OPIO

 

 

 

"Porque eres como el opio, a simple vista inocente y frágil, pero que sutilmente me atrapas para siempre y utilizas conmigo la mas cruel de las torturas, la de no amarme"

 

 

 

Capítulo 1 (La Señora Kumiya)

 

 

En un jardín cubierto de amapolas rojas, se halla oculto un hermoso estanque; lleno de peces de colores aterciopelados, cuyas aletas y colas, son tan largas y bellas, que parecen criaturas danzarinas moviendo sus velos al son de las ondas del agua.

Hermosos nenúfares flotan en la superficie, dando la imagen de un cuadro en movimiento con una sinfonía perfecta que trae el viento como compañía. Todo ello es como si perteneciera a un mundo de sueños y fantasías, donde jóvenes damas en kimonos de suaves colores y estampados, hacen compañía a los hombres que la visitan durante el paseo por este paraíso lleno de armonía.

Algunas de las parejas se detienen bajo el cerezo a besarse, otras solo contemplan la grandiosidad y hermosura de la naturaleza en tales jardines. Y se sienten como espectadores fascinados por el edén que los rodea.

Caminos bordeados de pequeñas estatuas de ninfas, sílfides y sirenas, llevan hasta una de las casas más lujosamente construidas del lugar. Con numerosas habitaciones donde sus atenciones pueden ser satisfechas cuando así lo quieran.

En una de ellas, decorada a un estilo único y muy personal, se encuentra una mujer de cabellos negros y ojos miel, acompañada de su principal amante. Ella, a gatas sobre el futón, y sintiendo la sujeción de sus manos en las caderas, recibe las embestidas acompañadas de su nombre en cada aliento. Es el único en muchos años que la menciona por su nombre de pila, solo uno lo hizo anteriormente, y por su testarudez y constancia por llegar a ser la más deseada por los hombres y vivir de ello, perdió su amor y su confianza.

Había llegado a tener un nombre, y un respeto por parte de ellos. Pero ahora sabía que, tanto como se había propuesto llegar hasta donde estaba ahora, no había recompensa después de todo lo que había perdido. El amor y el cariño ya no le pertenecían desde que decidió continuar este camino. Su reputación había llegado alto, sí, estar con ella o con cualquiera de sus muchachas era un honor para cualquier hombre. Pero por muchos hombres que quisieran mimarla o tenerla, la sensación de vacío nunca se iba.

Sus recuerdos de más de veinte años atrás regresaron a su mente; el comienzo de esta clase de vida a las afueras de la ciudad, en una pequeña casa, con una habitación y un comedor que hacía las veces de cocina y cuarto de aseo. Había conseguido llegar hasta el imperio que ahora poseía con mucho esfuerzo, sacrificio del que se había sentido orgullosa, excepto por un detalle que le resultaba demasiado doloroso; el no poder tener una de las dos personas que más quería consigo; su hija.

A sus veinte, le quitaron ese gran amor, una pequeña criatura concebida con uno de sus primeros amantes; un mestizo de cincuenta años, de sangre española, que nada más nacer la hija de ambos, la llevó a Sevilla con él, para darle una educación adecuada lejos de posibles rumores que pudieran perjudicar tanto a él como a la recién nacida.

Nunca la vio, ni supo de ella hasta hacía unos meses, que recibió su primera carta. Fue cuando supo que se trataba de una chica alegre y despierta, y con una caligrafía excelente.

En esa carta le comentaba cómo su padre le había hablado de ella, y cómo había dispuesto para que llegasen a conocerse.

En la más reciente le hablaba de cuánto deseaba conocerla, y le prometía que pronto llegaría el día en que estarían juntas. Eso la hizo tan feliz como el día que la tuvo por primera vez en brazos, que también fue el único. Sospechaba que ya había embarcado, ¿Cuánto tiempo le llevaría llegar a Japón?, ¿Dos meses quizás?

Dos largos meses en los que no haba recibido ninguna carta más de ella. Estaba ansiosa, pronto podría verla. Y por fin la abrazaría, sintiendo -por primera vez- que su hija realmente existía.

El destino era curioso cuando decidía sobre las personas, ella había deseado conocerla desde que su padre se la llevó tan lejos. Había suplicado tantas veces por carta que ya no le quedaban más pensamientos para convencerle de que se la trajera, aunque fuera para verla solo una vez. Pero era cierto que ella no había estado en las mejores circunstancias; cuando apenas había podido mantenerse a ella misma.

