CAPITULO X
El anuncio del periódico le
llamó la atención;
FORENSE MUERTO
POR EL ATAQUE DE UN ANIMAL
Un médico forense amaneció muerto en
la sala de autopsias donde había sido solicitada su colaboración. Aún se están
investigando las huellas que produjo el ataque. De momento se sospecha que
puedan pertenecer a una especie desconocida, ya que aún no se ha encontrado
similitud con las de ningún animal registrado.
El alcalde desmiente la alerta de
que pueda tratarse de un animal que se haya escapado del zoológico, pero
tampoco ha sido capaz de decir qué clase de ser puede provocar cortes tan
profundos; gran parte del cuerpo había sido despedazado por la criatura.
El comisario de
Hacía menos de una semana que
estuvieron en aquella comisaría.
No habían sacado fotos del
cuerpo con las heridas, pero sospechaba que él sí sabría decir qué provocaba
heridas como esas.
Qué curioso… no conocía la
existencia de otro demonio aparte de él.
Únicamente se había topado
con algún cuerpo poseído por espíritus malignos. Bueno, a decir verdad solo con
el que tenía poseída a Yamiko. Pero para los espíritus nunca fue un problema
regresar a este mundo; algunos demonios podían valerse de ellos para mantener
contacto con esta vida. Se suponía que no tenían otra forma de contar en este
mundo desde que fueron desterrados, aún se preguntaba cómo él pudo cambiar
tanto cuando se dejó vencer por la oscuridad, cómo pudo llegar a semejante
transformación física…
Pero no estaba solo, lo que
decía el periódico era la prueba. Sabía qué tipo de heridas podía dejar un
demonio. Él mismo las había infligido quinientos años atrás. A inocentes
aldeanos que conocieron su ira por el simple hecho de haberse cruzado en su
camino. Tenía tanto rencor de aquella que no sintió compasión por los que
suplicaron por su vida o la de sus seres queridos. En aquel tiempo solo podía
ser consciente de la ira que sentía hacia los que lo abandonaron: Su maestro,
sus compañeros en el templo… su Dios… Le dejaron solo en la oscuridad, hasta
que se perdió en ella, y aldeas enteras pagaron por eso.
Ahora parecía que podía
llegar a perdonar. Alguien estaba consiguiendo cambiarlo. Alguien que se
merecía una buena tunda… Alguien que le había dejado un mensaje en el
contestador, a las seis de la mañana de hace cinco días, para decirle que no
fuera a su casa, que había decidido ir a trabajar. Y desde entonces estaba
dando vueltas con el coche por las cercanías del campus.
Hasta que se cansó de
conducir y aparcó cerca de la puerta por donde tendría que salir ella dentro de
pocos minutos.
Empezaba el fin de semana,
esta vez no se iba a poder escapar de su compañía, ni de su promesa. Le
insistiría otra vez en que se mudara a su casa y por fin dejaría de hacer de
centinela suyo por todas las calles de Roma; jamás conoció una mujer que
tuviera que moverse tanto como lo hizo ella en estos cinco días.
Los alumnos empezaban a
dispersarse por el campus; las clases ya habían terminado. Dobló el periódico y
fue a guardarlo en la guantera cuando sintió la calidez de una energía conocida
aproximándose. Alzó la mirada y la vio pararse en el borde de la acera. Ella
esperaba el semáforo para poder cruzar hacia la parada de autobús. En estos
momentos, tenía el impulso de acelerar, detenerse delante de ella para
impedirle el paso, y obligarla a que montara y le diese una explicación de por
qué no quiso que fuera a verla. Pero no quería presionarla, estaba pasando por
un período delicado con la muerte de Yamiko, y el embarazo solo ayudaba a
acrecentar la sensación de su pérdida. La seguiría y aparcaría cerca. Y subiría
unos minutos después con la excusa de hacerle una visita y ver si entraba en
razón.
Cuando la vio bajar del
autobús, buscó aparcamiento en la calle paralela. Trepó al tejado de enfrente
de su casa y esperó a que ella entrara. Necesitaba espiar en todo momento los
pasos que daba; a dónde iba, qué hacía o dejaba de hacer, con quién hablaba...
No se fiaba de ella, mas bien no se fiaba de dejarla sola. En esta semana,
apenas lo había llamado alguna tarde que otra, le hablaba de forma cariñosa, se
interesaba por él y lo que hacía en ese momento… pero no le había permitido ir
a verla. Y eso solo podía significar que
quizás no tenía a Kagome tan asegurada como pensaba.
Echó un vistazo a la azotea y
se sentó en la cornisa de costumbre. Aquél lugar se estaba convirtiendo en su
mirador particular. El día que la dejó en la casa, el día que recibió la
noticia de la muerte de Yamiko, estuvo allí sentado toda la tarde. Observándola
recoger la casa, asomarse varias veces al dormitorio de Yamiko, y por fin
decidiéndose a vaciar el armario y guardar las pertenencias en cajas. Mucho más
tarde la vio dar vueltas en su cama, taparse los ojos cuando empezó a llorar, y
dormirse con el rostro lleno de lágrimas.
Cuando desaparecieron las
pesadillas, que la hicieron retorcerse inquieta, trepó
a su ventana y comprobó que dormía apaciblemente, entonces se convenció de que
estaría bien y regresó a su casa. Por primera vez, desde que despertó, sentía
que él también necesitaba descanso. Normalmente no precisaba dormir más de un
par de horas, pero esa vez cayó rendido toda la noche, y la luz del sol lo
sorprendió dormido. Ni siquiera oyó el teléfono cuando ella dejó el dichoso
mensaje. A partir de ese día, aquella cornisa fue su sitio habitual de las
tardes.
Los poderes de Kagome habían
aumentando esos días, podía sentir la energía de ella desde la distancia en que
se encontraba; señal de que el embrión se empezaba a hacer más fuerte. Estaba
adquiriendo la fuerza tan rápido que en pocos días sería indestructible. Una
sonrisa surcó sus labios. Una sensación de orgullo y hombría; su chico sería
una criatura invencible.
Frunció el ceño notando algo
raro en el comportamiento habitual de Kagome. Ella se detuvo en medio del salón
y se frotaba los brazos, mirando a varios puntos de la sala, ¿Qué estaba
buscando? Los movimientos de su cabeza eran temerosos e inseguros, como si
esperase ver a alguien o algo horroroso en el momento que mirase a un lado o a
su espalda.
