CAPITULO X

 

 

El anuncio del periódico le llamó la atención;

 

FORENSE MUERTO POR EL ATAQUE DE UN ANIMAL

Un médico forense amaneció muerto en la sala de autopsias donde había sido solicitada su colaboración. Aún se están investigando las huellas que produjo el ataque. De momento se sospecha que puedan pertenecer a una especie desconocida, ya que aún no se ha encontrado similitud con las de ningún animal registrado.

El alcalde desmiente la alerta de que pueda tratarse de un animal que se haya escapado del zoológico, pero tampoco ha sido capaz de decir qué clase de ser puede provocar cortes tan profundos; gran parte del cuerpo había sido despedazado por la criatura.

El comisario de la Vía Rufini, quien halló el cadáver, no quiere dar más detalles sobre la investigación…

 

Hacía menos de una semana que estuvieron en aquella comisaría.

No habían sacado fotos del cuerpo con las heridas, pero sospechaba que él sí sabría decir qué provocaba heridas como esas.

Qué curioso… no conocía la existencia de otro demonio aparte de él.

Únicamente se había topado con algún cuerpo poseído por espíritus malignos. Bueno, a decir verdad solo con el que tenía poseída a Yamiko. Pero para los espíritus nunca fue un problema regresar a este mundo; algunos demonios podían valerse de ellos para mantener contacto con esta vida. Se suponía que no tenían otra forma de contar en este mundo desde que fueron desterrados, aún se preguntaba cómo él pudo cambiar tanto cuando se dejó vencer por la oscuridad, cómo pudo llegar a semejante transformación física…

Pero no estaba solo, lo que decía el periódico era la prueba. Sabía qué tipo de heridas podía dejar un demonio. Él mismo las había infligido quinientos años atrás. A inocentes aldeanos que conocieron su ira por el simple hecho de haberse cruzado en su camino. Tenía tanto rencor de aquella que no sintió compasión por los que suplicaron por su vida o la de sus seres queridos. En aquel tiempo solo podía ser consciente de la ira que sentía hacia los que lo abandonaron: Su maestro, sus compañeros en el templo… su Dios… Le dejaron solo en la oscuridad, hasta que se perdió en ella, y aldeas enteras pagaron por eso.

Ahora parecía que podía llegar a perdonar. Alguien estaba consiguiendo cambiarlo. Alguien que se merecía una buena tunda… Alguien que le había dejado un mensaje en el contestador, a las seis de la mañana de hace cinco días, para decirle que no fuera a su casa, que había decidido ir a trabajar. Y desde entonces estaba dando vueltas con el coche por las cercanías del campus.

Hasta que se cansó de conducir y aparcó cerca de la puerta por donde tendría que salir ella dentro de pocos minutos.

Empezaba el fin de semana, esta vez no se iba a poder escapar de su compañía, ni de su promesa. Le insistiría otra vez en que se mudara a su casa y por fin dejaría de hacer de centinela suyo por todas las calles de Roma; jamás conoció una mujer que tuviera que moverse tanto como lo hizo ella en estos cinco días.

Los alumnos empezaban a dispersarse por el campus; las clases ya habían terminado. Dobló el periódico y fue a guardarlo en la guantera cuando sintió la calidez de una energía conocida aproximándose. Alzó la mirada y la vio pararse en el borde de la acera. Ella esperaba el semáforo para poder cruzar hacia la parada de autobús. En estos momentos, tenía el impulso de acelerar, detenerse delante de ella para impedirle el paso, y obligarla a que montara y le diese una explicación de por qué no quiso que fuera a verla. Pero no quería presionarla, estaba pasando por un período delicado con la muerte de Yamiko, y el embarazo solo ayudaba a acrecentar la sensación de su pérdida. La seguiría y aparcaría cerca. Y subiría unos minutos después con la excusa de hacerle una visita y ver si entraba en razón.

Cuando la vio bajar del autobús, buscó aparcamiento en la calle paralela. Trepó al tejado de enfrente de su casa y esperó a que ella entrara. Necesitaba espiar en todo momento los pasos que daba; a dónde iba, qué hacía o dejaba de hacer, con quién hablaba... No se fiaba de ella, mas bien no se fiaba de dejarla sola. En esta semana, apenas lo había llamado alguna tarde que otra, le hablaba de forma cariñosa, se interesaba por él y lo que hacía en ese momento… pero no le había permitido ir a verla.  Y eso solo podía significar que quizás no tenía a Kagome tan asegurada como pensaba.

Echó un vistazo a la azotea y se sentó en la cornisa de costumbre. Aquél lugar se estaba convirtiendo en su mirador particular. El día que la dejó en la casa, el día que recibió la noticia de la muerte de Yamiko, estuvo allí sentado toda la tarde. Observándola recoger la casa, asomarse varias veces al dormitorio de Yamiko, y por fin decidiéndose a vaciar el armario y guardar las pertenencias en cajas. Mucho más tarde la vio dar vueltas en su cama, taparse los ojos cuando empezó a llorar, y dormirse con el rostro lleno de lágrimas.

Cuando desaparecieron las pesadillas, que la hicieron retorcerse inquieta, trepó a su ventana y comprobó que dormía apaciblemente, entonces se convenció de que estaría bien y regresó a su casa. Por primera vez, desde que despertó, sentía que él también necesitaba descanso. Normalmente no precisaba dormir más de un par de horas, pero esa vez cayó rendido toda la noche, y la luz del sol lo sorprendió dormido. Ni siquiera oyó el teléfono cuando ella dejó el dichoso mensaje. A partir de ese día, aquella cornisa fue su sitio habitual de las tardes.

Los poderes de Kagome habían aumentando esos días, podía sentir la energía de ella desde la distancia en que se encontraba; señal de que el embrión se empezaba a hacer más fuerte. Estaba adquiriendo la fuerza tan rápido que en pocos días sería indestructible. Una sonrisa surcó sus labios. Una sensación de orgullo y hombría; su chico sería una criatura invencible.

Frunció el ceño notando algo raro en el comportamiento habitual de Kagome. Ella se detuvo en medio del salón y se frotaba los brazos, mirando a varios puntos de la sala, ¿Qué estaba buscando? Los movimientos de su cabeza eran temerosos e inseguros, como si esperase ver a alguien o algo horroroso en el momento que mirase a un lado o a su espalda.