Ahora podría acogerla con todas las comodidades que se merecía, y enseñarle los jardines de este pequeño palacio; donde vivía con las chicas.

Un verdadero paraíso para los ojos de los visitantes, cierto, pero no todo era tan bonito. No era fácil de mantener, cuidar los jardines para que estuviesen como estaban, conservar la pulcritud de la casa, costear la comida, las ropas y la estética de veinticinco mujeres, además del servicio y los espectáculos musicales. Y los bailes que en ciertas ocasiones brindaba a sus clientes más asiduos.

Toda esta imagen era posible gracias a un hombre del que nunca esperó su ayuda, tal vez sí de su padre, pero jamás de él. Y ahora le debía una gran suma de dinero que no sabía cuando quería recuperar, por mucho que intentaba reunirlo, los ingresos le daban poco más que para cubrir los costes.

Unos pasos rápidos y furiosos se estaban aproximando a la habitación donde ella se encontraba, captando su atención. Miró hacia la puerta, y se apartó rápidamente de su cliente cuando vio cómo las puertas de arroz se abrían y entraba un hombre. Uno alto, enchaquetado, y de complexión fuerte. Tena cabellos largos y los llevaba recogidos en una cola baja. Sus manos eran grandes y finas, las de alguien que no se haba visto obligado a trabajar con ellas. Los ojos rasgados y de un miel dorado, contenían la ira de un hombre con un carácter que en ese momento parecía insoportable. Miraban con tanta fijeza que hasta el más seguro de sí mismo tendía a apartar la suya.

Su expresión era aristocrática, como la que poseyó su padre siempre. Pero a diferencia del otro, esta era una seria y amargada; la de un hombre enfadado con el mundo.

-         ¡Hitomi!

La ira se arrastraba en sus gritos, poniendo los vellos de Hitomi de punta.

Al mirar sus ojos vio que brillaban con un rencor y odio que le partió el alma

Para él ella fue quien separó a su padre de su familia. Llevaban sin saber de su paradero durante siete años, y estaba convencido de que era por su culpa.

-         Inu Yasha - Su nombre escapó como una mezcla de reprimenda y miedo. Ese muchacho, que no tenía más de treinta años, tenía un aire tan rígido e imponente que nadie escapaba de su influencia. Y el ambiente estricto que se formaba a su alrededor provocaba un respeto que ni la nobleza más prestigiosa conseguía.

Se sentó en el suelo y tapó los pechos con las manos, sintiendo por primera vez una vergüenza tal de su desnudez que ni en sus primeros años como prostituta sintió cuando los que supuestamente fueron amigos de la familia la visitaron pidiendo por sus servicios.

-         Quiero mi dinero Hitomi. Ahora - Exigió Inu Yasha. Sin importarle que allí hubiese otro hombre, desnudo y apurando por vestirse. Siendo otras las circunstancias y la persona, habría mandado avisar y esperado fuera, pero esta mujer no merecía ningún tipo de cortesía ni respeto.

Hitomi miró de reojo a su amante mientras intentaba obtener la calma suficiente para poder plantarle cara a Inuyasha.

- Himura - Su voz era baja y tranquila, pero bajo ella había un hilo seco que no pasó desapercibido para ninguno de los dos hombres. - ¿Puedes esperarme en el estanque?, haré que te lleven un vino mientras tanto.

Himura asintió y miró de soslayo a Inu Yasha. Su expresión era recelosa, que precisamente él lo hubiera visto en este lugar y en tales circunstancias era para estremecerse. Este muchacho, que siempre había sido un arrogante perezoso, se había convertido en los últimos años en un hombre respetable, condición que le vino forzada por la desaparición de su padre.

Que alguien como él le diera por soltar la lengua, era un problema que debía evitar. Inuyasha era muy influyente. Tenía tratos con manos importantes de varios países, y él debía proteger sus negocios. Lo que menos le interesaba era que un hombre tan respetable, conservador y admirado como él, fuese hablando de los sitios que frecuentaba. Eso no era favorable ni para su economía, ni para su familia. No quería pensar en la hecatombe que le caería encima si los chismorreos llegaban a oídos de su mujer y sus hijas

Se vistió como pudo y pasó por su lado con la cabeza gacha. Sabía que era una tontería, todos allí lo conocían e Inuyasha conocía a todo el mundo, pero aún así quería evitar sus ojos y desaparecer de su vista cuanto antes. Cruzó la habitación rápidamente, con la mitad de sus ropas en los brazos y los vellos de la nuca se le crisparon cuando sintió su mirada clavársele desde atrás.

