CAPITULO XI

 

 

Estaba sentado en aquella silla que parecía un trono; tapizada con un terciopelo negro y con motivos dorados en las patas y los brazos. En medio de una sala cuyo límite del suelo y las paredes era desconocido.

Allí, en medio de aquél tablero de ajedrez que perfectamente podría ocuparse con piezas humanas, y sentado en aquél sillón pesado. Tan pálido de piel y con ropas de una época ya casi olvidada. Y con los cabellos tan largos y blancos como la nieve... Parecía una estatua del pensador. Con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la mano. Como si estuviese aburrido de todo.

Mirando su físico, era evidente que su edad era indefinible, pero en realidad llevaba cientos de años respirando, uno de los pocos miembros directivos de la organización del Sacramento que era inmortal.

Su poder era tan increíble que el séquito que estaba bajo sus órdenes lo consideraba una especie de dios. Vivía de los sentimientos ajenos, de la vida que emanaba de todas las criaturas vivas y de la unión de las fuerzas. Podía percibir cada vida incluso antes que la tecnología humana, y su mente había desarrollado la habilidad de comunicarse con los suyos a tal extremo que era difícil esconder la mínima actividad cerebral -por muy diminuto que fuera ese ser- que sus hombres apenas se atrevían a hablar a sus espaldas, cuanto menos llevarle la contraria. Solo unos cuantos tenían el valor de hacerlo, los mismos que sabían que en su naturaleza no existía el someter a otros contra la voluntad de cada uno, ni hacer daño por satisfacción propia. Su religión siempre había sido la siguiente: Todo tiene un por qué. Y de todo hay que aprender.

Y estos mismos que se atrevían a interrumpirlo cuando pensaban que podía estar equivocado, o que decían todo aquello cuanto sentían ya fuera un halago o una crítica, llevaban retraso. Los había convocado para que hicieran acto de presencia en aquella sala hacía más de media hora, pero la pareja se estaba entreteniendo en una de sus habituales discusiones. Suspiró, aburrido realmente, pero no tanto de la vida como del comportamiento de estos dos. Desde luego que le hacían desear que la misión acabase para desaparecer de una vez. Él nació como energía, y deseaba ser energía otra vez; siete siglos de vida material era demasiado tiempo para cualquier ser vivo. Por muy preparado que estuviera para ser eterno si el destino iba contra ellos.

Una chispa, como una luz que parpadeó una sola vez antes de encenderse definitivamente y fundirse con la de ella, le hizo abrir los ojos. Había ocurrido, la unión entre la sacerdotisa y la criatura en la que Inuyasha fue convertido. Dos almas tan diferentes y a la vez tan parecidas se habían unificado. Ahora los dos eran uno. Y esa chispa tan pequeñita cuya luz no abultaba más que una mota de polvo, latía también dentro de la nueva vida que habían creado unos días antes. Dándole el reconocimiento a la criatura que se estaba formando. Una tan valiosa que tenían que cuidar de ella como el tesoro que era; la reencarnación de un sabio con un espíritu tan poderoso, y a su vez tan débil por lo antiguo que era. Una de las primeras vidas de este mundo, que nacimiento tras otro -tras miles de reencarnaciones-, adquiría el conocimiento de todo aquello por lo que un alquimista daría su alma. Muy poderoso, sí. Pero también muy frágil, y fácil de derrotar por cualquier demonio sin cuerpo que fuera tan fuerte como Naraku.

Se levantó al oír los pasos de los dos guardianes, echó un ligero vistazo a la pitonisa que salió de la bruma que componía las paredes de la sala; una capa de humo que no dejaba ver a través de ella, y que muy pocos eran capaces de cruzarla sin perder el conocimiento. Urasue lo acompañaba en esta misión desde que le fue encomendada. Era una ventaja poder entrar en la mente de aquella vidente para ver con claridad todo lo que sucedía en el mundo, pero era un sufrimiento imposible de soportar ver tantas cosas en la misma décima de segundo, minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, y así hasta el fin de sus días –por muy preparado que estuviese para escuchar los pensamientos de toda una ciudad-. Siendo ella otra inmortal hasta que pudiesen ser relevados, no entendía cómo no llegaba a volverse loca. Dudaba que hubiese otra criatura capaz de soportar la magnitud de su poder y vivir con ello con tanta naturalidad como cualquier otro.

Urasue cambió su aspecto de bruja vieja y torcida a la de una joven rubia y virginal de la edad media. Le dio la espalda a la pareja que acababa de entrar y caminó hasta quedar a la derecha de Sesshomaru.