Por fin la vio tomar una resolución, salir de aquél estupor y avanzar a la habitación de Yamiko, dudando en el umbral si entrar o no, y después decidirse a cerrar la puerta, aunque tan rápido que el cierre chocó con el marco y quedó entre abierta, pero ella no se dio cuenta y ya corría hacia el teléfono. Alargó la mano al bolso y sacó de él una tarjeta, seguidamente marcó un número, ¿A quién llamaba? A él no, su móvil no estaba sonando. Ella se volvió y se asomó a la ventana mientras esperaba que le atendieran la llamada. Pudo leerle los labios cuando la otra persona descolgó. Ese maldito nombre que no tenía por qué salir de sus labios hizo que le hirviera la sangre. El calor de la rabia se acumuló en sus ojos tiñéndolos de rojo, y los colmillos y las garras punzaron con fiereza… No, no era a él a quien llamaba, sino a ese amigo de Yamiko; Tonino.

El gruñido salió gutural entre los dientes. Iba a empezar a odiar a ese hombre, pero lo que mas le enfurecía era tener sentimientos tan humanos, y tan a flor de piel. Detestaba los celos y, sobre todo, las inseguridades; la incertidumbre era algo que nunca había estado en su naturaleza. Sentirla era… insoportable.

Se levantó, incapaz de quedarse quieto y esperar como si nada –observando como un tonto- cómo su chica se estaba citando con un imbécil al que le iba a cortar la cabeza. Empezó a caminar de un extremo a otro de la azotea, con  el corazón palpitándole en las sienes, las uñas estaban cambiando el grosor, afilándose y endureciéndose, y las encías se desgarraban por culpa del empuje de los colmillos. Si no se tranquilizaba terminaría convertido en demonio. Pero no podía controlar la rabia, y la impotencia que daba el temor a que ella estuviera perdiendo el interés por él, como un tonto humano. Y como tal, tenía que saber qué estaba pasando, y si esto tenía que ver con que no quisiera verlo…

Maldita mujer… ¿Qué le estaba haciendo? Necesitaba saber; si lo que estaba tratando era engañarlo con ese desgraciado que ya tenía los días contados, le daría su merecido. De ninguna manera iba a permitir que se apartara de él, y si con eso tenía que acabar también con la vida del maldito Tonino lo haría. Definitivamente lo haría. Kagome era suya, llevaba en el vientre a su hijo. Eran una familia, y nadie iba a interponerse entre ellos.

Familia… la palabra hizo que se tambaleara y tuviera que volver a sentarse. Como todas las veces que era consciente. No podía estar pasándole esto, no podía estar sintiendo algo tan fuerte como celos, posesión, protección… o cualquier cosa que se asemejase.

El gruñido salió de su garganta como el de un animal repeliendo el peligro.

No tenía suficiente con tener que asimilar a la fuerza que pudiera amar a una mujer cuya sangre causó su derrota seis siglos atrás, sino que ahora era parte del templo que habían constituido al concebir un niño. Ahora no sabía qué pensar; si dejándola en cinta estaba a un pasó más cercano del éxito, o del fracaso. Porque tantos cambios que lo separaban cada vez más del plan original no podían significar otra cosa que estar fracasando. Debía abandonar ahora que tenía la mente más clara; el distanciamiento de ella lo había despejado permitiéndole pensar más como él y no como un humano.

Arpía… con su piel clara y su figura de ángel, que sutilmente lo había atrapado en sus garras invisibles, haciendo de él un inútil saco blando, lleno de sentimientos y ternura. Eso se había acabado, debía escapar de allí ahora que podía si quería mantener su dignidad. Podía perdonarle la vida a Kagome, aceptaba eso, pero amarla era algo que no debería permitirse, o se convertiría en un necio.

“Y por eso sigues aquí, porque ya estás libre de sus garras… ¿A quién quieres engañar?”

- ¡Oh… Cállate! – Se frotó la cabeza y bajó la mano por la frente hasta detenerla en la boca, queriendo barrer todos los pensamientos antes de que se volviera loco. Mientras estaba allí, en aquella azotea, sintiéndose cansado y por primera vez viejo, permanecía con la vista fija en la ventana por donde podía verla. Preguntándose cómo había podido llegar a esto; a convertirse en el único necio capaz de enamorarse del enemigo.

 

El decano tenía razón, Yamiko nunca había mostrado una actitud suicida, y mucho menos de ladrona, debía haber algo más, alguien que la obligó. Y debía investigar y limpiar su nombre; averiguando todo lo posible a través de todos aquellos que de algún modo habían sido cercanos a ella.

No había nadie mejor que Tonino para ayudarla, él había sido lo más parecido que Yamiko tuvo a un novio. Aunque tendría que ir con cautela, porque sospechaba que a su amiga le tendieron una trampa; alguien pudo inducirla, mediante amenazas o chantaje, a robar la catana. Y después obligarla a saltar de aquél puente para limpiar las pruebas que podían implicarlos en el robo.

Pensar en algo tan retorcido la reconcomía tanto que no la dejaba dormir. Estaba segura que eso era la causa de las pesadillas que estaba teniendo últimamente, pesadillas horribles sobre gusanos y serpientes que, sospechaba, no dejaría de tener hasta descubrir a los verdaderos causantes de la muerte de Yamiko.

-         Tonino al aparato

La voz de Tonino no surgió hasta segundos después de haber descolgado. Sonó como si hubiera esperado que lo llamara… Por un momento los músculos de la espalda se le contrajeron por la sospecha, pero inmediatamente se obligó a relajarse. No debía ser tan desconfiada, era normal que no le sorprendiese su llamada. Se había muerto una amiga en común, y con quien él mantenía una relación. Era lógico que no le extrañara que ella quisiera saber cómo se encontraba.

-         Tonino, soy Kagome, la compañera de piso de Yamiko – Prosiguió, como si necesitase dar más explicaciones

-         Sé quien eres…

Su voz era calmada, demasiado cuidadosa. Aunque, tal vez, también pudiera ser que lo provocase la desolación por la que debía estar pasando.

-         ¿Cómo lo llevas? – Probó a preguntar, sintiendo curiosidad por lo que iba a responderle.