-         No hace falta que corras, Himura, tú no me interesas - No esperó a que el hombre terminara de salir por la puerta, cogió del suelo un yukata y se lo lanzó a Hitomi a la cara - Deja de mostrarte como una zorra. Vístete. He venido a hablar, no a ver lo burda que eres.

Himura no pudo evitar que aquello le molestara. Se volvió con su cuerpo redondo y con su poco más de metro y medio y lo encaró, tal vez Hitomi no se estuviese ganando la vida con la mejor de las profesiones y estuviese mal vista por la mayoría de las mujeres de la zona, pero eso no quitaba que se tratase de una mujer dulce, agradable y considerada, no merecía que la tratase de forma tan irrespetuosa. Pero cuando la mirada de Inuyasha regresó a él, amenazadora y retándolo a que dijera algo, se tragó sus palabras. Se inclinó en un saludo formal y salió de la habitación

-         Adiós Himura, espero que la próxima vez que nos veamos no sea para encontrarte en una casa de putas. Tu esposa es una mujer respetable, una gran señora, no la insultes estando con una furcia que solo sabe destrozar familias.

Himura se había detenido al oír el comienzo de sus palabras, y los pies se le habían quedado congelados en el sitio, impidiéndolo continuar. La rabia y las ganas de aplastar a un miserable como el que InuYasha estaba demostrando ser, era casi incontrolable. Avanzó dando pasos rápidos por el pasillo, frustrado por no poder decir unas cuantas cosas que le estaban obligando a morderse la lengua, y con los puños apretados y pegados al cuerpo para evitar que fueran directos a su cara. Lo que más deseaba en este momento era soltar varios insultos a ese hijo de puta y darle una lección de modales y respetabilidad.

Después de unos segundos de silencio donde la tensión invadía toda la habitación, Hitomi cogió el yukata y se vistió, anudando de mala manera y con movimientos bruscos el obi.

-         No tengo mucho tiempo, así que iré al grano.

-         Lo que tú no tienes es educación, Inu Yasha. Desde luego no te pareces a tu padre - Cuán diferente era uno del otro, tanto como apreció a Inu Taisho, no podía dejar de odiar a este malcriado consentido. Cuando pensó en lo extraño de que le prestara el dinero no se había equivocado. Este buscaba algo con lo que atraparla para vengarse de una idea equivocada. Y ahora tenía un motivo

Una mano se estampó en su cara haciéndola caer al suelo. Miró a Inu Yasha, aún incapaz de creer que realmente la hubiera abofeteado, ¿Cómo se atrevía a pegar a una mujer? ¿Tan despiadado era? si él supiese... Desde luego que él le guardaba rencor por algo de lo que estaba muy equivocado, pero por respeto a un buen hombre como fue Inu Taisho, -el padre de este colérico diablo-, no iba a aclararle nada.

-         ¡Nunca te refieras a mi padre! ¡Todo lo que tú mencionas queda ensuciado! - Su voz sonaba tanto a desprecio que la hizo dar unos pasos hacia atrás. Bueno, era eso lo que pretendía, cohibirla. Había esperado ansiosamente este momento, y por fin había llegado. Después de tanto tiempo con los nervios crispados y la intranquilidad que los recuerdos de su madre le traía, podría quedar en paz con esto - ¡Hablemos Hitomi! Este picadero me revuelve el estómago. Terminemos cuanto antes para no tener que volver a verte.

El maldito estaba consiguiendo que sus palabras dolieran. Levantó la cabeza con los ojos brillando por las lágrimas y dirigió la mirada a un punto en el que él no la viera. Deseaba patearlo hasta sacarlo de la casa, pero el vínculo que había tenido con su padre se lo impedía.

-         Sígueme, hablaremos en mi despacho.

-         Vaya, así que aparte de abrirte de piernas, tienes un lugar donde contar el dinero.

Hitomi quiso ignorarlo, no merecía la pena contestarle, no le daría la satisfacción de saber cuánto le dolía que se dirigiese a ella con tanto desprecio.

Entraron en una pequeña habitación, donde colgaban cuadros de flamencos, arrozales y cascadas que caían en reposados estanques en el que bebían algunos ciervos.

Había una mesa rectangular en un extremo del salón, Hitomi se sentó en un sillón e invitó a Inu Yasha a sentarse en el que estaba situado al otro lado.

Este hizo caso omiso y permaneció de pie en otro rincón de la habitación.