Por fin la vio tomar una
resolución, salir de aquél estupor y avanzar a la habitación de Yamiko, dudando
en el umbral si entrar o no, y después decidirse a cerrar la puerta, aunque tan
rápido que el cierre chocó con el marco y quedó entre abierta, pero ella no se
dio cuenta y ya corría hacia el teléfono. Alargó la mano al bolso y sacó de él
una tarjeta, seguidamente marcó un número, ¿A quién llamaba? A él no, su móvil
no estaba sonando. Ella se volvió y se asomó a la ventana mientras esperaba que
le atendieran la llamada. Pudo leerle los labios cuando la otra persona
descolgó. Ese maldito nombre que no tenía por qué salir de sus labios hizo que
le hirviera la sangre. El calor de la rabia se acumuló en sus ojos tiñéndolos
de rojo, y los colmillos y las garras punzaron con fiereza… No, no era a él a
quien llamaba, sino a ese amigo de Yamiko; Tonino.
El gruñido salió gutural
entre los dientes. Iba a empezar a odiar a ese hombre, pero lo que mas le
enfurecía era tener sentimientos tan humanos, y tan a flor de piel. Detestaba
los celos y, sobre todo, las inseguridades; la incertidumbre era algo que nunca
había estado en su naturaleza. Sentirla era… insoportable.
Se levantó, incapaz de
quedarse quieto y esperar como si nada –observando como un tonto- cómo su chica
se estaba citando con un imbécil al que le iba a cortar la cabeza. Empezó a
caminar de un extremo a otro de la azotea, con
el corazón palpitándole en las sienes, las uñas estaban cambiando el
grosor, afilándose y endureciéndose, y las encías se desgarraban por culpa del
empuje de los colmillos. Si no se tranquilizaba terminaría convertido en
demonio. Pero no podía controlar la rabia, y la impotencia que daba el temor a
que ella estuviera perdiendo el interés por él, como un tonto humano. Y como
tal, tenía que saber qué estaba pasando, y si esto tenía que ver con que no
quisiera verlo…
Maldita mujer… ¿Qué le estaba
haciendo? Necesitaba saber; si lo que estaba tratando era engañarlo con ese
desgraciado que ya tenía los días contados, le daría su merecido. De ninguna
manera iba a permitir que se apartara de él, y si con eso tenía que acabar
también con la vida del maldito Tonino lo haría. Definitivamente lo haría.
Kagome era suya, llevaba en el vientre a su hijo. Eran una familia, y nadie iba
a interponerse entre ellos.
Familia… la palabra hizo que
se tambaleara y tuviera que volver a sentarse. Como todas las veces que era
consciente. No podía estar pasándole esto, no podía estar sintiendo algo tan
fuerte como celos, posesión, protección… o cualquier cosa que se asemejase.
El gruñido salió de su
garganta como el de un animal repeliendo el peligro.
No tenía suficiente con tener
que asimilar a la fuerza que pudiera amar a una mujer cuya sangre causó su
derrota seis siglos atrás, sino que ahora era parte del templo que habían
constituido al concebir un niño. Ahora no sabía qué pensar; si dejándola en
cinta estaba a un pasó más cercano del éxito, o del fracaso. Porque tantos
cambios que lo separaban cada vez más del plan original no podían significar
otra cosa que estar fracasando. Debía abandonar ahora que tenía la mente más
clara; el distanciamiento de ella lo había despejado permitiéndole pensar más
como él y no como un humano.
Arpía… con su piel clara y su
figura de ángel, que sutilmente lo había atrapado en sus garras invisibles,
haciendo de él un inútil saco blando, lleno de sentimientos y ternura. Eso se
había acabado, debía escapar de allí ahora que podía si quería mantener su
dignidad. Podía perdonarle la vida a Kagome, aceptaba eso, pero amarla era algo
que no debería permitirse, o se convertiría en un necio.
“Y por eso sigues aquí, porque ya estás libre de sus
garras… ¿A quién quieres engañar?”
- ¡Oh… Cállate! – Se frotó la cabeza
y bajó la mano por la frente hasta detenerla en la boca, queriendo barrer todos
los pensamientos antes de que se volviera loco. Mientras estaba allí, en
aquella azotea, sintiéndose cansado y por primera vez viejo, permanecía con la
vista fija en la ventana por donde podía verla. Preguntándose cómo había podido
llegar a esto; a convertirse en el único necio capaz de enamorarse del enemigo.
El decano tenía razón, Yamiko
nunca había mostrado una actitud suicida, y mucho menos de ladrona, debía haber
algo más, alguien que la obligó. Y debía investigar y limpiar su nombre;
averiguando todo lo posible a través de todos aquellos que de algún modo habían
sido cercanos a ella.
No había nadie mejor que
Tonino para ayudarla, él había sido lo más parecido que Yamiko tuvo a un novio.
Aunque tendría que ir con cautela, porque sospechaba que a su amiga le
tendieron una trampa; alguien pudo inducirla, mediante amenazas o chantaje, a
robar la catana. Y después obligarla a saltar de aquél puente para limpiar las
pruebas que podían implicarlos en el robo.
Pensar en algo tan retorcido
la reconcomía tanto que no la dejaba dormir. Estaba segura que eso era la causa
de las pesadillas que estaba teniendo últimamente, pesadillas horribles sobre
gusanos y serpientes que, sospechaba, no dejaría de tener hasta descubrir a los
verdaderos causantes de la muerte de Yamiko.
-
Tonino al aparato
La voz de Tonino no surgió
hasta segundos después de haber descolgado. Sonó como si hubiera esperado que
lo llamara… Por un momento los músculos de la espalda se le contrajeron por la
sospecha, pero inmediatamente se obligó a relajarse. No debía ser tan
desconfiada, era normal que no le sorprendiese su llamada. Se había muerto una
amiga en común, y con quien él mantenía una relación. Era lógico que no le
extrañara que ella quisiera saber cómo se encontraba.
-
Tonino, soy
Kagome, la compañera de piso de Yamiko – Prosiguió, como si necesitase dar más
explicaciones
-
Sé quien eres…
Su voz era calmada, demasiado
cuidadosa. Aunque, tal vez, también pudiera ser que lo provocase la desolación
por la que debía estar pasando.
-
¿Cómo lo llevas?
– Probó a preguntar, sintiendo curiosidad por lo que iba a responderle.
