OPIO

 

 

Capítulo 2 (Inu Yasha Yoshima)

 

El baño había sido lo mejor desde que llegó a Japón, esa terma artificial perfumada con pétalos de rosas flotando por el agua y el vapor que se concentraba en esa sala, en la que la habían dejado acompañada de unas mujeres que tocaban unos instrumentos desconocidos para ella, cuya música era sumamente relajante.

Hubiese preferido quedarse en estas aguas por más tiempo, pero su estómago le avisaba que era la hora de la cena. Se sorprendió al sentir abrirse la puerta nada mas salir de los baños, las mujeres al servicio de su madre parecían estar pendiente de ella en todo momento, entraban con unas toallas, y ropas originarias del país.

Reconocía que estaba más cómoda con ese furisode floreado, que le llegaba hasta los tobillos, cuyas mangas se abrían hasta llegar casi hasta el final del kimono, sujetado a su cuerpo por un obi que contrastaba con otra tonalidad diferente.

Le producía curiosidad las ropas que le habían dado, y abría los brazos para ver la extensión de las mangas. Se suponía que tenía que ser más engorroso siendo tan ajustado a las piernas, y con esas mangas tan grandes, pero lo cierto era que apenas pesaba, no como su vestido. Y notaba cierta liberación al no tener que usar las enaguas.

-         Estas son las prendas que llevan las señoritas que no están prometidas aún.

Kagome miró con curiosidad a la sirvienta. Solo estaba de visita, por qué le habían dado una vestimenta que gritara a todos que estaba soltera y sin compromiso? No tenía intención de casarse, menos con alguien de tan lejos de su casa y su padre.

La misma sirvienta le cubrió los pies con unas medias blancas que tenían un compartimiento aparte para el dedo gordo. Otra prenda que parecía ser incómoda y en cambio daba cierto gusto poder separar el dedo del resto. Le pusieron unas sandalias de madera frente a ella para que las calzara, con una suela de una sola pieza y con una plataforma de casi 17cm… por mucho que lo anterior le pareciese cómodo dudaba que esto lo fuera. La suela iba disminuyendo el espacio hasta que ocupar solamente media planta del pie, y lo que quedaba como una especie de tacón ancho, estaba al nivel de los dedos en lugar del talón. En cuanto se pusiera eso y se levantase de la silla iba a romperse algún hueso. Sospechaba que iba a permanecer más tiempo en el suelo que de pie.

-         No tema señorita, no es difícil andar con ellos, se acostumbrará enseguida, y los tabis le mantendrá los pies calientes – La criada se inclinó y sonrió.

Una vez que comprobó que andar con aquellas sandalias no era tan trágico como pensó que sería, otra sirvienta la guió hasta una sala, donde había una mesa, que apenas levantaba del suelo unas dos cuartas, en el centro. Con dos pequeños manteles, y unos cuencos tapados con un par de palillos sobre ellos; estaban en una esquina del mantel. Y en la otra había una fuente pequeña con lo que parecían dos toallas de manos enrolladas y humeando. La sirvienta le extendió la mano indicándole que se sentara en el suelo, después hizo una reverencia y la dejó sola en lo que tenía que ser el comedor. Una habitación cuadrada y con un par o tres cuadros como único adorno aparte de la mesa. Caminó hasta ella, sin atreverse a tocar nada de lo que había puesto, se arrodilló ante ella y olió el aroma que desprendían los cuencos

-         Es sopa… - Dijo aliviada. No era mala para las comidas, pero tenía tanta hambre que deseaba comer algo conocido, algo que la saciara de verdad. Volvió a aspirar del cuenco y sintió cómo el hambre se agudizaba. Por suerte no tuvo  que esperar mucho más para calmar su apetito, porque la puerta se corrió en ese momento y su madre entró, con el rostro pálido.