El silencio duró demasiado, consiguiendo ponerla aún más nerviosa. Las manos de ella estaban bajo la mesa, deseando retorcerlas para que la inquietud que le creaba su presencia fuera expulsada de su cuerpo. Pero no podía hacerlo, no podía hacerle ver cómo la afectaba verlo allí. Inuyasha solo era un niño para ella, pero era el hijo de Inu Taisho, y le debía demasiado a este hombre como para desvelar algo que quiso que permaneciera oculto. Por el bien del apellido Yoshima.

-         ¿Qué quieres, Inuyasha?

-         Mi dinero

-         Sabes que no tengo esa cantidad, si pensabas pedirlo tan pronto, ¿Por qué me lo dejaste?

-         Evidentemente porque creí que podía confiar en ti, pero está visto que las putas no sois fiables, solo sabéis quedaros con lo de los demás. Dime, ¿A cuántos le has sacado los ojos ya? - La mandíbula se le contrajo cuando vio la expresión de ella al reaccionar a sus palabras. Sabía que no podría devolvérselo y por ese motivo había ido a reclamarle, pero que usase esta treta no quería decir que se sintiese orgulloso. Esto solo era una venganza, se había jurado que le haría pagar de alguna forma por el daño que le hizo a él y a su familia, y si tenía que ser dejándola en la ruina y con unas deudas que jamás podría pagar, pues así sería - Vamos, no me subestimes, estoy seguro que encuentras la forma de pagarme.

Los ojos de Hitomi se abrieron con espanto, segundos mas tarde parecían haber asimilado algo que la dejó totalmente pálida y con una cara enfermiza. Y a Inuyasha aún más incómodo y rabioso de lo que ya estaba.

-         Puedo... puedo ofrecerte-

-         Espero que no te refieras a ti. Eso me asquearía.

Hitomi se tragó las palabras avergonzada, ¿qué pretendía entonces?, ¿qué quería conseguir con esto?, no tenía mas para ofrecerle excepto lo que había en la casa, ella o sus chicas. No había ningún otro bien que pudiera darle. A no ser que quisiera la casa, y no estaba dispuesta a entregarle su futuro y su vida, había pasado por cosas innombrables para llegar a donde había llegado. Pagó por cada uno de sus pecados si a los ojos de los demás haba tomado el camino equivocado. No iba a entregar sus esfuerzos a nadie, ni siquiera a la familia de Inu Taisho

-         Puedes venir cuando quieras, tus necesidades estarán bien atendidas cuantas veces-

-         ¡Pero qué coño! - Se acercó a ella dando grandes zancadas - ¿Crees que puedes pagarme así! - empezó a reír - ¿Mis necesidades? - El tono de su voz sonaba como una burla, abochornándola aún mas de lo que ya estaba. - No quieras ser tan delicada Hitomi, di más bien que quieres pagarme a polvos. Te digo ahora mismo que esa oferta no me interesa en absoluto.

Inuyasha vio de reojo que una silueta se detenía tras las puertas de arroz. La tensión ante la segunda figura, poco convencional por sus ropas, que se paró detrás de la anterior, hizo que Hitomi también se percatara de que no estaban solos.

-         Señora - Se oyó la voz tímida y servicial de la primera muchacha - ha llegado una visita, pregunta por usted.

-         Vaya, no dejas de tener trabajo, ¿eh, Hitomi? - Inu Yasha alzó una ceja y silbó, haciendo que su burla sonase aún mas grotesca.

Su ironía irritó a Hitomi, quien abrió la boca para protestar, pero se interrumpió a sí misma cuando la puerta se abrió de golpe. Dejando entrar a una joven de apenas veintiún años.

Inu Yasha retrocedió varios pasos, sumergido entre una mezcla de molestia por la interrupción, y curiosidad por la muchacha que irrumpa en la oficina, vestida con un traje verde oliva.

Tenía un escote voluptuoso, provocado por el corsé que llevaba bajo las ropas, (por su mente pasó el pensamiento de que era típico de las mujeres europeas vestir de una forma tan asfixiante). Los faldones caían hasta apenas cubrir sus botas de cordn negras con un pequeño tacón de cuatro centímetros, y sus cabellos posean unos rizos grandes y sedosos que brillaban con los destellos del sol que entraba por la ventana.

Miraba a Hitomi con un entusiasmo único en su rostro, como si fuese la primera vez que la viera y al mismo tiempo la conociera de siempre. Tenía totalmente abierto esos ojos grandes y expresivos, con un brillo tan deslumbrante en el color café de su iris, que lo tenía atrapado, haciendo que no pudiera apartar los suyos de ellos.