La voz de Tonino tardó otros
cuantos segundos en llegarle. Como si hubiese tenido que pensar qué decir.
-
Como puedo,
intento hacerme a la idea. Supongo que ya sabes cómo me siento… ¿Y tú?
Se estaba volviendo
paranoica, no podía desconfiar de todo el mundo, este pobre solo intentaba
permanecer tranquilo, o aún estaría sufriendo el letargo que viene justo tras
la pérdida de un ser amado.
-
Tonino… Sé que
puede que no sea el mejor momento, que todo está muy reciente, pero… necesito
que me ayudes. Tenemos que vernos.
-
¿Una cita? –
Preguntó, sorprendido.
-
No, solo se trata
de algo que tengo que decirte, a solas.
-
Una cita - Afirmó
Ella suspiró, dándose por
vencida. Algo le decía que Tonino nunca sería capaz de diferenciar una reunión
de una cita amorosa.
-
¿Puedes acercarte
por aquí?
-
En una hora
estaré allí
Tonino colgó el teléfono,
pensando que esta era su oportunidad para demostrar lo que valía. Cogió la
cazadora del respaldo de su silla y se la echó al hombro.
-
Eh…
Miró a su compañera de redacción
y le tiró el paquete de tabaco a la mesa. Solo quedaba un cigarro. Ya compraría
otro en el estanco. Era una mujer nerviosa, que fumaba como un carretero para
matar el tiempo. Se sentía sola y estaba llena de complejos. No era ninguna
belleza, pero no estaba mal de cuerpo y en cuestión de sexo… hacía todo lo que
le pidieras.
-
Alguien tiene una
noticia buena, voy a comprobar que es verdad.
Su compañera entrecerró los
ojos, cogiendo el cigarro y poniéndoselo en la boca. Antes de encenderlo negó
con la cabeza y rió con el cigarro entre los dientes, no se lo creía. Ella
misma había vivido en sus carnes la vitalidad del semental que tenía delante,
en la sala de fotocopias durante el almuerzo, unas cuatro veces. A ella no la
engañaba. Tonino no sabía estar más de una hora sin una mujer, se comportaba
como un cura que después de muchos años de celibato hubiese descubierto el sexo
perverso. Todos eran iguales, todos hacían lo mismo; se divertían con una y
luego buscaban a otra ¿Qué le faltaba a ella que no era capaz de retener a un
hombre ni media hora después de que se lo tirara?
-
Conociéndote has
quedado con una tía.
Tonino no lo negó ni lo
confirmó. Solo se limitó a reír mientras se iba.
Inu Yasha se acuclilló en el
alfeizar de la ventana del salón de Kagome, esperaba que a ningún vecino le
diera por asomarse o que alguien mirara hacia arriba, podrían confundirlo con
un suicida y quedar al descubierto. Lo que tenía que hacer uno por amor. El
gruñido salía innato cuando se decía así mismo comentarios como ese, pero esta
vez salió cansino, como si el demonio se estuviera hartando de su falta de
reconocimiento. La amaba y estaba celoso, y le preocupaba que lo dejasen, igual
que cualquier lelo de los que estaban ahí abajo. Miró hacia abajo como acto de
fe hacia sus pensamientos y vio que Tonino se bajaba del coche. El mármol
crujió agrietándose, entonces se dio cuenta que había apretado el alfeizar con
demasiada fuerza, suavizó el agarre, recordándose que debería aprender a
canalizar la rabia y los celos de otra forma y esperó a que la cita de Kagome
subiera.
Kagome abrió a Tonino, dejó
la puerta del piso abierta y sirvió dos tazas de café mientras él subía.
-
Ha sido una
sorpresa que me llamases
La voz de Tonino le llegó
desde la entrada del piso
-
Pasa…
-
¿Qué quieres
hacer? ¿ir a cenar, tomar una copa, o quieres que nos quedemos aquí? – En la
última pregunta empleó una voz sugerente y enarcó una ceja. Su táctica más
invitadora.
Había aprendido rápido a
seducir a las mujeres, su suerte fue que le tocó tener un cuerpo atractivo,
pero con ella no estaba funcionando. Kagome puso los ojos en blanco y lo ignoró
mientras servía el café.
Se quedó de pie,
observándola, y entonces notó que había algo diferente en ella, algo que hacía
que el alma vibrara amenazando con quitarle su lugar. Inconscientemente se
alejó un paso.
-
Prefiero que nos
quedemos aquí, te he llamado para hablarte de Yamiko – Se acercó a él con una
taza en la mano. Tenían que ser suposiciones suyas, pero juraría que él se
estremeció, como si no le gustara que se acercase demasiado. En cuanto él cogió
la taza le invitó con un gesto a que se sentará en el sofá, ella se sentó en el
otro extremo y dio un sorbo a la suya – La acusaron de robar una espada en la
exposición de la semana pasada – Esperó a ver si él reaccionaba de algún modo,
no sabía qué había querido ver, si indignación, impotencia, rabia… No hubo
nada, como si aquello no le importara realmente – Pero ella no puede defenderse
– continuó, con el último recurso de esperanza de que saltara defendiendo a Yamiko
- el sábado encontraron su cuerpo en el río, y han dado por hecho que fue un
suicidio – Cada palabra que soltaba, parecía perderse en el camino a los oídos
de Tonino, que seguía sin afectarle aquello, se arrimó unos centímetros, y él
irguió la espalda, frunció el ceño, preguntándose si no estaría incómodo porque
siguió creyendo que venía para liarse con ella y no para hablar de Yamiko –
Tonino, sé que esas acusaciones son falsas, ella no ha robado nada en su vida,
¿por qué una catana? ¿Y por qué iba a suicidarse después? Tú sabes como yo, que
ella amaba la vida.
-
Quieres que
indague
Por fin una reacción… eso la
animó, olvidando la tensión que se había apoderado de él y relajándola.
La energía que ella había ido
desparramando por la casa descontroladamente cesó en el momento que ella
sonrió, tendría que informar de su poder a su superior. El alma dejó de
agitarse, y él pudo al fin descansar. Dejó caer los hombros en el respaldo del
sofá y cruzó las piernas, dispuesto a escucharla.
-
Quiero saber qué
puedes averiguar sobre la espada que desapareció el sábado pasado, y si conoces
a alguien que pueda tener influencias en la comisaría de Rufini,
quiero que busques algo que parezca sospechoso, que pueda decirnos que fue un
asesinato.