La voz de Tonino tardó otros cuantos segundos en llegarle. Como si hubiese tenido que pensar qué decir.

-         Como puedo, intento hacerme a la idea. Supongo que ya sabes cómo me siento… ¿Y tú?

Se estaba volviendo paranoica, no podía desconfiar de todo el mundo, este pobre solo intentaba permanecer tranquilo, o aún estaría sufriendo el letargo que viene justo tras la pérdida de un ser amado.

-         Tonino… Sé que puede que no sea el mejor momento, que todo está muy reciente, pero… necesito que me ayudes. Tenemos que vernos.

-         ¿Una cita? – Preguntó, sorprendido.

-         No, solo se trata de algo que tengo que decirte, a solas.

-         Una cita - Afirmó

Ella suspiró, dándose por vencida. Algo le decía que Tonino nunca sería capaz de diferenciar una reunión de una cita amorosa.

-         ¿Puedes acercarte por aquí?

-         En una hora estaré allí

Tonino colgó el teléfono, pensando que esta era su oportunidad para demostrar lo que valía. Cogió la cazadora del respaldo de su silla y se la echó al hombro.

-         Eh…

Miró a su compañera de redacción y le tiró el paquete de tabaco a la mesa. Solo quedaba un cigarro. Ya compraría otro en el estanco. Era una mujer nerviosa, que fumaba como un carretero para matar el tiempo. Se sentía sola y estaba llena de complejos. No era ninguna belleza, pero no estaba mal de cuerpo y en cuestión de sexo… hacía todo lo que le pidieras.

-         Alguien tiene una noticia buena, voy a comprobar que es verdad.

Su compañera entrecerró los ojos, cogiendo el cigarro y poniéndoselo en la boca. Antes de encenderlo negó con la cabeza y rió con el cigarro entre los dientes, no se lo creía. Ella misma había vivido en sus carnes la vitalidad del semental que tenía delante, en la sala de fotocopias durante el almuerzo, unas cuatro veces. A ella no la engañaba. Tonino no sabía estar más de una hora sin una mujer, se comportaba como un cura que después de muchos años de celibato hubiese descubierto el sexo perverso. Todos eran iguales, todos hacían lo mismo; se divertían con una y luego buscaban a otra ¿Qué le faltaba a ella que no era capaz de retener a un hombre ni media hora después de que se lo tirara?

-         Conociéndote has quedado con una tía.

Tonino no lo negó ni lo confirmó. Solo se limitó a reír mientras se iba.

 

Inu Yasha se acuclilló en el alfeizar de la ventana del salón de Kagome, esperaba que a ningún vecino le diera por asomarse o que alguien mirara hacia arriba, podrían confundirlo con un suicida y quedar al descubierto. Lo que tenía que hacer uno por amor. El gruñido salía innato cuando se decía así mismo comentarios como ese, pero esta vez salió cansino, como si el demonio se estuviera hartando de su falta de reconocimiento. La amaba y estaba celoso, y le preocupaba que lo dejasen, igual que cualquier lelo de los que estaban ahí abajo. Miró hacia abajo como acto de fe hacia sus pensamientos y vio que Tonino se bajaba del coche. El mármol crujió agrietándose, entonces se dio cuenta que había apretado el alfeizar con demasiada fuerza, suavizó el agarre, recordándose que debería aprender a canalizar la rabia y los celos de otra forma y esperó a que la cita de Kagome subiera.

 

Kagome abrió a Tonino, dejó la puerta del piso abierta y sirvió dos tazas de café mientras él subía.

-         Ha sido una sorpresa que me llamases

La voz de Tonino le llegó desde la entrada del piso

-         Pasa…

-         ¿Qué quieres hacer? ¿ir a cenar, tomar una copa, o quieres que nos quedemos aquí? – En la última pregunta empleó una voz sugerente y enarcó una ceja. Su táctica más invitadora.

Había aprendido rápido a seducir a las mujeres, su suerte fue que le tocó tener un cuerpo atractivo, pero con ella no estaba funcionando. Kagome puso los ojos en blanco y lo ignoró mientras servía el café.

Se quedó de pie, observándola, y entonces notó que había algo diferente en ella, algo que hacía que el alma vibrara amenazando con quitarle su lugar. Inconscientemente se alejó un paso. 

-         Prefiero que nos quedemos aquí, te he llamado para hablarte de Yamiko – Se acercó a él con una taza en la mano. Tenían que ser suposiciones suyas, pero juraría que él se estremeció, como si no le gustara que se acercase demasiado. En cuanto él cogió la taza le invitó con un gesto a que se sentará en el sofá, ella se sentó en el otro extremo y dio un sorbo a la suya – La acusaron de robar una espada en la exposición de la semana pasada – Esperó a ver si él reaccionaba de algún modo, no sabía qué había querido ver, si indignación, impotencia, rabia… No hubo nada, como si aquello no le importara realmente – Pero ella no puede defenderse – continuó, con el último recurso de esperanza de que saltara defendiendo a Yamiko - el sábado encontraron su cuerpo en el río, y han dado por hecho que fue un suicidio – Cada palabra que soltaba, parecía perderse en el camino a los oídos de Tonino, que seguía sin afectarle aquello, se arrimó unos centímetros, y él irguió la espalda, frunció el ceño, preguntándose si no estaría incómodo porque siguió creyendo que venía para liarse con ella y no para hablar de Yamiko – Tonino, sé que esas acusaciones son falsas, ella no ha robado nada en su vida, ¿por qué una catana? ¿Y por qué iba a suicidarse después? Tú sabes como yo, que ella amaba la vida.

-         Quieres que indague

Por fin una reacción… eso la animó, olvidando la tensión que se había apoderado de él y relajándola.

 

La energía que ella había ido desparramando por la casa descontroladamente cesó en el momento que ella sonrió, tendría que informar de su poder a su superior. El alma dejó de agitarse, y él pudo al fin descansar. Dejó caer los hombros en el respaldo del sofá y cruzó las piernas, dispuesto a escucharla.

-         Quiero saber qué puedes averiguar sobre la espada que desapareció el sábado pasado, y si conoces a alguien que pueda tener influencias en la comisaría de Rufini, quiero que busques algo que parezca sospechoso, que pueda decirnos que fue un asesinato.