Ella dijo algo, moviendo esos labios carnosos y rosados lentamente, y luego paso la lengua por ellos de una forma tan especial; inocentemente, y tan simple como querer humedecerlos. Pero con un gesto tan erótico y sensual que su cuerpo reaccionó en el acto.

La muchacha levantó las manos al escote de su vestido, provocando inconscientemente que se fijase en ellas; se veían finas y delicadas, las de una muchacha dulce y atenta. No había rasguños ni señal alguna de que trabajara con ellas, por lo que dedujo que pertenecía a una familia económicamente acomodada. Sus rasgos eran de los de su raza, pero su tez era algo más clara que la de ellos, con una tonalidad más dorada que morena, y los pómulos eran ligeramente mas pronunciados. Herencia de alguna sangre occidental diferente a la de los europeos.

Los ojos, los labios, los pómulos, el color de su piel... todo aquello unido, la convertían en una criatura exótica y hermosa. Tanto como ninguna otra que hubiese conocido antes. Lástima que no supiera quién era, y que, teniendo tratos con Hitomi, no podría tratarla como la dama que parecía ser; una mujer decente y casta.

La joven caminó unos pasos hasta detenerse frente a Inu Yasha, parecía enorme. Tan alto... ella apenas le alcanzaba el pecho. Dudó antes de hablar, aún afectada por la impresión que él le había causado. Y no dejaba de penetrarla con la mirada, tan inquisitivamente, y sin ningún reparo, que la hacía sentirse extraña.

-         Siento interrumpir esta reunión, señor. Pero las circunstancias, creo, merecen que acepte mis disculpas por entrar de este modo y sin esperar a que usted sea atendido. Agachó la cabeza levemente en un saludo cortés y no esperó a la contestación que él estuvo a punto de darle. Se giró con una sonrisa totalmente abierta que le llegaba a los ojos, y exhalando una felicidad tal que era imposible para cualquiera de los presentes no sonreír ante su imagen. Para ella era el mejor día de su vida. Estaba ahí, delante de ella; Hitomi, y podía abrazarla como tantas veces había soñado que haría.

Se la veía toda cortesía, pero le faltaba la suficiente educación de escuchar una respuesta cuando se dirigía a alguien. Aún así, Inu Yasha no pudo evitar sonreír levemente, una sonrisa apenas apreciable. Esta joven, que tenía cierto parecido con Hitomi, había conseguido anular su cerebro con tan solo su presencia.

Vio cómo se apresuró a la otra en pocas zancadas, con los ojos abiertos y la voz arrastrada por el inicio de las lágrimas y la excitación.

-         ¡Mamá! Susurró, lo suficientemente alto como para que los otros dos llegaran a escucharlo. Pero qué importancia tendría aquello. Que todos supieran que era su hija no era nada comparado con que por fin pudiera estar con su madre.

Hitomi la recibió con un fuerte abrazo y tan emocionada como ella. Las lágrimas brillaron en sus ojos, aún así no llegaron a salir de ellos. Aún estaba en tratos con Inuyasha, y no iba a dejarle ver que podía tener alguna vulnerabilidad. Ya era demasiado que acababa de saber que tenía una hija, y por la forma en que las miraba y el modo en que apretaba la mandíbula, podía decir que le había disgustado y también sorprendido.

-         Kagome - Sostenía el rostro de su hija entre las manos - Mi pequeña, qué delicia tenerte aquí. - se apartó de ella y le cogió las manos abriendo el espacio entre ellas para contemplarla por entero - Pero mírate, eres toda una mujer - Volvió a abrazarla y se balanceó con ella cuando sintió sus brazos rodearla con cariño. Sin apartarse de ella, tocó la campanilla para que una de las sirvientas entrara. En pocos segundos se vio la sombra de una de ellas inclinarse tras las puertas de arroz - Debes estar cansada, haré que te preparen un baño y que te proporcionen ropas más cómodas, luego puedes visitar los jardines, te gustará estar allí.

-         Llevando la sangre de su madre, seguro que le gustará más estar en una de tus... "habitaciones" - Murmuró Inu Yasha, dejando caer la frase como si la dijese para él mismo, pero lo suficientemente alto para que las otras la escucharan.