-         Por mucho que te empeñes en que te veamos como Morgana, sigues siendo la bruja de la casita de caramelo. A nosotros no nos engañas – Miró a Sango con la comisura izquierda del labio ladeada hacia arriba. Haciéndolo ver como un niño grande y travieso - ¿Verdad… Gretel?

El gruñido de Urasue sonó como el graznido de un cuervo, que para nada iba con la hermosa imagen que seguía manteniendo.

-         Si fuera una maldita bruja ya te habría convertido en sapo hace mucho tiempo.

Sango le dio un codazo a Miroku para que se comportase y ambos se inclinaron en un saludo hacia Sesshomaru

Sesshomaru alzó la mano con la palma hacia arriba para que se incorporasen y caminó hacia ellos, seguido por Urasue.

-         Ha ocurrido. Vigiladla y advertidle únicamente de que está en peligro cuando se ponga en contacto con ella. No quiero que forcéis nada, la sacerdotisa vendrá a nosotros cuando llegue el momento.

Los dos guardianes volvieron a inclinar la cabeza antes de retirarse, y posteriormente salieron de la sala, dejándolo solo con la pitonisa, que lo miraba pensativa.

-         Dilo de una vez, Urasue - Volvió a su asiento, posando cada mano en los brazos del sillón. Los cabellos le reposaban en las piernas como hebras de seda blanca, y su mirada color miel reposaba vagamente en la vidente.

-         Sabes qué pienso en cada momento. Mi mente no tiene barreras para ti. ¿Qué necesidad hay de poner mis dudas en palabras? – Urasue regresó a su forma original, una mujer vieja y poco agraciada, y caminó a pasos lentos hasta situarse al otro extremo del trono

Sesshomaru no la perdió de vista en ningún momento. Sus ojos la estaban siguiendo, pero su mente estaba conectada a la del demonio cuya alma iba recuperando lentamente; Inuyasha.

-         Porque necesitas decir qué te inquieta…

-         Conozco mi misión; guiarte a ellos. Pero la tuya, Sesshomaru, es misteriosa. Y por mucho que me empeñe en ello, no soy capaz de ver tu futuro… ¿Por qué? ¿Por qué la organización, que no tiene secretos para ninguno de sus miembros, no puede desbloquear esa barrera?

-         ¿Desconfías?

-         ¿Tengo que hacerlo? – Él le sonrió, tan atractivo y enigmático como el dios que muchos creyeron que era en los tiempos la época de las guerras civiles.

-         Todo a su tiempo Urasue… no necesitas saber hasta que llegue el momento…

 

Abrió los ojos, consciente del calor que desprendía ella. Alzó la cabeza para verla dormir, admirando el perfil de su rostro, la nariz respingona y los labios carnosos. Le rodeaba la cintura con el brazo, manteniéndola arrimada lo más posible a su cuerpo; la extraña sensación de frío y vacío húmedo y cavernoso que tenía en su interior había desaparecido en gran parte. Quedando solo una sensación de inquietud que podía controlar. Bruja… sus labios se curvaron en una sonrisa reconocida hacia la mujer que había atrapado su alma convirtiéndolo en un esclavo. Desde su perspectiva tenía al alcance su mandíbula, se inclinó hasta hacer sombra entre los rayos de luz que entraban por la ventana, y besó esa parte de su rostro. Ella gimió y restregó el trasero en él, recordándole lo habían estado haciendo en la noche, antes del ritual de unión de almas. Se estiró como un gatito recién levantado de su siesta y giró para poder verlo. Sus ojos lo miraban con amor; un brillo líquido que recorría cada parte de su rostro, aprendiéndose cada imperfección o cicatriz que pudiera haber en él… si es que la había. Su sonrisa se volvió tierna antes de besarle la nariz.

-         ¿Qué hora es? – Preguntó ella, ronroneando y gimiendo como una perezosa.

Inuyasha se giró para mirar el reloj digital de su mesita de noche, y sintió la mano de ella golpearle el trasero y palparlo a conciencia.

-         ¡Qué descaro! Una señorita no haría esas cosas, ¿ahora que vas a pensar de mí?

Inuyasha se volvió a ella y la abrazó

-         Pensaré que tengo suerte de que una chica guapa y sin vergüenza quiera meterme mano. Son las siete, aún es temprano – Acomodó la cabeza en la almohada y cerró los ojos con la expresión de un tonto feliz.

La respiración de ella se atoró, cesó unos segundos y luego el aire volvió a circular, lo supo porque su corazón se detuvo unas cuantas palpitaciones y luego funcionó acelerado. No eran sus latidos, eran los de ella los que iban a ese ritmo. Terminaría acostumbrándose a que sus ritmos fuesen acompasados. Se preguntaba si en la distancia ocurriría también.