-         Probablemente fue obligada a morir, al igual que robar. Puedo contactarme con un agente de la policía amigo… - Intentó aproximarse a ella, susurrarle al oído, aprovecharse del consuelo que ella podría estar necesitando por la muerte de Yamiko. Ahora debía sentirse muy sola, no lo rechazaría.

-         Te veré en una semana – Se puso en pie sin darle oportunidad de que continuara, era muy obvio lo que estaba intentando. Anduvo el espacio hasta la puerta y la abrió para invitarlo a que se fuera – Ahora tengo que salir, y no puedo demorarme más, te llamaré en un par de días para que me digas lo que hayas podido averiguar.

Tonino la había seguido con la mirada hasta la puerta. Se levantó, dejando caer una sonrisa, y caminó con pasos felinos hasta ella. Sus ojos recorrieron su cuerpo, no se daba por vencido, si no era esta vez sería la próxima, otros la querían, pero nadie le prohibió que antes fuera suya.

 

Inuyasha desgarró la costura de otro cojín, las plumas flotaron danzando hasta el suelo. Estaba tumbado en el sofá, pensando en la conversación que Kagome había tenido con Tonino, tenía que hacer algo para evitar que investigara. Sabía que nadie podría culparle,  no había pruebas -al menos físicas- que lo asociaran a la muerte de Yamiko. Pero Tonino no parecía ajeno a su mundo de demonios, espíritus malignos y hechizos. Ese hombre sería capaz de encontrar la relación entre él y la muerte de su ex-amante.

El teléfono sonó en esos momentos. Se levantó y lo atendió, sintiendo que por una vez las cosas salían como debían; nadie tenía su número excepto Kagome, por lo que no podía ser otra la persona que estaba llamando.

 

En cuanto se fue Tonino le entró un hambre repentina, había buscado en la nevera algo consistente, algo que la saciase de verdad; una fuente precocinada de canelones con bechamel, y una pieza de pan. Últimamente comía como un cosaco, y no cualquier cosa; se daba atracones de pizzas, bocadillos y platos grandes que otras veces le habría resultado cargante para el estómago, pero que ahora le sentaban estupendamente. Recogió los restos de la cena, y se tumbó con una manta en el sofá para distraerse un poco con la tele. A esta hora la casa se volvía demasiado sombría, los muebles crujían en la noche, los vecinos estaban más silenciosos que el resto del día, y la temperatura bajaba unos grados. Echó un vistazo a su entorno, y sus ojos se detuvieron en la puerta que daba a la habitación de Yamiko. La había cerrado esa tarde, y ahora estaba entreabierta, y desde dentro asomaba la oscuridad. Desde que desalojó aquella habitación y envió todo lo que había dentro a Japón, le faltaba el valor para entrar. A excepción de algunas veces que había logrado asomarse, huía de aquél dormitorio. Hasta el extremo de apartarse unos cuantos metros cuando tenía que pasar por el lado de aquella puerta. Era como si temiera ver algo, como una percepción del espíritu de Yamiko. Sabía que eran tonterías suyas, pero no podía evitar tener la sensación de que la observaran desde cualquier punto de la casa, y más fuerte aún era la presencia en ese cuarto. Se levantó del sofá, con la idea rara de que si se atrevía a permanecer aunque solo fueran unos segundos dentro de aquella habitación, conseguiría exorcizarse de aquella sensación. Caminó a pasos lentos hacia el cuarto vacío, temiendo que pudiera verla allí, en medio del dormitorio, o sentada en la cama, esperándola para decirle algo.

Su corazón palpitaba dolorosamente con cada paso. El oxígeno se le hacía denso, respirándolo con dificultad. Tuvo que detenerse para recuperar el valor. Tragó aire para abrir los pulmones y se obligó a continuar. La garganta se le oprimía con el miedo. Empezó a temblar y los oídos le pitaban en advertencia, impidiéndole continuar. Corrió al sofá e intentó distraerse con la tele, pero el corazón seguía latiendo desbocado, y no conseguía ventilarse bien. Tal vez fuera buena idea encerrarse en la cocina, no sabía por qué en ese momento le parecía el mejor sitio, pero hizo el amago de levantarse. Solo que algo la detuvo. Una corriente en la nuca, como si hubiese alguien detrás, respirando… mirándola tan de cerca que podía sentir su presencia. No quería mirar, no podía girarse, no debía… tenía que levantarse, tenía que salir de allí antes de que la tocara.

Estaba en el salón, detrás de ella, a punto de abrir la boca y llamarla, la retendría para comunicarse con ella, se manifestaría para que la viera… tenía que irse de allí, tenía que…

El cerebro actuó antes que la conciencia. Corrió al teléfono y salió al descansillo de la planta. Allí marcó el número sin atreverse a mirar dentro de la casa.

-        

-         Inu Yasha… - Su voz sonaba demasiado temblorosa, tenía que calmarse si no quería asustarlo. Lo que se iba a reír luego de ella. Pero tenía hasta ganas de llorar del miedo que sentía

-         Esperaba que me llamaras, por fin te decides, no sé nada de ti desde que me telefoneaste hace dos días, y si te llamo yo me salta ese contestador tuyo diciéndome que no estas en casa, ¿qué pasa con nosotros, Kagome? ¿Qué tienes que decirme de eso?

-         Necesito que vengas por mí, por favor… – se le escapó un gemido de agonía que fue incapaz de contener. Las voces que oía del televisor no la estaban ayudando a tranquilizarse.

-         ¿Qué te pasa? Suenas asustada. – Ya no le pareció gracioso reprocharle nada, podía percibir su miedo a través del teléfono.

-         Ven por mí, por favor, ya no aguanto más. Tengo que salir de aquí.

Estaba llorando, intentaba ocultarlo, pero la había oído sorber por la nariz. Juraría que Tonino se había ido de allí, se aseguró de que no regresaba antes de irse, pero eso no quitaba que ese miserable hubiera vuelto horas más tarde y la hubiese molestado. En su imaginación pudo ver toda clase de acosos, oír todo tipo de frases a cual más perversa.