Kagome lo miró con curiosidad, con una sonrisa extraviada que daba a entender que no había comprendido. Pero Hitomi, al oírle decir aquello, notó cómo subía por su pecho todo el odio que jamás hubiera podido sentir por alguien, lo miró con una furia asesina que apenas podía controlar, su respiración se arrastraba con una calma amenazadora, y apretaba los labios para evitar que los insultos y las palabras que podrían hacerlo callar y arrepentirse de cada uno de sus actos para con ella. La cama le llegó cuando vio un atisbo de arrepentimiento y la intención de querer retractarse en cuanto sus miradas se cruzaron. Por estos segundos vio en su expresión al niño del que tan orgulloso se había sentido Inutaisho, y del que con tanto amor le había hablado siempre. Y si no fuera tan orgulloso y arrogante como su padre había dicho en ocasiones en los que le había sacado de quicio, estaba segura de que habría pedido alguna disculpa.

Ignorando su presencia, acompañó a Kagome a la puerta.

-         Preparadle una habitación en la otra ala, que esté alejada de las demás chicas - Ordenó a la sirvienta.

En cuanto las vio alejarse por el pasillo, Hitomi se giró a él. Inuyasha la vio acercarse con pasos rápidos, y el rostro rígido típico de una madre enfadada que va a inflingir algún castigo a su hijo. Le pareció extraño aquél comportamiento departe de ella, pero algo dentro de él se removió advirtiéndole que acatara su regañina. Infundiéndole algo de respeto.

-         Podrás insultarme a mí, Inu Yasha. Pero no voy a consentir que trates a mi hija del mismo modo, porque no es ninguna prostituta ni lo será nunca. Ella es una dama, y ni tú ni ninguno de los que están aquí son lo suficientemente buenos para ella, ¿entendido? trátala con el respeto que su educación y su estatus merece.

-         Eso lo dirá el tiempo, de tal palo... - Fue interrumpido con una bofetada. La había visto moverse, pero jamás hubiera esperado una reacción como esta.

No podía defenderse, se lo había merecido. No sabía por qué había dicho semejante grosería, el resquemor de haberlo querido rebajar a porquería con respecto a su hija, haberlo querido denigrar... no, lo que le había molestado había sido que dijera que no era bueno para la muchacha. No la conocía, solo la había visto esa vez y apenas la había oído decir gran cosa, pero la muchacha conseguía algo de él que no tenía definición, y tan solo con su presencia.

Su rostro se volvió rígido por contener allí las palabras, pero no las que lo defenderían, sino las que lo delatarían por lo avergonzado que estaba. Ella tenía razón, aunque no iba a dársela. No tena ningún derecho de ultrajar a esa niña por ser hija de una furcia. Y eso era otra cosa que lo enfurecía. Precisamente tenía que ser hija de esta furcia, una enemiga a la que había venido a hundir...

La madre tenía razón en una cosa, la chica no estaba a su alcance, pero por ser hija de quien era, no por la clase o a lo que se dedicasen sus padres.

El pensamiento le trajo la curiosidad de saber quien era él. Se dio la vuelta, dándole a Hitomi la espalda y dio varios pasos hasta la mesa. Distrayéndose con la textura de la madera con el dedo índice para que no se notara su impaciencia por saber mas de la muchacha.

-         ¿Quién es el padre?

-         No te interesa - Escupió ella, considerando un insulto que él pudiese interesarse por su hija.

Aquella respuesta no fue la acertada, hizo que Inuyasha quisiese luchar por algo que tenía que ver más con la naturaleza de un hombre que con el raciocinio. Su mente pensaba rápidamente, y encontraba las salidas que beneficiaba a sus deseos aún más rápido de lo que las ideas le llegaban.

-         Yo creo que sí. - Se giró a ella, apoyándose en la mesa, e hizo un gesto con la mano que hacía referencia al dinero.

 

No le gustaba nada la malicia de sus ojos, ni lo villano de su sonrisa. Estaba tramando algo contra ella de lo que no podría defenderse, y temía que Kagome estuviese por medio.

-         Akira Higurashi - Susurró, en un tono tan bajo que esperaba que Inuyasha no hubiera logrado escucharlo. No le gustaba la idea de que supiera del padre de Kagome. Bien podría estar buscando la forma de amenazarla yéndole a él con la deuda.

Si hiciera eso, Akira no volvería a permitir que tuviera ningún contacto con su hija.

Inu Yasha se apartó inmediatamente de la mesa, acercándose un paso a ella, y sin ser consciente que estaba demostrando abiertamente lo sorprendido que estaba.