-         Señor… - Suspiró ella, luego posó la yema de sus dedos sobre el cuello de Inuyasha, justo en la zona donde se había formado un coagulo de sangre con la forma de sus dientes. No recordaba haberlo hecho, pero anoche los poseyó la pasión tan ciegamente que era comprensible que no recordar algunos detalles. – Te he dejado señales por todas partes… - Sus dedos se desplazaron sin dejar de tocarle la piel, hasta detenerse en otra mordedura en el hombro.

La risa de él era tan estimulante que sentía sus poros reaccionar, gritando que su piel tocara la de ella. Cada vibración de su garganta era una nota que se metía en su cuerpo y jugaba con cada terminación de ella, activándola, despertando su deseo.

Sintió su peso entre las piernas cuando se movió para colocarse encima de ella. Sus caderas se movieron en respuesta. Como atraídas por un imán hacia su templo.

Inuyasha bajó el rostro hasta su cuello y comenzó un recorrido hasta su clavícula.

-         Creo que estamos en paz… yo también dejé algo mío en ti – se aproximaba a ella, para rozar sus labios y atraparlos con suaves mordiscos.

-         Qué grosero… esas cosas no se dicen, uno debería callárselas por educación – Lo empujó hasta conseguir que saliera de encima de ella y poder ir al baño

Inuyasha se acomodó en la cama, apoyando su peso en un codo y la cabeza en la mano. Veía ese culito contonearse con cada pasito que daba hacia la puerta. Ella se volvió en el umbral, pero no subió la mirada a sus ojos, se fijó en el rizo de su bosque negro y los fue subiendo a sus pechos donde sus dorados ojos descansaron, sintiendo el deseo como un calor líquido en ellos.

-         Ahí está otra vez... ese color... Dios... es tan de ficción - Exclamo ella, fascinándose otra vez con sus ojos.

Inuyasha levantó la mirada hasta su rostro; remarcado por un asomo del hambre que él estaba sintiendo de ella. Tal vez tenía razón después de todo, tal vez sus ojos cambiaran con el deseo. Ella suspiró y dejó caer los hombros, apesadumbrada.

-         Lástima que no pueda ser - Se lamentó. Se dio media vuelta y corrió al baño.

Inuyasha se dejó caer en la cama, con piernas y brazos abiertos y mirando al techo. Se estaba acostumbrando a la soledad que sentía cuando no estaba a su lado, claro, que Kagome estaba en el cuarto de baño, a tres metros de distancia de él. ¿Podría soportar separarse de ella si le daba por salir sola de la casa? De pronto su pregunta obtuvo respuestas, en cuanto oyó el agua de la ducha correr por las tuberías. ¿Por qué tantas prisas por asearse? Se incorporó y se sentó en la cama, buscando a su alrededor las piezas de la ropa del día anterior. Estaban rasgadas... lo mismo ocurría con el pijama que le prestó a ella. Sería mejor tirarlo todo antes de que Kagome las viera y fuera consciente del destrozo que hizo con la ropa.

Media hora más tarde ella entró en el dormitorio con su albornoz puesto y una toalla liada en el pelo. Como si fuera con prisas caminaba a pasos rápidos, abriendo la cremallera del macuto que trajeron de su casa y sacando unos vaqueros y un jersey.

La observó en silencio, viendo lo ocupada que estaba en vestirse que no notó que él empujaba con el pie la ropa para esconderla debajo de la cama. Se había quedado allí, sentado en el travesaño y rascándose la cabeza, disfrutando de la pereza mientras bostezaba y se ocupaba de calmar los picores que producía la circulación cuando se activaba.

-         ¿Vas a alguna parte? - Preguntó, sin ser consciente que su cuerpo estaba teniendo reacciones demasiado humanas. Sin saber que la parte que aún no había recuperado del todo era la demoníaca. La que ahora estaba dentro de ella, asimilando la pureza de su espíritu y dando fuerza al espíritu del niño que se estaba gestando.

Ella se detuvo con la cabeza aún oculta en el jersey, la sacó y lo miró como si fuera obvio que tenía que irse.

-         Es sábado...

-         ¿Y?

-         Es tiempo de exámenes. Tengo que ir a la universidad... a poner un examen. Solo serán unas horas.

-         Vaya...

Inuyasha se arrodilló en la cama, desnudo, con los cabellos sueltos colgándole en mechones castaños por la espalda y el pecho. Y sentándose sobre sus talones. Apoyó las manos sobre los muslos y chasqueó con la lengua, seguidamente se miró la erección que apuntaba hacia ella. Con una tonta sensación de que salía ganando vio como ella dirigió la mirada a su sexo y tragó como si estuviera comiéndose un palo de nata.