-
Probablemente fue
obligada a morir, al igual que robar. Puedo contactarme con un agente de la
policía amigo… - Intentó aproximarse a ella, susurrarle al oído, aprovecharse
del consuelo que ella podría estar necesitando por la muerte de Yamiko. Ahora
debía sentirse muy sola, no lo rechazaría.
-
Te veré en una
semana – Se puso en pie sin darle oportunidad de que continuara, era muy obvio
lo que estaba intentando. Anduvo el espacio hasta la puerta y la abrió para
invitarlo a que se fuera – Ahora tengo que salir, y no puedo demorarme más, te
llamaré en un par de días para que me digas lo que hayas podido averiguar.
Tonino la había seguido con
la mirada hasta la puerta. Se levantó, dejando caer una sonrisa, y caminó con
pasos felinos hasta ella. Sus ojos recorrieron su cuerpo, no se daba por vencido,
si no era esta vez sería la próxima, otros la querían, pero nadie le prohibió
que antes fuera suya.
Inuyasha desgarró la costura
de otro cojín, las plumas flotaron danzando hasta el suelo. Estaba tumbado en
el sofá, pensando en la conversación que Kagome había tenido con Tonino, tenía
que hacer algo para evitar que investigara. Sabía que nadie podría
culparle, no había pruebas -al menos
físicas- que lo asociaran a la muerte de Yamiko. Pero Tonino no parecía ajeno a
su mundo de demonios, espíritus malignos y hechizos. Ese hombre sería capaz de
encontrar la relación entre él y la muerte de su ex-amante.
El teléfono sonó en esos
momentos. Se levantó y lo atendió, sintiendo que por una vez las cosas salían
como debían; nadie tenía su número excepto Kagome, por lo que no podía ser otra
la persona que estaba llamando.
En cuanto se fue Tonino le
entró un hambre repentina, había buscado en la nevera algo consistente, algo
que la saciase de verdad; una fuente precocinada de canelones con bechamel, y una
pieza de pan. Últimamente comía como un cosaco, y no cualquier cosa; se daba
atracones de pizzas, bocadillos y platos grandes que otras veces le habría
resultado cargante para el estómago, pero que ahora le sentaban estupendamente.
Recogió los restos de la cena, y se tumbó con una manta en el sofá para
distraerse un poco con la tele. A esta hora la casa se volvía demasiado
sombría, los muebles crujían en la noche, los vecinos estaban más silenciosos
que el resto del día, y la temperatura bajaba unos grados. Echó un vistazo a su
entorno, y sus ojos se detuvieron en la puerta que daba a la habitación de
Yamiko. La había cerrado esa tarde, y ahora estaba entreabierta, y desde dentro
asomaba la oscuridad. Desde que desalojó aquella habitación y envió todo lo que
había dentro a Japón, le faltaba el valor para entrar. A excepción de algunas
veces que había logrado asomarse, huía de aquél dormitorio. Hasta el extremo de
apartarse unos cuantos metros cuando tenía que pasar por el lado de aquella
puerta. Era como si temiera ver algo, como una percepción del espíritu de
Yamiko. Sabía que eran tonterías suyas, pero no podía evitar tener la sensación
de que la observaran desde cualquier punto de la casa, y más fuerte aún era la
presencia en ese cuarto. Se levantó del sofá, con la idea rara de que si se
atrevía a permanecer aunque solo fueran unos segundos dentro de aquella
habitación, conseguiría exorcizarse de aquella sensación. Caminó a pasos lentos
hacia el cuarto vacío, temiendo que pudiera verla allí, en medio del
dormitorio, o sentada en la cama, esperándola para decirle algo.
Su corazón palpitaba
dolorosamente con cada paso. El oxígeno se le hacía denso, respirándolo con
dificultad. Tuvo que detenerse para recuperar el valor. Tragó aire para abrir
los pulmones y se obligó a continuar. La garganta se le oprimía con el miedo.
Empezó a temblar y los oídos le pitaban en advertencia, impidiéndole continuar.
Corrió al sofá e intentó distraerse con la tele, pero el corazón seguía
latiendo desbocado, y no conseguía ventilarse bien. Tal vez fuera buena idea
encerrarse en la cocina, no sabía por qué en ese momento le parecía el mejor
sitio, pero hizo el amago de levantarse. Solo que algo la detuvo. Una corriente
en la nuca, como si hubiese alguien detrás, respirando… mirándola tan de cerca
que podía sentir su presencia. No quería mirar, no podía girarse, no debía…
tenía que levantarse, tenía que salir de allí antes de que la tocara.
Estaba en el salón, detrás de
ella, a punto de abrir la boca y llamarla, la retendría para comunicarse con
ella, se manifestaría para que la viera… tenía que irse de allí, tenía que…
El cerebro actuó antes que la
conciencia. Corrió al teléfono y salió al descansillo de la planta. Allí marcó
el número sin atreverse a mirar dentro de la casa.
-
Sí
-
Inu Yasha… - Su
voz sonaba demasiado temblorosa, tenía que calmarse si no quería asustarlo. Lo
que se iba a reír luego de ella. Pero tenía hasta ganas de llorar del miedo que
sentía
-
Esperaba que me
llamaras, por fin te decides, no sé nada de ti desde que me telefoneaste hace
dos días, y si te llamo yo me salta ese contestador tuyo diciéndome que no
estas en casa, ¿qué pasa con nosotros, Kagome? ¿Qué tienes que decirme de eso?
-
Necesito que
vengas por mí, por favor… – se le escapó un gemido de agonía que fue incapaz de
contener. Las voces que oía del televisor no la estaban ayudando a
tranquilizarse.
-
¿Qué te pasa?
Suenas asustada. – Ya no le pareció gracioso reprocharle nada, podía percibir
su miedo a través del teléfono.
-
Ven por mí, por
favor, ya no aguanto más. Tengo que salir de aquí.
Estaba llorando, intentaba
ocultarlo, pero la había oído sorber por la nariz. Juraría que Tonino se había
ido de allí, se aseguró de que no regresaba antes de irse, pero eso no quitaba
que ese miserable hubiera vuelto horas más tarde y la hubiese molestado. En su
imaginación pudo ver toda clase de acosos, oír todo tipo de frases a cual más
perversa.
