorida de Kagome mientras que tiraba de él. Recordó el momento en que abrió
los ojos, con su cabeza posada en el regazo de su amada, y ella acariciando sus
cabellos, la sangre manchando sus mejillas, el miedo a que ella estuviera
lástimada y la inexistencia total de movimiento en su cuerpo. Recordaba que no
sentía dolor y que Kagome le sonreía dulce, mientras lagrimas
salían de sus ojos.
“Ten fe”
Le dijo,
mientras que InuYasha veía las luces de las sirenas reflejarse en el rostro de la
mujer que se había convertido en su vida entera. Luego una nube de
incertidumbre, entre momentos de mediana conciencia. Y de pronto, la máquina,
dejo su pitar intermitente, para convertirse en solo una línea constante. Hora
de la muerte, 21:47.
Abrió los
ojos, viendo a Kagome de pie en la habitación que había sido su paraíso en
casa. La vió sonreir abrazando el portaretrato que había traído desde la sala.
La luz entraba por la ventana a raudales, había un hermoso día ahí fuera. Ella
ya no podía verlo, pero InuYasha estaba seguro de que sabía que aún estaba ahí.
Intentó llegar al piso y ponerse frente a ella. Acercó sus labios a los de su
Kagome y ella sintió el hormigueo del roce.
-Tengo fe…-
le dijo. Y se fue difuminando con la luz de un día de primavera.
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Un día de
sol cualquiera, de un año cualquiera, en un sitio cualquiera. Dos personas. El
sonriéndole a la vida. Ella, vestida de primavera. Pasean de la mano,
sintiéndose agradecidos de haberse encontrado.
-InuYasha…
-Dime.
-¿Crees que
un alma pueda aprender todo lo que necesita en una vida?...- preguntó con
aquella curiosidad casi infantil que la caracterizaba. Y él, que siempre había
sido un hombre de encontrar respuestas en la ciencia, sonrió, sintiendo que
dentro de él habían conocimientos que no sabía explicarse con definiciones
“lógicas”
-No lo sé…
pero tengo fe.
Fin.
Sé que esta historia puede parecer
extraña, un poco desconsoladora en algunas de sus partes, pero nació así, como
muchas otras veces nacen largas historias de nada. Un poco de lo que creo y lo
que siento esta plasmado en cada uno de mis relatos. Este es un cariñito que
quería dejarle al alma de cada uno de los que me lee. Intentando decirles que
hay que tener fe, que incluso la muerte no es un termino.
Es solo un paso.
Gracias infinitas por leer.
Muchos cariños, besitos y abrazos… y
recuerden… siempre en amor.
Anyara
P.D.: Ya seguiré con lo demás… creo
quepor estos días estoy inspirada, hay que aprovecharlo ¿verdad?... jejeje…
gracias por la paciencia. Se las agradezco con el alma.