-         En cuanto acabe vendré... ¿Tú no puedes esperar así, verdad?

Él se volvió a mirar, se encogió de hombros como si estuviese considerando lograr un imposible, y luego negó con la cabeza. Ella rió, una vibración que se le metía por los poros y lo dejaba descolocado. Inservible si tuviera que pelear en esos instantes. La vio caminar hasta él y gatear en la cama hasta poder abrazarse a su cuello.

-         No sé qué voy a hacer contigo, de veras que haces que me piense faltar a mi trabajo. - Le besó en los labios, con la intención de un beso rápido, pero no pudo resistirse al calor de su boca, la fuerza de su pecho y la respiración profunda que él tomó antes de abrazarla y pegarla a su cuerpo. Su lengua entró en busca de la de ella, invitadora, febril... él se incorporó, sosteniendo su peso en las rodillas y sus manos se desplazaron a su trasero, donde empujaron para que ella sintiera su excitación.

Gimió cuando tuvo que obligarse a separarse de él. Se relamió los labios, maravillada por el sabor de su boca, y por la intensidad casi anaranjada de sus ojos; parecían prender fuego en cualquier momento.

-         Tengo que irme - Le susurró, casi sin voz, sintiendo cómo él tapaba la ausencia de su boca con su cuello.

Inuyasha protestó con un gruñido que le recorrió todo el cuerpo como una advertencia de lo que iba a perderse si se iba.

-         Tendré la comida para cuando vuelvas

-         Prefiero tenerte a ti como comida para cuando regrese.

Ella jadeó cuando sintió su lengua detrás de la oreja, intentó encontrar la voz para hablar, pero le era imposible, si no bajaba de allí terminaría desnuda otra vez, y revolcándose con él por la cama.

Se alejó de él y se sentó a los pies del colchón para ponerse las botas. Los brazos de él la rodearon por sorpresa, como una serpiente sigilosa se había deslizado por la cama, sin siquiera notarlo. Apartó los picos de la toalla de su hombro y depositó allí un beso. 

-         No te vayas aún, quédate un poco más...  

-         No puedo, si no me voy ya se me hará tarde ¿No tienes nada que hacer mientras tanto, no hay una oficina a la que tengas que ir a estudiar algún archivo o algo?

Él se apartó de ella y se tumbó otra vez en la cama, con la espalda echada en el cabecero.

-         Yo trabajo en casa… ¿vendrás directamente hacia aquí cuando salgas, o tendré que preocuparme de que pueda recibir una llamada tuya diciendo que regresas al piso?

Parecía molesto por lo que le había dicho, bueno, tendría que calmarse él solo, no tenía tiempo para disculparse, darle mimos y quitarle el enfado. Iba tarde al trabajo.

-         Debería volver al piso. - Terminó de ponerse la segunda bota y se restregó la toalla para secar un poco más el pelo

-         Ya me lo temía.

-         No es lo que piensas, tengo que traer algunas cosas - Se levantó de la cama con la toalla en la mano. -  ¿No confías en mí, verdad? Piensas que me iré... - él no contestó - ¿Por qué? - Siguió sin darle respuesta, pero la miraba como si la estuviese acusando de algo obvio. Se dio la vuelta y caminó al cuarto de baño. Sintió los pasos descalzos de él siguiéndola.

-         Dímelo tú Kagome, las veces que he querido llegar a ti porque yo quisiera, no porque tú me lo pidieras, me rechazaste, ¿qué quieres que piense?

-         ¿He hecho eso? - Abrió el cajón de la izquierda del mueble del lavabo, buscó dentro y cerró al no encontrar nada - ¿Tienes un cepillo o un peine? Voy a llegar tarde

-         En el otro cajón. Si quieres puedo llevarte

-         No será necesario, si me doy prisa cojo el autobús – Abrió el otro cajón y sacó el cepillo de púas. Se desenredó el pelo rápidamente, sin importarle los tirones que se estaba dando, y lo dejó suelto para que secara al aire, no tenía tiempo para entretenerse con el secador

-         Kagome, Eh ahí la prueba, la diste tú misma... acabas de hacerlo otra vez. Si te digo que vengas a vivir conmigo me dices que tienes que pensártelo

-         Era muy pronto para que me soltaras algo así de sopetón

-         Somos adultos, no necesitamos andar conociéndonos para saber que somos compatibles. Y nos llevamos bien; en la cama y fuera de ella. El tiempo pasa más deprisa para nosotros - Usó aquello a su favor. Los humanos se preocupaban por el pasar del tiempo de manera obsesiva cuando llegaban a una edad. - Dijiste que te lo pensarías, y te olvidaste de mí

-         Eso no es verdad, te llamé - Salió como un huracán del baño, obligándole a hacerse a un lado si no quería arrollarlo, y caminó al perchero de la entrada por el abrigo y el bolso. Inuyasha le pisaba los talones.