Su pelo perdió el color como el avance del amanecer arrasaba la oscuridad, y sus ojos se volvieron sangrientos. Las garras arañaron el teléfono, y los colmillos se le clavaron en los labios, que estaban tensados en una delgada línea. La piel se le volvió lívida y fría por el sudor que había empezado a brotarle por todo el cuerpo.

Pavor… el miedo de ella, lo que fuera que le había sucedido se lo estaba transfiriendo en pavor.

-         Ahora mismo – Colgó el teléfono y su figura se emborronó cuando salía de la casa.

En cuanto tomó la bocacalle donde ella vivía, la vio sentada en el escalón del portal. No llevaba nada de abrigo, solo la sudadera que había estado usando toda la tarde, los mismos vaqueros y unas zapatillas de estar por casa. Se detuvo en doble fila y ella se puso de pie en cuanto lo reconoció. Frotándose los brazos para quitarse el frío. Salió del coche y fue hasta ella, tenía los labios amoratados, y por mucho que intentara hablar los temblores no la dejaban. Si hubiera tardado un poco más la habría encontrado totalmente hipotérmica. Tonta loca... La abrazó para ayudarla a entrar en calor, al mismo tiempo que la entraba en el portal. 

-         ¿Por qué no has esperado arriba? Te vas a helar aquí

-         N-no… t-tú… tambbi…n

Comprendió lo que quiso decir, con la urgencia de ir por ella tampoco había cogido su abrigo, peo no era lo mismo, él no lo necesitaba. No era vulnerable al frío ni al calor.

-         El coche tiene calefacción – Resolvió decir, para camuflar que él no estuviera tiritando como ella.

Su voz sonaba tan cálida, tan varonil y protectora, que la tranquilizó, aunque no pudiera quitarle los temblores. El calor que emanaba de él era una bendición, pero estaba tardando en recuperarse. Escondió el rostro en su pecho y se concentró en la temperatura que recogía de su cuerpo. Cuando consiguió recuperar un poco el calor intentó hablar. 

-         Tenía miedo…

-         ¿Miedo de qué?

-         De Yamiko, de verla… - Lo sintió separarse levemente de ella, alzó la cabeza para mirarlo, encontrándose con sus ojos de miel.

-         Kagome… los muertos no pueden hacerte daño – En cambio los espíritus malignos eran otra cosa, tal vez sería bueno subir y comprobar que no había ninguno en la casa.

-         Te juro que era como si hubiese alguien ahí… - Sus ojos volvían a enturbiarse, Inuyasha le tenía cogidas las manos. Deseaba que nunca las soltara.

-         Está bien, subiremos y me aseguraré que no hay nada, lo más seguro sea que se trate de un insecto o un murciélago.

Ella se encogió de hombros, un acto que no encajaba en absoluto con el pánico que aún sentía.

-         Ah, bueno… un murciélago, solo puede contagiarme la rabia, ¿no? ¿hay murciélagos en invierno o se disuelven con el frío?

Inuyasha le sonrió y tiró de ella para que lo siguiera.

-         Me sorprende que tengas ganas de bromear con el miedo que tienes. Y ahora que lo pienso… los vampiros están activos todas las épocas del año. – Ella bufó en respuesta. Su plan había dado resultado, estaba consiguiendo distraerla.

-         Casi preferiría que los llamaras quirópteros, suena más como un insecto, y para tu información te digo que solo hay un tipo que se alimenta de sangre, los demás son insectívoros. E hibernan, listillo…

Inuyasha la miró. Con la cara tan rígida como una estatua. Luego cerró los ojos y negó con la cabeza.

-         Señor… me estoy acostando con una empollona. Y pensar que cuando estudiaba las odiaba…

-         Tuve que diseccionar unos cuantos en la facultad si quería saber un poco sobre la exhumación de restos animales o humanos.

-         Bueno, pues espero que ese que esté en tu casa no sea tan grande como el mamífero que va a entrar, porque entonces vas a tener que pensar en asegurar los muebles.

Ella rió y lo siguió al ascensor. Estaba más relajada, Inuyasha hacía que todo pareciese fácil y en absoluto peligroso. Si lo que había en su casa era un fantasma, no dudaba que Inuyasha lo rebajaría a una especie de Moquete el de los cazafantasmas.

 

Inuyasha no ponía en duda  que pudiese haber algo, Kagome era perfectamente capaz de percibir otra forma de vida paranormal gracias a su poder. Aunque no fuera consciente. La pena era que, si se trataba de una fuerza de energía, no supiera usarlo para combatirla. Diferente sería que se tratase de algo material, entonces tendría que medir su fuerza física con ella, y en ese caso, no dudaba que Kagome fuese la víctima y la presencia el agresor; su poder era espiritual, por lo que solo podía combatir lo que era de su mismo campo.

Al llegar a la planta, vio que la puerta estaba abierta, y la tele encendida. Echó un vistazo dentro, moviéndose con cautela para captar cualquier anomalía. A no ser que considerara a Kagome como algo anómalo, no había nada anormal en la casa. Había una presencia residual de energía, sí. Pero se trataba de la propia que ella estaba derrochando. Estaba sorprendido de la concentración de poder que aquí había. Esto no era únicamente humano. El niño, que aún era un embrión, ya había puesto de su parte, haciendo que la energía espiritual que siempre la rodeaba como un aura se convirtiera en un campo que abarcaba todas las habitaciones de la casa. Y trabajaba más aún limpiando, purificando, la habitación que había sido de Yamiko. El niño estaba desarrollando su poder espiritual a pasos agigantados. Y eso para alguien que no había recibido ningún tipo de entrenamiento en su vida era una ventaja enorme. Porque, en sus tiempos de alumno, esta concentración equivalía al alcance de poder que podría poseer un maestro de máximo nivel. Estaba orgulloso, y ella también debería estarlo… si supiera que de lo que estaba asustada era de sí misma. La risa pujó en su garganta, y la reprimió a tiempo de que ella no la oyera.

-         Tengo la sensación de que está ahí, en su dormitorio y que espera a que yo entre.