-         ¿Higurashi? - Parpadeó, para volver en sí y asimilarlo. De pronto se le pasó un pensamiento por la cabeza, y dedujo por qué Hitomi había tenido una hija con Akira - Ese hombre era un viejo cuando emigró a España, ¡Jeh! ¿Pensabas que con una hija te iba a sacar de esta miseria? - sus carcajadas sonaron por toda la habitación y salieron al pasillo - Qué ilusa fuiste, tú solo eres una puta, y ese hombre tiene mucho nombre para mezclarse contigo, agradece que criase a tu hija.

-         Nunca quise su fortuna, con que haya cuidado de ella me basta. No me conoces, Inuyasha... no me juzgues tan a la ligera - Si él supiera que el segundo hombre que se ofreció para darle una educación decente a Kagome -si Akira no respondía- fue su padre, la rabia le llevaría a estrangularla allí mismo. Inu Taisho, por el vínculo que había entre ambos, debía evitar decir la verdad a Inu Yasha.

-         ¿Qué edad tiene?

Hitomi se acercó a él a tal extremo que podía oír su respiración. Inuyasha se enderezó incomodado por su cercanía y la fijeza de su mirada que iba directa a los ojos.

-         Muy pronto cumplirá los veinte, ¿Por qué me preguntas todo esto, qué interés tienes tú en ella? ¿qué pretendes, Inuyasha? - La sombra de la sonrisa que se formó en los labios del hombre la hizo temblar.

-         ¿Te asusta que ella me interese? - No hubo contestación - Bien, ¿ves como siempre hay una forma de pagar tu deuda?

Los bellos de Hitomi se erizaron de pavor

-         ¿De qué estás hablando? - Preguntó, alejándose inconscientemente de él.

-         Mañana a las 8:00 tendrás un contrato en tus manos, donde dirá que tu hija pasará a mis cuidados. Tendrá que estar lista para entonces, porque en cuanto firmes el contrato mi sirviente la llevará conmigo.

El grito de espanto se filtró en los oídos de Inuyasha como un sonido desagradable y chirriante. Señal de que la había intimidado lo suficiente para considerar su amenaza.

-         ¿Estás loco? ¡ella no entra en ningún trato! - Dijo horrorizada, Inuyasha debía haber perdido la cabeza por completo si le proponía algo tan descabellado, ¿cómo se le podía ocurrir que vendiera a su hija como si fuera una esclava?

-         Ahora sí, haberlo pensado antes de coger el dinero. ¿Querías lujos no?, pues eso tiene un precio, si mañana ella no está aquí cuando mi sirviente venga, te juro que irás a la cárcel. Y teniendo en cuenta la cuantía de lo que me debes, vas a pasar allí el resto de tu vida.

-         ¿Con qué pruebas pretendes encerrarme? ¡Yo no he hecho nada! - Levantó el mentón queriendo mostrar un valor de los que en esos momentos escaseaba, Inu Yasha tenía mucha influencia entre los mas importantes del lugar, podría hacer cualquier cosa que se propusiese.

-         Ya, creo que tengo pruebas suficientes. Me has robado mucho dinero, Hitomi, y no existe ningún contrato que hable de un préstamo.

-         ¡Sabes que no es cierto y hay testigos! Todos saben que no soy una ladrona - Sus clientes mas prestigiosos sabían de la ayuda de Inu Yasha

-         ¿Te refieres a Himura? Ese desgraciado hablará en mi favor con tal de no ponerse en evidencia ante su familia.

Hitomi soltó una risa histérica ante las imágenes de verse encerrada y sin la ayuda de nadie, si Himura no la defendía, poco podría hacer para defenderse ella sola, pero no podía rendirse ante Inuyasha.

-         ¿Crees que la cárcel va a amedrentarme? ¡Prefiero una celda a entregarte a mi hija!

Inu Yasha ignoró sus palabras. Se dirigió a una estantería y sacó uno de los libros, uno de cuadros con símbolos kanjis

-         Dime... ¿Cómo está Sota?

La sangre de Hitomi se congeló cuando oyó ese nombre, ¿Cómo poda saber de él?, ni siquiera Himura, quien más tiempo pasaba con ella, conocía a su segundo hijo.

Inu Yasha sonrió ante el silencio de Hitomi, ahora sí la había atrapado.