-         Unas dos veces en cinco días. Cinco días, Kagome. No veo normal en dos personas que empiezan una relación... - Ella frenó y se giró de repente, y él tuvo que pararse si no quería chocar con ella y tirarla al suelo.

-         Ese es el quid de la cuestión, estamos empezando. - Se empinó para darle un beso en los labios y salió corriendo por la puerta.

Inuyasha reaccionó demasiado tarde, para cuando la siguió las puertas del ascensor ya se estaban cerrando

-         Aún no hemos terminado, Kagome... ¿Vendras para comer?

-         Te llamo desde mi despacho, hablamos luego – Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a bajar.

Estaba huyendo de él... otra vez... ¿No había querido una vida de familia como cualquier ser humano? pues ahí la tenía, en su totalidad con discusión y todo, que no sabía ni por qué se había generado. Ni tampoco le cuadraban los papeles, juraría que él tenía el suyo cambiado.

-         ¡Maldita sea! – Masculló para él mismo, se giró para entrar en la casa, con la mala suerte de encontrarse con la señora de la limpieza. Que venía una vez por semana a limpiar las escaleras y demás zonas comunes del edificio.

Bajaba con un cubo y la fregona. La mujer, de cincuenta y seis años, se había detenido en el descansillo de la entreplanta y lo miraba como si quisiera comérselo. Inuyasha carraspeó – Buenos días

-         Buenos días señor – Sus ojos lo recorrían sin perder detalle de su desnudez.

Inuyasha no hizo nada por taparse, dio un paso tras otro, con sus andares de pantera y cerró la puerta de la casa en cuanto la cruzó.

-         Madre mía... Creía que ya no había hombres así. - La mujer se fijó en la marca de tres uñas que habían dejado en la nalga derecha del muchacho, y la sonrisa picarona de alguien con sus años de experiencia caminando por la vida hizo que se le torcieran las comisuras de los labios.

En cuanto cerró la puerta se tocó el pecho y el estómago, la sensación no era desgarradora, pero aún así molestaba demasiado. Caminó hasta la ventana y se asomó a mirar la avenida, ella caminaba por la cera, dirigiéndose a la parada de autobús, y él creía que se ahogaba con cada paso que la alejaba. Respiró hondo y se mentalizó que solo era una sensación. No era real. Tenía que acostumbrarse, tampoco podía ser tan complicado sobrellevarlo. La recuperación era rápida y para cuando terminara la mañana sería suficientemente fuerte para vivir separado de ella la mayor parte del día.

 

Golpeaba la mesa con el bolígrafo mientras los alumnos tomaban las últimas anotaciones para el trabajo de apoyo. No era exactamente un examen como le había llegado a decir a Inuyasha, pero podría decirse que se trataba de un control para subir nota al examen de dentro de tres semanas. Miró el reloj que colgaba de la pared, justo encima de la puerta, no dejaba de pensar en la pregunta de Inu Yasha; aquella mirada con que la había acusado de haber estado huyendo de él, estaba realmente convencido. Y lo peor de todo era que tenía razón. No sabía por qué lo hacía, todo parecía funcionar bien cuando estaban juntos. Debería dejar de lado los miedos y los escrúpulos, él le gustaba, incluso empezaba a sentir algo más profundo que una simple atracción física; sentía que era su hombre, el que el destino tenía asignado para ella. No podía continuar siendo tan prudente. Aunque fuera algo que solo se le atribuía a los cuentos de princesas, en este en el que no había princesas, sino gente corriente y nada de fantasías también estaba ocurriendo. La amaba, y estaba segura que el sentimiento era recíproco. Intentaría hacer las cosas bien a partir de ahora, tenía dos horas libres después de esta clase, iría a su casa prepararía todo lo que tuviera que llevarse. Y desde allí hablaría con el propietario para finalizar el contrato del alquiler. Luego se acercaría al mercadillo y compraría los ingredientes para una cena especial. Inuyasha se merecía una muestra como esa de que estaba dispuesta a aceptar lo que él le proponía; ser una pareja formal y completa. Pero cuando el reloj marcó la finalización de la clase y dejó pasar los diez minutos que siempre concedía a los chicos para que entregaran sus hojas, se encontró con un imprevisto; Tonino estaba en el pasillo, esperándola.