Su pelo perdió el color como
el avance del amanecer arrasaba la oscuridad, y sus ojos se volvieron
sangrientos. Las garras arañaron el teléfono, y los colmillos se le clavaron en
los labios, que estaban tensados en una delgada línea. La piel se le volvió
lívida y fría por el sudor que había empezado a brotarle por todo el cuerpo.
Pavor… el miedo de ella, lo
que fuera que le había sucedido se lo estaba transfiriendo en pavor.
-
Ahora mismo –
Colgó el teléfono y su figura se emborronó cuando salía de la casa.
En cuanto tomó la bocacalle
donde ella vivía, la vio sentada en el escalón del portal. No llevaba nada de
abrigo, solo la sudadera que había estado usando toda la tarde, los mismos
vaqueros y unas zapatillas de estar por casa. Se detuvo en doble fila y ella se
puso de pie en cuanto lo reconoció. Frotándose los brazos para quitarse el
frío. Salió del coche y fue hasta ella, tenía los labios amoratados, y por
mucho que intentara hablar los temblores no la dejaban. Si hubiera tardado un
poco más la habría encontrado totalmente hipotérmica. Tonta loca... La abrazó
para ayudarla a entrar en calor, al mismo tiempo que la entraba en el portal.
-
¿Por qué no has
esperado arriba? Te vas a helar aquí
-
N-no… t-tú… tambbi…n
Comprendió lo que quiso
decir, con la urgencia de ir por ella tampoco había cogido su abrigo, peo no
era lo mismo, él no lo necesitaba. No era vulnerable al frío ni al calor.
-
El coche tiene
calefacción – Resolvió decir, para camuflar que él no estuviera tiritando como
ella.
Su voz sonaba tan cálida, tan
varonil y protectora, que la tranquilizó, aunque no pudiera quitarle los
temblores. El calor que emanaba de él era una bendición, pero estaba tardando
en recuperarse. Escondió el rostro en su pecho y se concentró en la temperatura
que recogía de su cuerpo. Cuando consiguió recuperar un poco el calor intentó
hablar.
-
Tenía miedo…
-
¿Miedo de qué?
-
De Yamiko, de
verla… - Lo sintió separarse levemente de ella, alzó la cabeza para mirarlo,
encontrándose con sus ojos de miel.
-
Kagome… los
muertos no pueden hacerte daño – En cambio los espíritus malignos eran otra
cosa, tal vez sería bueno subir y comprobar que no había ninguno en la casa.
-
Te juro que era
como si hubiese alguien ahí… - Sus ojos volvían a enturbiarse, Inuyasha le
tenía cogidas las manos. Deseaba que nunca las soltara.
-
Está bien,
subiremos y me aseguraré que no hay nada, lo más seguro sea que se trate de un
insecto o un murciélago.
Ella se encogió de hombros,
un acto que no encajaba en absoluto con el pánico que aún sentía.
-
Ah, bueno… un
murciélago, solo puede contagiarme la rabia, ¿no? ¿hay murciélagos en invierno
o se disuelven con el frío?
Inuyasha le sonrió y tiró de ella
para que lo siguiera.
-
Me sorprende que
tengas ganas de bromear con el miedo que tienes. Y ahora que lo pienso… los
vampiros están activos todas las épocas del año. – Ella bufó en respuesta. Su
plan había dado resultado, estaba consiguiendo distraerla.
-
Casi preferiría
que los llamaras quirópteros, suena más como un insecto, y para tu información
te digo que solo hay un tipo que se alimenta de sangre, los demás son
insectívoros. E hibernan, listillo…
Inuyasha la miró. Con la cara
tan rígida como una estatua. Luego cerró los ojos y negó con la cabeza.
-
Señor… me estoy
acostando con una empollona. Y pensar que cuando estudiaba las odiaba…
-
Tuve que
diseccionar unos cuantos en la facultad si quería saber un poco sobre la
exhumación de restos animales o humanos.
-
Bueno, pues
espero que ese que esté en tu casa no sea tan grande como el mamífero que va a
entrar, porque entonces vas a tener que pensar en asegurar los muebles.
Ella rió y lo siguió al
ascensor. Estaba más relajada, Inuyasha hacía que todo pareciese fácil y en
absoluto peligroso. Si lo que había en su casa era un fantasma, no dudaba que
Inuyasha lo rebajaría a una especie de Moquete el de los cazafantasmas.
Inuyasha no ponía en
duda que pudiese haber algo, Kagome era
perfectamente capaz de percibir otra forma de vida paranormal gracias a su
poder. Aunque no fuera consciente. La pena era que, si se trataba de una fuerza
de energía, no supiera usarlo para combatirla. Diferente sería que se tratase
de algo material, entonces tendría que medir su fuerza física con ella, y en
ese caso, no dudaba que Kagome fuese la víctima y la presencia el agresor; su
poder era espiritual, por lo que solo podía combatir lo que era de su mismo
campo.
Al llegar a la planta, vio
que la puerta estaba abierta, y la tele encendida. Echó un vistazo dentro,
moviéndose con cautela para captar cualquier anomalía. A no ser que considerara
a Kagome como algo anómalo, no había nada anormal en la casa. Había una
presencia residual de energía, sí. Pero se trataba de la propia que ella estaba
derrochando. Estaba sorprendido de la concentración de poder que aquí había.
Esto no era únicamente humano. El niño, que aún era un embrión, ya había puesto
de su parte, haciendo que la energía espiritual que siempre la rodeaba como un
aura se convirtiera en un campo que abarcaba todas las habitaciones de la casa.
Y trabajaba más aún limpiando, purificando, la habitación que había sido de
Yamiko. El niño estaba desarrollando su poder espiritual a pasos agigantados. Y
eso para alguien que no había recibido ningún tipo de entrenamiento en su vida
era una ventaja enorme. Porque, en sus tiempos de alumno, esta concentración
equivalía al alcance de poder que podría poseer un maestro de máximo nivel.
Estaba orgulloso, y ella también debería estarlo… si supiera que de lo que
estaba asustada era de sí misma. La risa pujó en su garganta, y la reprimió a
tiempo de que ella no la oyera.
-
Tengo la
sensación de que está ahí, en su dormitorio y que espera a que yo entre.