-         ¿Tienes hambre Kagome? – Intentó sonreír a su hija, pero en la mueca hubo un deje de tristeza, cuando ella asintió, que ensombreció su rostro – Pues empecemos a cenar – Tomó el cuenco, dejando los palillos a un lado, lo destapó, y se lo llevó a los labios, Kagome imitaba cada uno de sus movimientos.

-         Mama, ¿ocurre algo? – No la conocía, al menos no tanto como para saber con certeza si era preocupación lo que veía en ella, pero parecía ausente, y por el recibimiento que le dio cuando llegó, dudaba que esa fuera una actitud común en su madre. Algo le decía que ánimo tenía que ver con el hombre que estaba reunido con ella en su despacho horas antes.

La curiosidad por saber de quien se trataba, de si alguien con el que hacía negocios o si un cliente, la embargó. Sabía qué actividad ocupaba su madre, y eso no era importante para ella, aunque Akira la hubiese mantenido oculta durante tantos años -haciéndola creer que había muerto al tenerla- para que no le hiciera daño saber la verdad, como si a ella le afectase a qué se dedicaba Hitomi.

La creía una luchadora, saliendo adelante por sí misma, su madre le contó desde el principio por qué de encontrarse con un negocio como este,  aparte, no entendía por qué su padre lo había mantenido en silencio, en su momento no pareció importarle, siendo ella una prueba evidente. Y de buenas a primera, se empeñó en que debía conocerla, que estaba viva y residía en Japón. Y la mandó de viaje antes de que pudiera preguntar por qué tantas prisas repentinas – ¿Quién era el hombre que estaba contigo?

Hitomi levantó la vista, su boca titubeó antes de tomar aire. Soltó el cuenco y ocultó las manos en sus mangas. La acción fue rápida, pero no lo suficiente para que Kagome no viera que estaban temblando.

-         Kagome, nunca te acerques a Inu Yasha… no es un buen hombre, solo busca hacer daño a los demás.

Bueno, no era partidaria de juzgar a las personas antes de conocerlas, pero en este caso obedecería a su madre. No tenía interés en conocer a ese hombre que se mostró tan prepotente delante de ella…

 

Apenas había amanecido cuando se levantó, con la espalda dolorida de haber dormido  en el suelo, y de tener que mantener la cabeza en una extraña almohada que no ocupaba más que la nuca, limitando sus movimientos.

No se veía capaz de acostumbrarse a de esta forma de vida, ¿cómo podía la gente dormir así?

Buscó en la maleta uno de sus vestidos; con los kimonos se sentía a medio vestir, y las medias se le hacían incómodas. Las puertas se descorrieron rápidamente, Hitomi entraba nerviosa, apresurándose a ella como si tuviera que protegerla de algo.

-         Debes salir de aquí cuanto antes. Hay un tren para Iwaki que sale dentro de poco, uno de mis hombres te acompañará hasta que embarques para Inglaterra.

-         ¿Mamá? – No llegaba a comprender la desesperación de su madre, ayer estaba extrañamente preocupada, pero ahora le estaba pidiendo que se marchara. Conocía los deseos de ella de conocerla, porque se lo había estado diciendo en cada una de sus cartas… Algo muy grave debía estar sucediendo cuando ahora eso no importaba.

-         Kagome… no puedes quedarte aquí, cielo – tomó el rostro de su hija, entonces fue cuando Kagome pudo apreciar los ojos hinchados y enrojecidos de Hitomi – no es un buen momento, te prometo que cuando todo esto acabe iré a verte… - Se separó de ella y empezó a guardar en las maletas todas las cosas que Kagome había sacado

-         Señora…

Tras la puerta se vislumbraba la figura de una de las muchachas del servicio.

-         Un señor espera en su despacho, dice venir departe del señor Yoshima

Dejó lo que estaba haciendo y miró a su hija, quien parecía confundida y preocupada por su comportamiento. Era normal, había llegado con la idea de pasar un periodo largo juntas, y ella la estaba mandando de vuelta a España a la mañana siguiente de su llegada. Y con unas prisas que harían sospechar a cualquiera de que algo malo sucedía y la perjudicaba.