Esperaba verlo en la semana; con alguna información para ella, pero no tan pronto. Cogió el tocho de controles y se dirigió a la puerta. Esperando que esto no la llevara demasiado tiempo.

-         Vaya... – Se detuvo al ver que Tonino se interponía entre la salida y ella, apoyándose en el marco de la puerta, con una sonrisa que para nada le daría confianza. Sabía que era un hombre que aprovecharía cualquier cosa, pero por una razón que desconocía, antes no le parecía algo a lo que tomar demasiada importancia, ahora en cambio era como si su instinto le dijese que se alejara de este hombre.

-         ¿Sorprendida?

-         No te esperaba tan pronto, ¿Has averiguado algo?

-         No, pero estaba cerca y pensé que podría invitarte a desayunar… o tomar un café, lo que sea que hagas. – Rectificó sobre la marcha al ver que ella fruncía el ceño, como buscando una excusa para rechazarlo.

-         Sólo un café, tengo algo de prisa - Él se apartó entonces, y le tendió la mano, abriendo el ángulo de su brazo como invitación a que pasara delante. Pero no se apartó del umbral, por lo que no pudo evitar el roce de sus ropas. Algo que para él sería grato, pero para ella fue inquietante - Por cierto, esta no era mi clase, y las administrativas no trabajan hoy, ¿Cómo has podido dar conmigo?

-         Ah, no ha sido difícil, el decano me dijo donde estabas

-         ¿Conoces al decano?

-         No… - Maldijo interiormente por su descuido – Pregunté a un hombre en secretaría y resultó ser el decano – Sonrió tan inocentemente como podía ser capaz y se encogió de hombros.

Tonino no quiso llevarla a la cafetería de la facultad, por lo que tuvo que acceder a salir del campus, pero la charla duró dos sorbos de café; Tenía un interés extraño por Inuyasha, rozando lo obsesivo. Preguntaba todo sobre él, quién era, dónde lo había conocido y a través de quien, donde trabajaba, qué había estado haciendo antes de que lo conociera y si estaba segura de que era quien decía ser. Salió tan rápido de la cafetería, y con la suerte de encontrar un taxi justo cuando ella se paró en el borde de la cera, que a Tonino no le dio tiempo de retenerla.

El taxista era un hombre original, no le vio la cara, pero vestía demasiado fresco para la época que era, y con unos estampados que rayaban lo ortero. Le pagó antes de bajarse y subió a su piso. Lo primero que hizo fue coger el teléfono y llamar a Inuyasha. Por una parte la haría sentirse más tranquila si oía su voz, y por otra le debía esa llamada; que viera que estaba dispuesta a entregarse a aquella relación con todos los sentidos.

 

Inuyasha se había hecho un planning para ocupar la mañana, primeramente una ducha para que los humos se le bajasen, después iría al supermercado a comprar alimentos para llenar el frigorífico y la despensa, y después pasaría por la universidad y recogería a Kagome; con eso ella no podría escabullirse de él tan fácilmente. 

Antes de la ducha hizo una lista de las cosas que debería comprar, no solo alimentos, (nutritivos, por supuesto; una mujer embarazada tenía que comer sano y alimentarse para dos). También tenía que comprar cremas, y demás cosas corporales para Kagome; lo había leído en un artículo, mientras se había tomado un café (había querido actuar como un ser humano, hacer cosas humanas. Y lo más humano que se le ocurrió fue hacerse un café y leer el periódico. -esperaba que su vecino de arriba ya lo hubiese leído, porque no pensaba volver a subir a hurtadillas por la ventana para devolvérselo-) y en la sección de publicidad había encontrado un párrafo que decía lo importante que era cuidarse durante el embarazo con una dieta sana y los cosméticos de una marca que había apuntado en la lista).

Cuando se metió en la ducha, se le había echado encima la hora, y no oyó el timbre del teléfono.

Del baño se fue al dormitorio y se vistió a una velocidad extraordinaria, y tan extraordinariamente como se vistió, cogió el abrigo, las llaves del coche y bajó por las escaleras hasta el parking, asegurándose primero que estaba solo para que nadie se cruzase con él. Se sintió bien en el supermercado, metiendo los alimentos en el carro y tachándolos de la lista. Se detuvo al lado de una mujer que examinaba la fruta con minuciosidad, y él la imitó, preguntándose si por más mirarla iba a hacer que el melón tuviese mejor aspecto. La mujer golpeó su melón y prestó atención al sonido, lo soltó y cogió otro. Inuyasha inclinó la cabeza a un lado, soltando un gemido curioso del que no fue consciente, la curiosidad lo tenía totalmente absorbido. La vio hacer lo mismo con tres melones, y al que hizo cuarto lo echó en su carro. Así que él intentó recordar el sonido del cuarto y cuando le pareció que era similar lo metió en el suyo.