Inu Yasha salió de su
fascinación al escucharla detrás de él, estaba en el umbral de la entrada de la
casa, sin atreverse a pasar. Caminó al dormitorio de Yamiko, llevado más por la
curiosidad de cómo trabajaba su poder que por la precaución. Empujó la puerta y
quedó maravillado de ver cómo minúsculas chispas de radiación desintegraban
cada mancha maligna, la concentración que el espíritu que poseyó el cuerpo de
Yamiko había dejado en el dormitorio era tan densa que cualquier exorcista se
habría agotado en menos de dos horas. Ella en cambio llevaba allí cinco días,
soportando los efectos secundarios de un embarazo de por sí paranormal, que
suponía debía ser una paliza para su cuerpo, y ni siquiera mostraba un mínimo
de cansancio. Si se concentraba bien, podía ver cómo estaba trabajando la
purificación; era como si una araña fuera cámara atrás; destejiendo,
deshaciendo parte por parte cada mancha de oscuridad y dejase, en lugar de
vacío, energía pura y limpia. Cuando la “araña” terminase su trabajo, esta
habitación sería la armonía absoluta para un bebé. Incluso aunque ella se fuera
de aquí, la “araña” seguiría trabajando en la casa durante meses. Dios… cómo
quería a esta criatura. Que además de una simple humana, era un ángel y
exclusiva pureza; porque dudaba que ninguna otra sacerdotisa pudiera llegar
espiritualmente tan lejos como ella. Salió del cuarto y regresó al lado de su
“Trimurti”. La palabra le hizo gracia. Pero no se le ocurría otra para
asemejarla a la trinidad de la que Kagome estaba compuesta. Era tres en uno.
Humana, divina criatura de dios, y espiritual ¿Cómo iba a llamarla, si no, un
demonio como él?
-
No hay nada
Kagome.
-
Ya lo suponía,
pero de todos modos no quiero estar aquí esta noche. – La sonrisa que se le fue
formando a Inuyasha fue lenta y triunfadora. Cualquiera diría que había
planeado aquello. Si no fuera porque sabía que no habría tenido forma de entrar
habría sospechado de él.
-
Entraremos en tu
habitación, cogerás lo necesario para hoy y mañana, ya me harás después una
lista de todo lo que tengo que coger de aquí. Te vienes a mi casa, conmigo.
Llevaba puesto un pijama y
una bata de él. Parecía una tontería, pero se encontraba a gusto en aquella
casa, con ropa de Inuyasha puesta. Miraba las luces de la ciudad desde el
ventanal del salón. La ciudad era preciosa de noche, sobre todo desde aquél
sitio. No se cansaría nunca de decirlo, el ático tenía unas vistas preciosas.
Esperaba que esto no fuera una equivocación y pudiera disfrutarlas por mucho
tiempo. El miedo había desaparecido en cuanto se montaron en el coche, y fue
sustituido por preocupación, ¿y no estarían, con esto, forzando la relación?
Inuyasha parecía demasiado independiente, una persona que estaba acostumbrada a
estar sola. ¿Qué ocurriría cuando, después de una semana levantándose juntos,
se empezase a cansar? Debía tener otra alternativa por si eso sucedía. Él
parecía realmente enamorado de ella, no dudaba que se tomaba en serio esta
relación. Pero por si acaso no cancelaría el contrato de alquiler de su piso,
aunque tuviera que pagar unos cuantos meses sin habitarlo.
El brazo de Inuyasha apareció
por su lado derecho, y su espalda se sintió resguardada por el calor de su
pecho. Aún así se sobresaltó al ver el objeto que tenía en la mano.
Inuyasha apartó la taza de
chocolate caliente a tiempo de que se le derramara a Kagome encima.
-
Lo siento, no
pretendía asustarte.
-
Pensarás que soy
demasiado infantil – Sopló la taza antes de dar un sorbo, gimiendo al sentir el
calorcito recorrerla hasta el estómago. La mantuvo en las manos para
calentárselas.
-
No – Sonrió – Si
los fantasmas o los monstruos intentan hacerte daño, se las verán antes conmigo
– Le rodeó la cintura con los brazos y ella se dio la vuelta para estar frente
a él.
-
¿Vas a ser mi
héroe?
-
Siempre... – Bajó
la cabeza hasta los labios de ella. Los latidos redoblaron en sus sienes por la
anticipación de sentirlos, y el demonio abrió los ojos y se inclinó, en
paralelo a él, anhelando también el contacto carnoso y caliente de sus labios.
Se le escapó una risa, a la que ella no prestó atención, y la besó. Era
gracioso que la bestia, que tanto odiaba a Kikyo, también hubiese echado de
menos a Kagome.
Empujó con la lengua pidiendo
paso a su boca y sintió el rugido afectuoso de la bestia en su interior cuando
ella respondió. En su mente podía ver al demonio besándola, con sus manos, deformadas
por las garras, acariciando delicadamente su rostro. Su boca deslizándose por
el cuello níveo y suave de ella. Sintió el puje del deseo en su ingle, y forzó
al demonio a retroceder a lo más profundo de su ser, no era el momento, antes
estaba el bienestar de ella. La bestia alzó la cabeza y aulló de frustración,
pero comprendió la preocupación del humano y cedió; calmando los instintos.
-
Tómate el
chocolate, y luego a la cama… te ayudará a dormir – Ella se llevó la taza a los
labios y quedó atontado viendo cómo los posaba en la cerámica, suaves como la
piel de un melocotón, daría cualquier cosa por poder sentirlos en su cuerpo.
Kagome bajó la taza,
consciente de cómo la estaba mirando. Tenía un poco de chocolate en la comisura
de los labios, y lentamente, para que él sufriera un poco más, sacó la lengua
sin limpiarse completamente. El sonido que él hizo al tragar fue tan fuerte que
pudo oírlo, volvió a beber de forma que volviera a mancharse pero esta vez
tardó un poco más en limpiarse. Antes de que pudiera, él lo había hecho por
ella. Aprovechó para besarlo y medio mareada por el deseo se separó un poco de
él.
-
Ahora quiero irme
a la cama
No necesitó decirlo dos
veces, Inuyasha le quitó la taza de las manos, dejándola donde primero vio y la
llevó en brazos al dormitorio.