-         ¡Oh, Kami, aun no es la hora! – Miró a la sirvienta y vio cómo la muchacha se encogía sin saber qué hacer, en dos zancadas se puso frente a Kagome y la sujetó por los brazos – Escúchame, no salgas de aquí hasta que yo te lo diga, no deben de verte.

-         ¡Mamá, me estás asustando!, ¡Qué demonios ocurre! – Su educación había sido estricta respecto a la forma de hablar, al tono que se debía emplear y a las palabras correctas. Pero empezaba a ponerse nerviosa,  cada vez que ese hombre era mencionado, la reacción de su madre se volvía peor.

-         Cariño, ese hombre espera algo que no pienso entregarle, saldré de esto sin sacrificar nada. – Salió de la habitación, escuchando el inicio de la frase que estuvo por decir su hija, pero no se quedó a escucharla. Tenía que resolver esto cuanto antes.

Kagome se quedó allí parada durante unos segundos, sin saber qué hacer. Hasta que reaccionó y decidió que quedarse a esperar no iba a solucionar gran cosa. Pidió a la sirvienta, que aún permanecía tras la puerta, que la ayudara a vestirse y salió en busca de su madre.

La encontró discutiendo con un hombre mayor, que lo único que le decía era que él solo era enviado por Inu Yasha y que si ella no firmaba el contrato tendría que volver para comunicárselo. No sabía de qué contrato hablaban, pero por las súplicas de su madre debía ser algo muy importante.

-         ¿Qué ocurre?, ¿Por qué esas voces? – Miraba de Hitomi al hombre, buscando una respuesta al escándalo que se oía desde los pasillos. Podía ver el enfado en el rostro de su madre, y el nerviosismo en sus manos; que se aferraban con fuerza a falda de su kimono.

Avanzó hasta la mesa y apiló las hojas que habían quedado desordenadas, como si alguien las hubiera tirado. Cogió los documentos y los leyó por encima; estaban escritos en Kanji, pero su padre le había enseñado a leer los símbolos, no era ningún problema para ella interpretar lo que ahí ponía. Una especie de contrato

-         ¿Es por esto? – Leyó más detenidamente, entendiendo el motivo por el que su madre estaba tan nerviosa y enfurecida; su nombre aparecía en el contrato, convirtiéndola en un intercambio económico, ¿Cómo podía pretender el tal Inuyasha comprarla? – Márchese señor…, ya ha oído a mi madre, no va a firmar, vaya a decírselo a ese hombre...

El mensajero inclinó la cabeza y salió en silencio, una vez fuera del despachó asomó la cabeza y se disculpó antes de soltar una advertencia hubiese deseado no tener que decir, pero eran órdenes de su señor, no podía desobedecerlas; se suponía que regresaría acompañado de la señorita, era de esperar que recibieran muy prontos noticias de Yoshima.

Kagome esperó a que el recadero desapareciera para exclamar un jadeo y negar con al cabeza. No podía creer que ese hombre, siendo aún joven, tratara con esclavos, y menos aún que pretendiera que lo fuera ella. ¡Y suya además! Esto era inconcebible. ¿Cómo se atrevía?... Bueno, la pregunta en realidad era, ¿Qué había hecho su madre para que llegasen a esto?

Mostró el contrato a Hitomi.

-         Mamá, ¿qué significa esto?

-         ¿Eso? ¡Nada!, ese… ese maldito loco cree que voy a entregar a mi hija

-         Sí pero habla de mucho dinero ¿Por qué?

-         Bueno, me entregó una suma importante de dinero para poder hacer reformas a la casa y poder llevar mi negocio a otros niveles que, solamente con mi economía, era imposible.

-         Pero si sabes como es él, ¿Cómo pudiste aceptar?