Regresó al ático para soltar la compra, eran casi las dos y Kagome estaría próxima a salir de la universidad. Ya se entretendría luego en guardar las cosas. Pero cuando pasó por al lado del teléfono vio el icono parpadeando. Le habían dejado un mensaje... mejor dicho Kagome le había dejado un mensaje. Gruñó y marcó la tecla para escucharlo. Lo primero que oyó fueron sus jadeos.

-         Inu Yasha… – De fondo se oía como si estuviese arrastrando algo pesado. El sonido se detuvo y se oyó otro sordo, como si se dejase caer un montón de ropa sobre una caja, o como si alguien se hubiese dejado caer para sentarse encima de esa caja. Luego le siguió un suspiro de alivio – Estoy en el piso, recogiendo mis cosas. He guardado lo que he podido en dos maletas, pero pesan demasiado para llevarlas conmigo. He visto que tenías la nevera vacía, y la despensa también, así que voy a pasarme por el mercado antes de ir a... a casa. Esta noche te voy a sorprender con una cena que no olvidarás. Ah, y... Aunque creas que no... me considero afortunada por tenerte, y si piensas que no me importas lo suficiente, te equivocas. Adiós, estaré allí sobre las tres y media, creo... Ah, dejé una copia de las llaves en el macuto que llevamos a tu casa, ¿Podrías recoger esto por mí? Si Tonino no hubiese venido a la facultad a hacerme perder el tiempo, podría haber preparado más cosas para la mudanza... en fin... como parece que no estás en casa, es una tontería que sigua hablando con una máquina. Me voy al mercado. Nos vemos en un rato, amor.

La última palabra lo recorrió como una corriente que le erizó placenteramente el bello. Decidió ignorarlo antes de que empezase a analizar la forma en que aquella palabra sonaba en boca de Kagome, a este paso de un demonio despiadado iba a pasar a poeta y rancio, porque nunca se le dieron bien las rimas.

Miró al lugar por donde se entraba a la cocina, donde había dejado las bolsas, caminó hasta allí y empezó a sacar las cosas. Ya había hecho la compra, pero no podía decírselo porque el mensaje se había grabado antes incluso de que él saliera para el supermercado. Probablemente llamó cuando se estaba duchando. Lo único que le quedaba por hacer era resignarse a tener el frigorífico y la despensa a reventar de comida e ir a recoger las cosas de Kagome.

Refunfuñando fue a buscar la copia de las llaves y salió del ático.

 

Kagome llevaba varios minutos sintiendo que la seguían. Una pareja, extrañamente vestida,  se había detenido a unos pasos de ella cuando compró el pescado. Ahora se dirigía al kiosco japonés que se ponía allí dos veces por semana, y la pareja parecía haber tomado otra calle de tiendas. Eso la relajó un poco y se rió de sí misma por ser tan paranoica. Saludó al tendero, un hombre al que ya conocía por la de veces que había comprado sus alimentos, y se entretuvo en charlar con él, preguntándole por la familia; Su hijo mayor había tenido una niña hacía un mes, y el hombre estaba orgullosísimo de su nieta. Una de las veces que el hombre señaló a uno de sus vecinos de kiosco, ella siguió la dirección en la que apuntaba con el dedo, y los vellos se le pusieron de punta al atisbar a la pareja que la había estado siguiendo. Rápidamente volvió a mirar al tendero, que estaba con un cucurucho de papel de estraza en la mano, esperando que ella le dijese qué meter en él, señaló los rollitos de carnes y las cortezas de pescado, con disimulo se giró otra vez para ubicar nuevamente a la pareja; aún estaban allí, no habían seguido de largo. Uno de ellos, el hombre la miró directamente, y ella desvió los ojos inmediatamente, maldiciéndose por ser tan tonta como para dejar que la sorprendieran mirando. 

-         Señorita… ¿Es usted… Kagome Higurashi?

No había podido controlar el sobresalto al oír su voz tan cerca. Él se había aproximado a ella, ahora estaba tan solo a unos pasos. Se preguntaba cómo había podido llegar tan rápido. 

Ahora que lo tenía tan cerca, pudo observar con más detalle sus vestimentas; los pantalones eran de pinza, negros. La camisa le quedaba ligeramente ajustada al cuerpo; un cuerpo atlético. El hombre podría pasar perfectamente por un levantador de pesas, aunque no era todo músculo. Por la anchura de su pecho, podría jurar que era más fibra que volumen.