En la cama, Kagome se
arrodilló delante de él y empezó a desabrocharle la camisa mientras que él le
estaba quitando la bata y la parte de arriba del pijama. Sintió el frío en los
pechos cuando quedaron al descubierto, y los pezones se tensaron. Las manos de
Inuyasha abarcaron sus senos y los pulgares acariciaron los botones rígidos. No
recordaba que la sensación fuera tan fuerte, casi le cortaba la respiración
cada roce de sus dedos. Cerró los ojos y usó aquella sensibilidad para explorar
su cuerpo, deslizando las manos por la musculatura de su pecho, y bajándola por
cada costilla hasta su estómago. Quitó el cinturón, desabrochó los pantalones y
bajó la cremallera. Su vientre se aplastaba con el peso de la excitación. La
respiración de él; arrastrada y tosca, casi como un gruñido. Las manos duras y
exigentes; acariciándole los pezones con una insistencia casi dolorosa. Y su
piel caliente y dura vibrando con cada pulgada que tocaba. Incrementaban su
excitación a tal punto que sentía el vacío en su interior como una punzada de
dolor y angustia. Tiró de sus pantalones, desesperada por quitárselos y él la
tumbó y rasgó los suyos, ahorrándoles tiempo. Abrió las piernas para él y
sintió la estocada como una bendición a su necesidad. Lo sintió acomodarla,
metiendo una mano bajo ella para que su entrada fuera completa. Se abrazó a su
cuello, y con las piernas se enredó en sus muslos. Entonces levantó los
parpados, queriendo poner expresión a los jadeos estrangulados de él, que aún
sin moverse estaba ahogándose con el deseo. Y lo vio en sus ojos, que apenas se
podía notar por la escasa luz, -pero que de tan cerca era posible-, el color
enriquecido del oro viejo.
-
Dorados… -
consiguió decir, maravillada por lo que estaba viendo. Al principio creyó que
era un efecto de la luz, pero ahora sabía que sus ojos cambiaban con el ánimo.
Y el deseo los volvía del color de la miel, y cuanto más deseo sentía más se
parecían al oro viejo. El se levantó, apoyándose de un codo, sin atreverse a mover
un solo músculo. La miraba con cautela, como si esperase una mala crítica de lo
que podía ser para él un defecto – Son… increíbles…
No habló, por miedo a que la
voz le saliera demasiado grotesca. Se había abandonado tanto al deseo, a la
necesidad de poseerla que no se dio cuenta que el demonio estaba actuando en su
lugar, lo retrajo para que no se manifestara al completo ante ella. Y Kagome
frunció el ceño, apenada.
-
Están cambiando
otra vez.
-
Es algo que no se
puede controlar.
Ella lo besó, moviendo la
lengua de manera tan provocativa que levantaría a un muerto, su pelvis se elevó
para engullirlo más dentro de ella y sus manos se enredaron en el cuero
cabelludo. Mantenía los ojos abiertos, atenta, entregándose con empeño a
encenderlo al máximo. Rió por dentro sabiendo lo que buscaba, y permitió que la
bestia se asomara un poco, lo suficiente para que los ojos volvieran a estar
dorados. Entonces ella gimió como recompensa a sus méritos y se entregó de
lleno, abandonándose a sus caricias, a sus besos, ondeándose para recibir sus
embestidas... Hasta que algo despertó en su cuerpo pequeño y serpentino,
obligándola a arquearse y moverse a la velocidad de él. Con la cabeza
aplastando la almohada en su lucha por el clímax y la boca abierta expulsando
lo gemidos de cada embate. Todo su cuerpo tembló con los espasmos, apretándolo
hasta la locura. Se dejó arrastrar por la escalada de su propio orgasmo y cayó
derrumbado sobre ella cuando hasta el último nervio se sacudió con el placer.
Dudando por el recuerdo de la
última vez, probó a salir de ella. No hubo tirones, ni trabas. No se había
quedado enganchado. Aquello debía suceder solo en la concepción. Eso lo dejaba
más tranquilo, porque entonces era algo que podía controlar o evitar. Se tumbó
a su lado y le paso el brazo por debajo para que apoyara la cabeza en su
hombro. Ella se asomó a sus ojos.
-
Vaya, vuelven a
ser marrones.
Inuyasha chasqueó la lengua
como si realmente eso lo fastidiara todo.
-
Vaya por Dios, y
ahora qué. – Sonrió y la besó en la comisura de los labios.
-
Dicen que hay
gente que tienen los ojos violetas, aunque yo nunca vi
ninguno.
-
Bueno, si nos
fijamos en los animales albinos, ellos tienen los ojos rojos, pero nunca vi un ser humano albino que también los tuviera. – no había
dicho ninguna mentira, nadie había mentado a los demonios.
-
Es verdad –
Kagome apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos, su cuerpo estaba
totalmente relajado y satisfecho, los parpados empezaron a pesarle tanto que no
deseaba abrirlos. Debería levantarse y lavarse un poco, pero empezaba a notar
lo cansada que estaba - ¿Te importa si no me levanto? Sé que debería ir al baño
a limpiarme, pero… - El bostezo no la dejó continuar.
-
No me importa.
Duerme…
Se quedó observando cómo su
respiración se volvía cada vez más pausada, su sueño era mas profundo a medida
que avanzaban los segundos, hasta que su expresión quedó totalmente relajada y
su boca se entreabrió para cambiar su modo de respirar.
No quería perderla… nunca…
era feliz con ella. Podría acostumbrarse a esto, el demonio estaba totalmente
domado por ella, la amaba tanto como su parte humana, y también la necesitaba.
Necesitaba atarla a él de manera que nunca lo abandonara. Lástima que no
existieran verdaderos rituales que la obligaran a estar con él. Lo único que
podría hacer era unirse a ella por un acto sagrado, y lo único que tenía a mano
eran los recitales.
“Adelante”
-
¿Servirá de algo?
Quiero que solo sea para mí. Y quiero ser el único para ella – Se dijo a sí
mismo, acariciando el rostro de Kagome con un dedo.
“Hazlo entonces”
El demonio salió entonces en
todo su esplendor; sus cabellos blancos, sus rasgos caninos, sus ojos rojos y
las marcas de su rostro y brazos. Pero en la mirada fiera de sus ojos había una
expresión tierna hacia ella. Con una de las garras acarició delicadamente su
mejilla, y se deslizó por su cuello y su costado hasta el vientre, donde dejó
la mano. Aún era pronto para escuchar su corazón, pero estaba ahí, dentro de la
cuna de su vientre, una parte de él, de los dos. El llanto vino como el gemido
de un perro, contento por lo que estaba sucediendo allí dentro, por ya no estar
solo. Y triste porque el tiempo no corriera más deprisa para poder sentir a su hijo. Ella gimió en respuesta y sus
pulmones se paralizaron en alerta, temiendo que una distracción lo dejase
desenmascarado. Pero solo había sido una respuesta instintiva, ella seguía
durmiendo.