Inu Yasha salió de su fascinación al escucharla detrás de él, estaba en el umbral de la entrada de la casa, sin atreverse a pasar. Caminó al dormitorio de Yamiko, llevado más por la curiosidad de cómo trabajaba su poder que por la precaución. Empujó la puerta y quedó maravillado de ver cómo minúsculas chispas de radiación desintegraban cada mancha maligna, la concentración que el espíritu que poseyó el cuerpo de Yamiko había dejado en el dormitorio era tan densa que cualquier exorcista se habría agotado en menos de dos horas. Ella en cambio llevaba allí cinco días, soportando los efectos secundarios de un embarazo de por sí paranormal, que suponía debía ser una paliza para su cuerpo, y ni siquiera mostraba un mínimo de cansancio. Si se concentraba bien, podía ver cómo estaba trabajando la purificación; era como si una araña fuera cámara atrás; destejiendo, deshaciendo parte por parte cada mancha de oscuridad y dejase, en lugar de vacío, energía pura y limpia. Cuando la “araña” terminase su trabajo, esta habitación sería la armonía absoluta para un bebé. Incluso aunque ella se fuera de aquí, la “araña” seguiría trabajando en la casa durante meses. Dios… cómo quería a esta criatura. Que además de una simple humana, era un ángel y exclusiva pureza; porque dudaba que ninguna otra sacerdotisa pudiera llegar espiritualmente tan lejos como ella. Salió del cuarto y regresó al lado de su “Trimurti”. La palabra le hizo gracia. Pero no se le ocurría otra para asemejarla a la trinidad de la que Kagome estaba compuesta. Era tres en uno. Humana, divina criatura de dios, y espiritual ¿Cómo iba a llamarla, si no, un demonio como él?

-         No hay nada Kagome.

-         Ya lo suponía, pero de todos modos no quiero estar aquí esta noche. – La sonrisa que se le fue formando a Inuyasha fue lenta y triunfadora. Cualquiera diría que había planeado aquello. Si no fuera porque sabía que no habría tenido forma de entrar habría sospechado de él.

-         Entraremos en tu habitación, cogerás lo necesario para hoy y mañana, ya me harás después una lista de todo lo que tengo que coger de aquí. Te vienes a mi casa, conmigo.

 

Llevaba puesto un pijama y una bata de él. Parecía una tontería, pero se encontraba a gusto en aquella casa, con ropa de Inuyasha puesta. Miraba las luces de la ciudad desde el ventanal del salón. La ciudad era preciosa de noche, sobre todo desde aquél sitio. No se cansaría nunca de decirlo, el ático tenía unas vistas preciosas. Esperaba que esto no fuera una equivocación y pudiera disfrutarlas por mucho tiempo. El miedo había desaparecido en cuanto se montaron en el coche, y fue sustituido por preocupación, ¿y no estarían, con esto, forzando la relación? Inuyasha parecía demasiado independiente, una persona que estaba acostumbrada a estar sola. ¿Qué ocurriría cuando, después de una semana levantándose juntos, se empezase a cansar? Debía tener otra alternativa por si eso sucedía. Él parecía realmente enamorado de ella, no dudaba que se tomaba en serio esta relación. Pero por si acaso no cancelaría el contrato de alquiler de su piso, aunque tuviera que pagar unos cuantos meses sin habitarlo.

El brazo de Inuyasha apareció por su lado derecho, y su espalda se sintió resguardada por el calor de su pecho. Aún así se sobresaltó al ver el objeto que tenía en la mano.

Inuyasha apartó la taza de chocolate caliente a tiempo de que se le derramara a Kagome encima.

-         Lo siento, no pretendía asustarte.

-         Pensarás que soy demasiado infantil – Sopló la taza antes de dar un sorbo, gimiendo al sentir el calorcito recorrerla hasta el estómago. La mantuvo en las manos para calentárselas.

-         No – Sonrió – Si los fantasmas o los monstruos intentan hacerte daño, se las verán antes conmigo – Le rodeó la cintura con los brazos y ella se dio la vuelta para estar frente a él.

-         ¿Vas a ser mi héroe?

-         Siempre... – Bajó la cabeza hasta los labios de ella. Los latidos redoblaron en sus sienes por la anticipación de sentirlos, y el demonio abrió los ojos y se inclinó, en paralelo a él, anhelando también el contacto carnoso y caliente de sus labios. Se le escapó una risa, a la que ella no prestó atención, y la besó. Era gracioso que la bestia, que tanto odiaba a Kikyo, también hubiese echado de menos a Kagome.

Empujó con la lengua pidiendo paso a su boca y sintió el rugido afectuoso de la bestia en su interior cuando ella respondió. En su mente podía ver al demonio besándola, con sus manos, deformadas por las garras, acariciando delicadamente su rostro. Su boca deslizándose por el cuello níveo y suave de ella. Sintió el puje del deseo en su ingle, y forzó al demonio a retroceder a lo más profundo de su ser, no era el momento, antes estaba el bienestar de ella. La bestia alzó la cabeza y aulló de frustración, pero comprendió la preocupación del humano y cedió; calmando los instintos.

-         Tómate el chocolate, y luego a la cama… te ayudará a dormir – Ella se llevó la taza a los labios y quedó atontado viendo cómo los posaba en la cerámica, suaves como la piel de un melocotón, daría cualquier cosa por poder sentirlos en su cuerpo.

Kagome bajó la taza, consciente de cómo la estaba mirando. Tenía un poco de chocolate en la comisura de los labios, y lentamente, para que él sufriera un poco más, sacó la lengua sin limpiarse completamente. El sonido que él hizo al tragar fue tan fuerte que pudo oírlo, volvió a beber de forma que volviera a mancharse pero esta vez tardó un poco más en limpiarse. Antes de que pudiera, él lo había hecho por ella. Aprovechó para besarlo y medio mareada por el deseo se separó un poco de él.

-         Ahora quiero irme a la cama

No necesitó decirlo dos veces, Inuyasha le quitó la taza de las manos, dejándola donde primero vio y la llevó en brazos al dormitorio.