-         Porque no esperaba esa actuación por su parte. Su padre era todo lo contrario a lo que él ha resultado ser

-         Lo que este hombre pide es absurdo, ¿cómo pudo pensar que firmarías?

-         Piensa acusarme de robo

-         ¡Qué! – arrugaba el ceño sin entender a los extremos que podía llegar este asunto, ¿tan cruel era como para no facilitarle una forma de devolverle ese dinero? – Hablaré con papá, él quitará esa deuda.

-         Kagome, se trata de mucho dinero, Inu Yasha es uno de los hombres mas ricos del este país y parte de Europa, hablamos de una suma muy alta, además no quiero implicar a Akira en esto, le debo lo que hizo por mí, cuidarte y darte todo lo que ahora eres. No puedo implicarlo en esto, he de solucionarlo por mí misma – Suspiró y su rostro se contrajo con una mueca de dolor y abandono, apenas la había tenido unas horas y ya tenía que despedirse de ella – Kagome, tienes que irte antes de que Inu Yasha venga a reclamarme – tomó papel y tinta y escribió una dirección para entregárselas Debes parar en esta ciudad, allí cogerás un tren y te llevará hasta donde reside Sota, sé que te pongo en un aprieto con Akira, pero necesito que lo escondas de todo, no deben encontrarlo.

Kagome tembló ante todo esto; un contrato en el que tenía que entregarse a la responsabilidad de un hombre que parecía egoísta, insensible y avaro, y ahora una tercera persona a la que ella tenía que proteger.

-         ¿De quién hablas, quién es Sota?

-         Tu hermano, tiene nueve años, si voy a la cárcel, no podré seguir pagando las cuotas de su colegio, y lo enviarán a un orfanato. No permitas que eso suceda.

-         Espera ¿C-Cómo que vas a ir a la cárcel? – Le faltaba el aire, esto estaba pasando de castaño oscuro. Nadie había hablado de detener a nadie. Y encima tenía un hermano pequeño del que no había sabido hasta ahora. E Inuyasha Yoshima pretendía comprarla a cambio de no encerrar a su madre en una cárcel y a su hermano en un orfanato – Pero quién es este hombre, ¿el diablo personificado?

-         Últimamente he llegado a creer que sí. Kagome, debes marcharte cuanto antes. Él no tardará en llegar, lo sé, le conozco bastante bien, y sé lo testarudo que llega a ser – agachó la cabeza, quiero que sepáis Sota y tú que siempre os he querido, aunque no os tenga conmigo.

Las lágrimas empezaron a brotar, se abrazó a su hija y sollozó en su hombro.

Kagome se apresuró a separarla y tomarle la cara para que centrara su atención en ella

-         Hablaré con los abogados de papá, encontraremos a alguien que desmienta la acusación.

-         No, cariño… Inu Yasha es muy poderoso y nadie va a testificar a mi favor, tiene cómo sobornarlos

Miraba el contrato que tenía en las manos, pensando en la situación… a ese hombre no le importaba comprar a quien fuese para llevar a cabo sus amenazas, bien… pues a ver quién podía mas, lo dejó sobre la mesa, y lo giró hacia su madre, que la miró reflejando una pregunta en sus llorosos ojos.

-         Sota es muy pequeño, y si es como dices, encontrará la forma de dar con él, y destrozar su futuro. Siendo un niño aún para poder valerse por sí mismo no es conveniente arriesgarse.

-         Kagome, ¿qué pretendes?

-         No vas a ir a la cárcel mama, firma ese contrato, y yo misma se lo entregaré, pediré que hagan mi equipaje para salir cuanto antes.

-         Pero Kagome, no puedo permitirlo.

-         Escúchame – atrapó los brazos de Hitomi y la miró con tanta fijeza que su madre no pudo dudar de la seguridad de su decisión – Yo puedo defenderme, no voy a permitirle libertades conmigo. En cambio Sota… mamá no te preocupes por mi, se lo haré tan difícil que me tendrás aquí en poco tiempo

Firmó temblorosa los documentos, y abrazo a su hija con desesperación.