Concentró toda su energía en
la parte que ya los tenía en parte unidos, sintiendo las casi imperceptibles
vibraciones del flujo de sus células. El calor se concentraba en su mano y se
transfería por el vientre de ella hasta el niño; un ancla para repartir su
poder dentro de Kagome. Un acto que duró casi un minuto. El cuerpo de ella se
accionó de golpe, abriendo los ojos, febriles como cuando estaban sumergidos en
el deseo. El trance la tenía sumida en la inconsciencia, no recordaría nada,
pero su subconsciente asimilaría cada palabra que él dijera. Abrió la boca y
tomó aire, preparándose para recitar las palabras, unas que no eran exactamente
como las que estaban escritas en los papiros del templo, pero que tenían que
ser las correctas. La voz grotesca y tosca del demonio salió en un susurro, en
forma de cántico, recitando cada palabra que llenaba su mente como si hubiera
nacido conociéndolas.
-
Te doy libremente
mi espíritu, mi fuerza y mi voluntad. Seré tu hombre, tu guardián y tu siervo.
Y te cuidaré y protegeré con mi vida a cambio de tu amor y tu fidelidad.
Algo le golpeó sacándole el
aliento. No era físico, tampoco doloroso. Ni podría definir dónde lo recibió.
Pero la agonía era casi insoportable. Era como si se le estuviese yendo la
vida. Sabía que si dejaba de tocar el vínculo que los estaba uniendo, el
malestar cesaría, pero no podía hacerlo. Su mano estaba unida por una fuerza
que ya no era la suya. Absorbiendo la esencia de la que estaba hecha su alma,
dejándole un vacío frío. Esta ausencia de sentimientos, así como la pérdida de
la esencia de vida -en su cuerpo vivo pero sin latidos-, era insostenible. No
podría soportar durante mucho más tiempo. Acabaría con él si no terminaba
pronto. La debilidad siguió al vacío, los pulmones se le cerraron y no dejaron
entrar el aire. De pronto recordó los síntomas, los mismos de cuando Kikyo lo
encerró en una vida latente, dentro del sarcófago.
El cuerpo de Kagome dejó de
absorber su energía en el mismo instante que el miedo había empezado a
apoderarse de él. Ella cerró los ojos y siguió durmiendo, como si nada hubiese
pasado. Inuyasha se atragantó cuando los pulmones se abrieron exigiendo aire.
Inmediatamente, como si se hubiera quemado, apartó la mano de su vientre. Las
sensaciones no habían desaparecido, todavía seguía sintiendo que era solo un
cuerpo sin alma.
Se apartó de ella y reculó
hasta el travesaño, se llevó la mano al pecho temiendo que el órgano más vital
siguiera sin funcionar. Latía, con una calma ajena, como si no perteneciera a
él. Era tan extraño que quería gritar. Mirándola minuciosamente, buscando algún
cambio en ella se fue acercando, estirando una mano temblorosa hasta su pecho.
Entonces se dio cuenta que el ritmo de su corazón estaba respondiendo al de
ella. Rió maravillado, tan bajo como pudo para no despertarla. Había
funcionado. Y por alguna ironía de la naturaleza, en las dos ocasiones que la
había sometido a la condición del demonio, ella salía indemne, sin enterarse
siquiera de los acontecimientos, mientras que era él el que sufría todas sus
consecuencias. Se acostó junto a ella, a su cuerpo cálido. Y cuanto más se
pegaba, más tranquilo se sentía el suyo, y menor era la sensación de vacío.
Esperaba que esto no fuera eterno, que alguna vez recuperara la estabilidad de
su ser, porque no podía estar pegado a ella todo el tiempo sin que lo tomara
por un loco que le tenía una dependencia obsesiva.
Supo el momento en que ella se
levantó, porque el vacío creció. Levantó la cabeza y rápidamente la retuvo por
la muñeca.
-
¿A dónde vas?
-
A por agua, la
sed me está matando. – Ella ladeó la cabeza extrañada, todo estaba oscuro, la
luna alumbraba tan poco que apenas podía verlo, pero juraría que su cabeza
estaba desfigurada, había unos montículos que le sobresalían como dos pequeños
cuernos. Y la mano que la sujetaba, además de la aspereza, tenía las uñas
demasiado largas.
Él podía ver en la oscuridad
perfectamente, y vio que ella estaba viendo más de lo que debería, rápidamente
como si hubiese sido una ilusión óptica provocada por la oscuridad y su
imaginación, ocultó sus rasgos demoníacos. Cuando terminó el ritual de unión se
sintió tan débil que no pudo volver a su forma, y tan cansado que sucumbió al
sueño siendo un demonio.
La arrimó a él, haciendo
acopio de fuerzas mientras le daba un beso y luego la soltó.
-
Ve, pero no te
entretengas, hace frío fuera de la cama.
Ella sonrió y se marchó a la
cocina, dando pequeños saltitos para no sentir demasiado el frío del suelo.
A medida que se alejaba el
vacío iba abarcándolo más, aunque no con la magnitud de antes. Podía notar que
la diferencia no era mucha, pero era una buena señal, terminaría recuperándose
con el tiempo. Imaginaba que no del todo si el ritual había funcionado, pero sí
lo suficiente para poder mantenerse alejado de ella si era necesario.
Kagome regresó en pocos
minutos, y antes de verla, su calidez ya estaba calmando el frío de su cuerpo.
Se subió en la cama y se acurrucó junto a él, tapándose con las mantas.
-
¿Sabes qué? Vas a
reírte, pero antes me pareció ver…
-
¿Qué? – Ella
sonrió y negó con la cabeza.
-
Nada… una
tontería. Abrázame, que tengo frío.
-
A sus órdenes,
señora… siempre a sus órdenes.
La arrimó a su cuerpo todo lo
que pudo y anidó la cabeza en el hueco de su hombro y su cuello. Aspirando su
aroma mientras disfrutaba de la paz que le daba su proximidad. Su corazón
volvió a acomodarse a los latidos del de ella.
20/10/2005
Las dos Artemisas
Nos dedicamos a vivir el día, sin dependencia alguna,
y cazar en la noche, fuera de las tradiciones, queriendo compartir nuestra
felicidad con los demás.