En la cama, Kagome se arrodilló delante de él y empezó a desabrocharle la camisa mientras que él le estaba quitando la bata y la parte de arriba del pijama. Sintió el frío en los pechos cuando quedaron al descubierto, y los pezones se tensaron. Las manos de Inuyasha abarcaron sus senos y los pulgares acariciaron los botones rígidos. No recordaba que la sensación fuera tan fuerte, casi le cortaba la respiración cada roce de sus dedos. Cerró los ojos y usó aquella sensibilidad para explorar su cuerpo, deslizando las manos por la musculatura de su pecho, y bajándola por cada costilla hasta su estómago. Quitó el cinturón, desabrochó los pantalones y bajó la cremallera. Su vientre se aplastaba con el peso de la excitación. La respiración de él; arrastrada y tosca, casi como un gruñido. Las manos duras y exigentes; acariciándole los pezones con una insistencia casi dolorosa. Y su piel caliente y dura vibrando con cada pulgada que tocaba. Incrementaban su excitación a tal punto que sentía el vacío en su interior como una punzada de dolor y angustia. Tiró de sus pantalones, desesperada por quitárselos y él la tumbó y rasgó los suyos, ahorrándoles tiempo. Abrió las piernas para él y sintió la estocada como una bendición a su necesidad. Lo sintió acomodarla, metiendo una mano bajo ella para que su entrada fuera completa. Se abrazó a su cuello, y con las piernas se enredó en sus muslos. Entonces levantó los parpados, queriendo poner expresión a los jadeos estrangulados de él, que aún sin moverse estaba ahogándose con el deseo. Y lo vio en sus ojos, que apenas se podía notar por la escasa luz, -pero que de tan cerca era posible-, el color enriquecido del oro viejo.

-         Dorados… - consiguió decir, maravillada por lo que estaba viendo. Al principio creyó que era un efecto de la luz, pero ahora sabía que sus ojos cambiaban con el ánimo. Y el deseo los volvía del color de la miel, y cuanto más deseo sentía más se parecían al oro viejo. El se levantó, apoyándose de un codo, sin atreverse a mover un solo músculo. La miraba con cautela, como si esperase una mala crítica de lo que podía ser para él un defecto – Son… increíbles…

No habló, por miedo a que la voz le saliera demasiado grotesca. Se había abandonado tanto al deseo, a la necesidad de poseerla que no se dio cuenta que el demonio estaba actuando en su lugar, lo retrajo para que no se manifestara al completo ante ella. Y Kagome frunció el ceño, apenada.

-         Están cambiando otra vez.

-         Es algo que no se puede controlar.

Ella lo besó, moviendo la lengua de manera tan provocativa que levantaría a un muerto, su pelvis se elevó para engullirlo más dentro de ella y sus manos se enredaron en el cuero cabelludo. Mantenía los ojos abiertos, atenta, entregándose con empeño a encenderlo al máximo. Rió por dentro sabiendo lo que buscaba, y permitió que la bestia se asomara un poco, lo suficiente para que los ojos volvieran a estar dorados. Entonces ella gimió como recompensa a sus méritos y se entregó de lleno, abandonándose a sus caricias, a sus besos, ondeándose para recibir sus embestidas... Hasta que algo despertó en su cuerpo pequeño y serpentino, obligándola a arquearse y moverse a la velocidad de él. Con la cabeza aplastando la almohada en su lucha por el clímax y la boca abierta expulsando lo gemidos de cada embate. Todo su cuerpo tembló con los espasmos, apretándolo hasta la locura. Se dejó arrastrar por la escalada de su propio orgasmo y cayó derrumbado sobre ella cuando hasta el último nervio se sacudió con el placer.

Dudando por el recuerdo de la última vez, probó a salir de ella. No hubo tirones, ni trabas. No se había quedado enganchado. Aquello debía suceder solo en la concepción. Eso lo dejaba más tranquilo, porque entonces era algo que podía controlar o evitar. Se tumbó a su lado y le paso el brazo por debajo para que apoyara la cabeza en su hombro. Ella se asomó a sus ojos.

-         Vaya, vuelven a ser marrones.

Inuyasha chasqueó la lengua como si realmente eso lo fastidiara todo.

-         Vaya por Dios, y ahora qué. – Sonrió y la besó en la comisura de los labios.

-         Dicen que hay gente que tienen los ojos violetas, aunque yo nunca vi ninguno.

-         Bueno, si nos fijamos en los animales albinos, ellos tienen los ojos rojos, pero nunca vi un ser humano albino que también los tuviera. – no había dicho ninguna mentira, nadie había mentado a los demonios.

-         Es verdad – Kagome apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos, su cuerpo estaba totalmente relajado y satisfecho, los parpados empezaron a pesarle tanto que no deseaba abrirlos. Debería levantarse y lavarse un poco, pero empezaba a notar lo cansada que estaba - ¿Te importa si no me levanto? Sé que debería ir al baño a limpiarme, pero… - El bostezo no la dejó continuar.

-         No me importa. Duerme…

Se quedó observando cómo su respiración se volvía cada vez más pausada, su sueño era mas profundo a medida que avanzaban los segundos, hasta que su expresión quedó totalmente relajada y su boca se entreabrió para cambiar su modo de respirar.

No quería perderla… nunca… era feliz con ella. Podría acostumbrarse a esto, el demonio estaba totalmente domado por ella, la amaba tanto como su parte humana, y también la necesitaba. Necesitaba atarla a él de manera que nunca lo abandonara. Lástima que no existieran verdaderos rituales que la obligaran a estar con él. Lo único que podría hacer era unirse a ella por un acto sagrado, y lo único que tenía a mano eran los recitales.

“Adelante”

-         ¿Servirá de algo? Quiero que solo sea para mí. Y quiero ser el único para ella – Se dijo a sí mismo, acariciando el rostro de Kagome con un dedo.

“Hazlo entonces”

El demonio salió entonces en todo su esplendor; sus cabellos blancos, sus rasgos caninos, sus ojos rojos y las marcas de su rostro y brazos. Pero en la mirada fiera de sus ojos había una expresión tierna hacia ella. Con una de las garras acarició delicadamente su mejilla, y se deslizó por su cuello y su costado hasta el vientre, donde dejó la mano. Aún era pronto para escuchar su corazón, pero estaba ahí, dentro de la cuna de su vientre, una parte de él, de los dos. El llanto vino como el gemido de un perro, contento por lo que estaba sucediendo allí dentro, por ya no estar solo. Y triste porque el tiempo no corriera más deprisa para poder sentir  a su hijo. Ella gimió en respuesta y sus pulmones se paralizaron en alerta, temiendo que una distracción lo dejase desenmascarado. Pero solo había sido una respuesta instintiva, ella seguía durmiendo.