-         ¿Cómo le va al niño con sus estudios? Por lo que sé está en uno de los mejores colegios de Europa, será una pena que estando tú en la cárcel no puedas seguir pagando su enseñanza - Chasqueó la lengua y negó con la cabeza - Una lástima. Esa escuela no permitirá que tu chico siga allí, lo entregarán a un orfanato en cuanto sepan que su madre está detenida, tengo entendido que son muy exigentes con el linaje de sus alumnos. Si no tienen buenos padres, toman sus propias acciones al respecto. Eso me lleva a otra pregunta, ¿Cómo has conseguido ingresar al chico en ese colegio siendo un bastardo como su hermana? - Ella no contestó, pero no hacía falta que lo hiciera, ya sabía quién era el padre del muchacho. Un hombre aún más influyente que él, que por tal de mantenerse a salvo de posibles amenazas de paternidad por parte de Hitomi, envió una carta y una buena suma de dinero a ese colegio solicitando el ingreso del niño.

Lo que nadie hizo nunca, él lo había conseguido; hacerla sentirse dolida por haber marcado a sus hijos al tenerlos sin la legitimidad que confería un matrimonio. Jamás le había parecido tan insultante la palabra bastardo. Y ni siquiera podía defenderse ante esa verdad. No podía defender a sus hijos contra las miradas ni los tratos despectivos que gente como él tendría con ellos.

Hitomi agachó la cabeza, intentando contener las lágrimas. Comprendía su amenaza, la estaba haciendo escoger entre sus dos hijos, Kagome o Sota, un pequeño de nueve años, al cual consiguió ingresar en la mejor escuela de Europa a los cuatro. Y que su padre, quien prefería ignorarlo, se arrepintiese de haberlo repudiado.

-         Vete, Inu Yasha

Inu Yasha asintió como despedida y se encaminó a la salida del despacho. Antes de correr la puerta de arroz, se volvió para decirle algo:

-         Ahora sabrás lo que es sufrir porque separen de ti a un miembro de tu propia sangre. - No se quedó para enfrentar sus gritos, salió de la habitación y siguió el largo del pasillo, hacia el salón que lo llevaría a los jardines, y de allí fuera de aquél odioso lugar

-         ¡Estás loco! ¡Me oyes! ¡Yo no aparté a tu padre de vosotros! ¡Si se fue es porque así lo quiso! - Gritó angustiada, asomándose a la puerta mientras veía cómo se alejaba el hombre más cruel con el que se había cruzado alguna vez.

-         Mañana a las ocho de la mañana, Hitomi. No lo olvides.

Gritó Inuayasha antes de torcer en la esquina que hacía el pasillo.

Levantó una mano a modo de despedida mientras se alejaba de ella, sin molestarse siquiera en mirarla. Sintiendo cómo la sonrisa se iba formando en sus labios, aunque no estaba seguro de si por la pequeña victoria que había conseguido o porque iba a tener a esa criatura en sus manos a partir de mañana.

Cuando oyó cómo la puerta se cerraba y los llantos comenzaban, supo que había conseguido un pequeño paso para su venganza. Ahora tenía que dar el segundo. Redactaría ese contrato y haría que ella lo firmara.

Su sonrisa se volvió mas libinidosa mediante se formaba la imagen de Kagome en su mente, entrando en su casa, temerosa y dispuesta a ser servicial por miedo a que su madre saliera perjudicada. Sabía que no podría hacerle daño nunca, y que no la obligaría a nada, se conformaba solo con tenerla cerca; con ver ese rostro exótico, sus pechos sobresaliendo de esos escotes europeos, y levantando sus faldas para mostrar las pantorrillas cuando tuviera que subir a un caballo y acompañarlo por los terrenos de la casa.

Disfrutaría de su compañía, y a través de ella haría que Hitomi sufriera todo lo que padeció su madre. Se veía obligada a firmar el contrato a cambio de su otro hijo, al menos esperaba que no se hubiese equivocado con la mujer y no fuera, además de puta, bruja; porque si decidía no firmar, tendría que cumplir con lo que le dijo, denunciarla y no parar hasta verla encerrada en una celda, y a su hijo en un orfanato. Y él poda ser muchas cosas, pero no un monstruo, y no quería destrozar la vida de un niño inocente que, después de sus investigaciones, prometía convertirse en un hombre de éxito gracias a su inteligencia.

 

 

 

 

08/10/2005

 

 

N. AA: ò.ó qué malo es aquí Inu Yasha, por diox, una gopita a este hombre, a ver si se le bajan los humos, hip.

 

Las dos Artemisas

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Nos dedicamos a vivir el día, sin dependencia alguna, y cazar en la noche, fuera de las tradiciones, queriendo compartir nuestra felicidad con los demás