-         Buscaré la forma de sacarte de allí, aunque tenga que pedir a tu padre que trate con Inu Yasha, te prometo que te traeré de vuelta conmigo.

 

 

-         ¡Maldita sea!, ¡Cómo te has metido en esto! – Miraba la denuncia recién redactada una y otra vez, sobre la mesa, apoyó los codos y se frotó la frente con las manos – Sabías que esto era una locura, Inu Yasha. Era lógico que no aceptara – Rió con tanta ironía que él mismo se veía patético – Comprar a su hija, pero ¡En qué demonios estabas pensando! ¡Puede ser una furcia pero no va a entregar a una hija por mucho dinero que deba! – Se puso en pie y caminó a una chimenea del despacho, que permanecía apagada desde que el invierno dejó de traer esos días tan fríos, anunciando la entrada de la primavera, posó el brazo sobre la repisa de mármol que poseía con un jarrón de amapolas. Su casa, a diferencia de las del resto del pueblo, fue edificada al estilo europeo, ya que sus gustos radicaban en las preferencias occidentales con respecto a la construcción – La amenazaste, y para dar mas veracidad a tus palabras, involucraste a un niño inocente, aún sin desearlo. Años luchando contra cosas como esta y ahora te ves obligado a cumplir con una estúpida advertencia que ni siquiera quieres realizar – caminó hasta un espejo plata, ovalado, decorado con formas en relieve; era un recuerdo que trajo de la casa de sus padres. Vio su reflejo en él – Genial Inu Yasha, te has convertido en la escoria contra la que siempre tratas, bajó la cabeza y se giró, dirigiendo la vista a su mesa, donde siempre llevaba a cabo ese tipo de negociaciones que no permitían a los mas rastreros salirse con sus propósitos… y él iba a convertirse ahora en uno. No podía quitarle un futuro prometedor a ese niño, tendría que hacerse cargo él mismo de su enseñanza, eso sí, intentaría mantenerlo en secreto o sería el hazmerreír de Hitomi.

-         Señor… – Una mujer, joven y tímida, asomó por la puerta – Tiene visita… no sabemos quién puede ser, no es de aquí. – Aclaró antes de que Inuyasha pudiera preguntar

Inu Yasha se acercó a la ventana, reconociendo el cochero que empleaba Hitomi cuando paseaba por el club de caza de los brazos de algunos de sus clientes…

Una única mujer en un club de hombres. Tenía que reconocer que valor no le faltaba a la mujer, porque eso solo podía traer complicaciones por parte de las esposas y las prometidas, quienes tenían prohibido el acceso a este tipo de lugares.

De pronto apareció un ápice de esperanza porque la mujer accediese a la locura de entregar a su hija, se acercó a la mesa y guardó la denuncia en un cajón.

Un pequeño de siete años salió de detrás de la sirvienta, su madre, entrando con una caja y un tintero en las manos.

-         Hiroshi, hijo, ven aquí – La sirvienta lo frenó antes de que lograra entrar, sujetándolo por los hombros y avergonzada por el comportamiento de su hijo, agachó la mirada al suelo, inclinándose levemente – Disculpe a Hiroshi señor, últimamente se revela y no atiende.

-         Tranquila Hisae, él solo quiere sentarse y dibujar – Tomó al chico por la espalda y lo condujo hasta su escritorio, aupándolo para que quedase sentado en el sillón. Lo arrimó al mueble y le colocó algunas hojas sobre la mesa. Dio unos golpecitos cariñoso sobre la cabeza del chico y caminó hasta la puerta, invitando a la madre a entrar – Puedes quedarte aquí con él hasta que vuelva…

 

Bajaba del carruaje ayudada por el cochero, su equipaje reposaba sobre las piedras que hacían el sendero hasta la entrada.