Concentró toda su energía en la parte que ya los tenía en parte unidos, sintiendo las casi imperceptibles vibraciones del flujo de sus células. El calor se concentraba en su mano y se transfería por el vientre de ella hasta el niño; un ancla para repartir su poder dentro de Kagome. Un acto que duró casi un minuto. El cuerpo de ella se accionó de golpe, abriendo los ojos, febriles como cuando estaban sumergidos en el deseo. El trance la tenía sumida en la inconsciencia, no recordaría nada, pero su subconsciente asimilaría cada palabra que él dijera. Abrió la boca y tomó aire, preparándose para recitar las palabras, unas que no eran exactamente como las que estaban escritas en los papiros del templo, pero que tenían que ser las correctas. La voz grotesca y tosca del demonio salió en un susurro, en forma de cántico, recitando cada palabra que llenaba su mente como si hubiera nacido conociéndolas.

-         Te doy libremente mi espíritu, mi fuerza y mi voluntad. Seré tu hombre, tu guardián y tu siervo. Y te cuidaré y protegeré con mi vida a cambio de tu amor y tu fidelidad.

Algo le golpeó sacándole el aliento. No era físico, tampoco doloroso. Ni podría definir dónde lo recibió. Pero la agonía era casi insoportable. Era como si se le estuviese yendo la vida. Sabía que si dejaba de tocar el vínculo que los estaba uniendo, el malestar cesaría, pero no podía hacerlo. Su mano estaba unida por una fuerza que ya no era la suya. Absorbiendo la esencia de la que estaba hecha su alma, dejándole un vacío frío. Esta ausencia de sentimientos, así como la pérdida de la esencia de vida -en su cuerpo vivo pero sin latidos-, era insostenible. No podría soportar durante mucho más tiempo. Acabaría con él si no terminaba pronto. La debilidad siguió al vacío, los pulmones se le cerraron y no dejaron entrar el aire. De pronto recordó los síntomas, los mismos de cuando Kikyo lo encerró en una vida latente, dentro del sarcófago.

El cuerpo de Kagome dejó de absorber su energía en el mismo instante que el miedo había empezado a apoderarse de él. Ella cerró los ojos y siguió durmiendo, como si nada hubiese pasado. Inuyasha se atragantó cuando los pulmones se abrieron exigiendo aire. Inmediatamente, como si se hubiera quemado, apartó la mano de su vientre. Las sensaciones no habían desaparecido, todavía seguía sintiendo que era solo un cuerpo sin alma.

Se apartó de ella y reculó hasta el travesaño, se llevó la mano al pecho temiendo que el órgano más vital siguiera sin funcionar. Latía, con una calma ajena, como si no perteneciera a él. Era tan extraño que quería gritar. Mirándola minuciosamente, buscando algún cambio en ella se fue acercando, estirando una mano temblorosa hasta su pecho. Entonces se dio cuenta que el ritmo de su corazón estaba respondiendo al de ella. Rió maravillado, tan bajo como pudo para no despertarla. Había funcionado. Y por alguna ironía de la naturaleza, en las dos ocasiones que la había sometido a la condición del demonio, ella salía indemne, sin enterarse siquiera de los acontecimientos, mientras que era él el que sufría todas sus consecuencias. Se acostó junto a ella, a su cuerpo cálido. Y cuanto más se pegaba, más tranquilo se sentía el suyo, y menor era la sensación de vacío. Esperaba que esto no fuera eterno, que alguna vez recuperara la estabilidad de su ser, porque no podía estar pegado a ella todo el tiempo sin que lo tomara por un loco que le tenía una dependencia obsesiva.

Supo el momento en que ella se levantó, porque el vacío creció. Levantó la cabeza y rápidamente la retuvo por la muñeca.

-         ¿A dónde vas?

-         A por agua, la sed me está matando. – Ella ladeó la cabeza extrañada, todo estaba oscuro, la luna alumbraba tan poco que apenas podía verlo, pero juraría que su cabeza estaba desfigurada, había unos montículos que le sobresalían como dos pequeños cuernos. Y la mano que la sujetaba, además de la aspereza, tenía las uñas demasiado largas.

Él podía ver en la oscuridad perfectamente, y vio que ella estaba viendo más de lo que debería, rápidamente como si hubiese sido una ilusión óptica provocada por la oscuridad y su imaginación, ocultó sus rasgos demoníacos. Cuando terminó el ritual de unión se sintió tan débil que no pudo volver a su forma, y tan cansado que sucumbió al sueño siendo un demonio.

La arrimó a él, haciendo acopio de fuerzas mientras le daba un beso y luego la soltó.

-         Ve, pero no te entretengas, hace frío fuera de la cama.

Ella sonrió y se marchó a la cocina, dando pequeños saltitos para no sentir demasiado el frío del suelo.

A medida que se alejaba el vacío iba abarcándolo más, aunque no con la magnitud de antes. Podía notar que la diferencia no era mucha, pero era una buena señal, terminaría recuperándose con el tiempo. Imaginaba que no del todo si el ritual había funcionado, pero sí lo suficiente para poder mantenerse alejado de ella si era necesario.

Kagome regresó en pocos minutos, y antes de verla, su calidez ya estaba calmando el frío de su cuerpo. Se subió en la cama y se acurrucó junto a él, tapándose con las mantas.

-         ¿Sabes qué? Vas a reírte, pero antes me pareció ver…

-         ¿Qué? – Ella sonrió y negó con la cabeza.

-         Nada… una tontería. Abrázame, que tengo frío.

-         A sus órdenes, señora… siempre a sus órdenes.

La arrimó a su cuerpo todo lo que pudo y anidó la cabeza en el hueco de su hombro y su cuello. Aspirando su aroma mientras disfrutaba de la paz que le daba su proximidad. Su corazón volvió a acomodarse a los latidos del de ella.

 

 

 

20/10/2005

 

Las dos Artemisas

lasdosartemisas@yahoo.es

Nos dedicamos a vivir el día, sin dependencia alguna, y cazar en la noche, fuera de las tradiciones, queriendo compartir nuestra felicidad con los demás.