En la mano derecha llevaba un guante que dejaba los dedos fuera, solo tapaba el dorso y la palma de la mano, y el tejido estaba sujeto con un anillo de oro y un rosario de perlas que rodeaba el guante como si se tratase de un sello. Eso la alertó lo suficiente como para no permanecer allí demasiado tiempo. Con la otra mano se apoyaba en un bastón que si no fuera por sus conocimientos de historia antigua, se habría creído que era eso, un simple y viejo bastón. Pero la forma en que estaba limado, la terminación de arriba, y su longitud; algo mayor de lo normal, la habría engañado y habría dado el pego. Aquello no era un bastón, sino un báculo de monje exorcista del siglo XV, y si pudiese examinar mejor el tallado y las lascas de la madera, podría decir a qué orden de exorcistas pudo pertenecer. Se preguntaba qué hacía un hombre joven, de cabellos castaños y recogidos en una cola -con la largura que estaba a la moda-, con un báculo como ese. Y qué clase de inepto sería que lo sacaba a la calle así como así. Pero no parecía un necio, y por las arrugas de expresión en su cara, podría pensar que tenía alrededor de treinta y seis ó treinta y siete  años. Tenía los ojos grandes y expresivos, y su mirada era inteligente. Pero la forma en que la miraban a ella, también le decía que le gustaba una mujer más que al tonto un lápiz. Y el libertino sabía su nombre.

-         ¿Quién es usted? – Preguntó esperando parecer más tranquila de lo que realmente estaba

-         Oh, es cierto, no me he presentado – Se llevó una mano a la espalda y con la otra hizo una reverencia, con inclinación incluida. – Mi nombre es Miroku, mi compañera… – Señaló a la mujer que estaba cerca de ellos, examinando una figura de porcelana, en el puesto vecino – ...y yo, hemos venido de Japón para hablar con usted – Hizo una señal a la mujer para que se acercase.

Kagome dio instintivamente un paso para atrás, Esto no le gustaba nada, o eran una pareja de locos que de alguna forma habían averiguado su nombre, o iban a ofrecerle una excavación en Japón. De pronto se vio preguntándose cómo iba a tomarse Inuyasha que tuviera que irse, y si él estaría dispuesto a seguirla. 

La mujer se acercó a la señal de Miroku, con pasos largos y pisando con una fuerza que realmente parecía que fuera a hundir el suelo, porque tenía la sensación de que el pavimento vibraba con cada zancada de ella. Su estatura la intimidaba, casi le sacaba una cabeza. Tenía el cabello tan negro como el azabache, y lo llevaba recogido en una cola de caballo. Sus ropas estaban ocultas por una gabardina granate, y llevaba unas botas negras y planas. Al dar el último paso que la dejaría junto a ellos, el viento, que sopló en ese momento, levantó uno de los costados de la gabardina el tiempo suficiente para que el brillo de la catana llamara su atención. Al igual que el labrado de la vaina. Pertenecía al siglo XVI. El mango de marfil, y los labrados dorados, y tenía grabado el sello de la organización más famosa por sus leyendas, y por la antigüedad de sus relatos. Sabía quién la había forjado, lo había leído en uno de los pergaminos que encontraron en la excavación de un templo de Japón: Luon Wong; un herrero chino. Los escritos decían que forjaba catanas para una organización secreta del siglo XVI, y que protegían una serie de templos. El único templo que sobrevivió a las guerras en aquella época fue el templo del Sacramento. También decía que las catanas eran consagradas por una poderosa sacerdotisa. Contaba que las armas eran utilizadas por esta organización para proteger al templo y a dicha sacerdotisa. Pero lo cierto es que nunca encontraron mucho sobre las catanas, y de la organización se dudaba que realmente hubiese existido. Inuyasha llegó a decirle lo mismo aquella vez en el congreso: en ningún descubrimiento se encontraron pruebas que dijesen que eran algo más que rumores de leyendas. Pero es que esos pergaminos que encontraron en aquella excavación describían con tanta exactitud la espada y la funda, que era imposible no distinguirla de cualquier otra. Esta espada pertenecía a la organización del sacramento, y esta mujer la llevaba debajo del abrigo.

-         ¿Qué quieren de mí? – Preguntó, sintiendo miedo por las dos personas que tenía delante, porque o eran fantasmas o su mundo se estaba volviendo de ficción y peligroso.

¿Podría ser que la organización del sacramento existiese de verdad? y más aún, ¿podrían estas dos personas ser miembros de la organización? 

 

 

 

21/10/2005

 

Las dos Artemisas

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Nos dedicamos a vivir el día, sin dependencia alguna, y cazar en la noche, fuera de las tradiciones, queriendo compartir nuestra felicidad con los demás.