Llevaba el contrato en sus manos, y lo aferraba con fuerza, como si con eso pudiese obtener más coraje… no sabía qué efecto iba a hacer en Inuyasha, pero desde luego sus sirvientes se habían amedrentado, ya habían tropezado dos veces cuando la intentaron mirar a la cara.

Echó un ligero vistazo a la fachada de la mansión, aunque estaba un tanto sorprendida porque el estilo de la casa se asemejaba a la suya de Londres, pero desde luego no iba a demostrarlo. Lo vio aparecer en la puerta, acompañado de un sirviente de unos 16 años, que tomó el equipaje. Caminó hasta él y extendió el contrato firmado por su madre. Inu Yasha lo tomó de inmediato, bajando la vista a los papeles, respirando airado por saber que podría romper la denuncia que redactó momentos antes.

Levantó la cabeza para mirarla y la respiración se le atoró al percatarse de que su presencia estaba tan cerca, vestía con un traje azulina, abotonado hasta la altura del pecho, donde unos encajes blancos cubrían su escote hasta el cuello, ¡Por Kami!, ¡Cómo resaltaban los colores en esa piel tostada!. Y su olor… su olor era como esa esencia nocturna de algunas flores que te hacían vibrar la sangre en cuanto las olías.

-         Akio te indicará tu habitación – Su voz sonó suave, dulce… como si le hubiese hablando a alguien queridamente conocido, le agradaba la idea de verla rondar por su casa día y noche, aún no lo había experimentado, pero ya estaba deseando ver cómo se movía por los pasillos, entrando y saliendo de las alas de la casa. Extendió levemente la mano para invitarla a entrar.

-         Guárdese su amabilidad señor Yoshima, los dos sabemos que odia a los míos, por lo tanto yo tampoco soy de su agrado – Se recogió las faldas del vestido y subió los cinco escalones, guiada por el joven que llevaba su equipaje hasta el interior de la casa, y dejando a Inu Yasha tras ella, abochornado y con ganas de esconder la mano que le había ofrecido. Si ese hombre pensaba que iba a mostrarse educada y sumisa estaba equivocado, iba a hacerle arrepentirse de tenerla aquí – No saldré de mi habitación, si no quiere que quede desnutrida tendrán que subirme las comidas, creo que será mejor vernos lo menos posible, es obvio que yo no le gusto y usted a mí tampoco, nos haremos un favor si no nos encontramos.

¡Maldita mujer!, ¿no podía tener un mínimo de educación?, ¡qué demonios se creía! ¡Que podía llegar a esta casa e imponer sus tontas normas!, siendo Akira un gran hombre ¡cómo no había educado correctamente a su hija!, no había esperado de ella una actitud tan despectiva, ahora la casa de seguro se asemejaría al infierno, ¡bien! ¡si guerra es lo que quería, guerra tendría!

-         Aquí se desayuna a las ocho, se come a la una y se cena a las nueve, si no quieres bajar es tu problema, tu plato esperará en la mesa, tú misma con tu cuerpo – No esperó a que ella se girase ni dijese nada, se encaminó a los establos para no mostrar la cólera que empezaba a sentir barbotar en su pecho, hasta creerla salir disparada a la cabeza. Se desahogó dando patadas a un montón de paja que había amontonada en un rincón, esperando calmarse para poder subir a su despacho y dedicarse a sus asuntos, ya que en estos momentos no se veía capaz de concentrarse, al menos hasta que la sangre dejase de concentrársele en las sienes, que ardía por la ira que esa estúpida niña le hacía sentir.

 

 

 

 

 

 

08/10/2005

 

 

 

N/AA: Vaya, Kagome no es una muchachita tranquila ni mucho menos, veremos quien puede mas de los dos

 

 

 

Las dos Artemisas

lasdosartemisas@yahoo.es

Nos dedicamos a vivir el día, sin dependencia alguna, y cazar en la noche, fuera de las tradiciones, queriendo compartir nuestra felicidad con los demás