CAPITULO XII
Locos… definitivamente había
topado con dos locos. Cuando empezaron a soltar palabras como “advertir”,
“peligro” y “demonios”… ¡demonios! ¿En qué mundo vivían esos dos? Señor…
deberían estar encerrados en un siquiátrico. Salió de allí pitando.
Y realmente pasó miedo cuando
la siguieron hasta una calle más apartada. Fue idiota, debía haber tomado un
taxi y no irse como una tonta a la parada del autobús. Pero los taxistas no
aparecen cuando uno los necesita. Sino cuando quieren.
El hombre, el tal Miroku, la
tomó por el brazo y la obligó a detenerse. Y ahí fue cuando creyó que estaba en
serio peligro, pero de ellos.
“Tiene
que escucharnos, señorita. Hay cosas que desconoce pero que existen de verdad.
No confíe en los que dicen que son amigos”
Paranoico, eso es lo que ese
tipo era, un paranoico peligroso. Y la mujer… Había conseguido desprenderse del
agarre del hombre, pero la mujer, Sango, era una especie de Sansón, la mantuvo
en el sitio presionando los dedos en el hombro, y por dios que dolía como si le
estuviese rompiendo los huesos. Tenía una fuerza exorbitada para tratarse de
una mujer.
“El
sarcófago… está más cerca de ti de lo que crees”
Alguien había robado el
sarcófago, y según la policía fue vendido a un coleccionista incluso antes del
robo. Por lo que esta mujer decía, estaba muy cerca, pero había algo extraño en
sus palabras, no en lo que había dicho, sino en cómo lo había dicho. Como si
fuera el sarcófago quien se moviera en torno a ella y no al contrario.
Respiró hondo, agarrando bien
las asas de las bolsas que llevaba en las manos. Se iba a volver tan paranoica
como esos dos, que no le resultaría extraño que fueran los que robaron el
sarcófago, porque indudablemente tenían algo que ver. ¿O si no por qué sabían
que ella estaba relacionada con él? Las manos aún le temblaban del susto, y el
corazón le retumbaba en el pecho con tanta fuerza que si no fuera por los
cascos que llevaba el chico de al lado, -que por el chunda
chunda que oía desde su posición sabía que escuchaba
música máquina- estaría él también oyendo sus latidos. Pulsó la luz de parada
cuando el autobús entró en la avenida de Inuyasha y se levantó del asiento. Una
de las bolsas se cayó de su regazo, y el chico, un joven con una camiseta de
tirantas en pleno invierno, y que miraba por la ventana todo el tiempo, se
agachó casi sin mirarla y cogió la bolsa por ella. Por el reflejo del cristal
pudo ver que se levantaba, pero con el volumen al que tenía la música era
imposible que hubiese oído la bolsa caer. Y esa camiseta… ¿Cómo era posible que
no se congelara? Lo que hacían algunos jóvenes por ir a una moda era para
perder el juicio. Se acercó a las puertas y esperó a que se abrieran para
bajar. Deseaba llegar al ático, a la seguridad de los brazos de Inuyasha y
olvidarse del episodio de esta mañana. En cuanto bajó del autobús miró a ambos
lados, esperando ver a esos locos disimulando en algún escaparate, nada. El
autobús se puso en marcha y sus ojos se cruzaron con los del chico de los
cascos. La miraba como si la hubiera reconocido. Un alumno tal vez. Y sus ojos
eran de un azul tan rosado que parecían violetas. No le sonrió, ni le hizo
ningún feo, solo la miró hasta que el bus partió y sus miradas fueron obligadas
a dejar de enfrentarse. Soltó las bolsas para coger las llaves y abrir, tuvo
que sujetarse la mano con la otra porque era imposible meter la llave en la
cerradura. Finalmente llamó al portero
-
¿Sí?
La voz de Inuyasha era como
un bálsamo de calma y paz para su cuerpo. Estaba en casa.
-
No consigo abrir
con esta llave, ¿Puedes abrirme?
Cuando consiguió entrar en el
bloque subió al ascensor. Un subida que se le hizo eterna hasta que por fin
llegó a la planta. La puerta estaba abierta, e Inuyasha la esperaba con una
mano apoyada en ella y un paño de cocina en la otra. La expresión de él, que
parecía entusiasmado por algo, desapareció en cuanto la vio.
-
¿Ha pasado algo?
Pareces que hayas visto un fantasma ¿Está todo bien?
-
Sí, sí… - Intentó
sonreír, cuando se percató de que llevaba un delantal puesto que decía: “no
distraer al cocinero” – ¿Estás preparando algo para comer?
-
Eso intento, pero
la receta está en francés, he puesto los ingredientes que creo que eran. Espero
no haberme equivocado demasiado.
-
No creas que voy
a notarlo, estoy que mato por algo que llevarme al estómago. – Entró en la casa
y se topó con las cajas que estaban en medio del salón. – Pudiste traer mis
cajas, gracias…
-
Me pediste que
las recogiera – Caminó detrás de ella, con cautela, estaba nerviosa, y por los
poros exhalaba miedo, y ansiedad. Se había prometido no invadir sus recuerdos,
pero tendría que saltarse la promesa por esta vez. Algo no iba bien y ella no
quería contárselo.
-
He traído un
rosado de casa, de mi anterior casa – rió nerviosa, girándose y sacando una
botella de vino de una de las bolsas. Él no sonreía, en cambio sus ojos estaban
enfocados en ella con una precisión extraña como si estuviese viendo más
adentro de ella.
-
Abrí uno para que
airease mientras se hacía la comida
-
Oh… - Guardó la botella de vino, sin saber qué decir.
-
Podemos empezar
ahora con el otro, y abrir ese para la comida, o dejarlo para esta noche. –
Locos… Sacramento… catanas… el sarcófago robado estaba cerca de ella…
La
habían advertido sobre él, al menos esa era la impresión que sus impulsos
cerebrales daban. No sabía que la organización existiese en esta época.
Malditos… Habían sido su pesadilla antes y parecía ser que todavía lo eran.
Tenía que librarse de los dos que la habían abordado. Lástima que no pudiera
ver sus caras a través de ella, daría con ellos más rápido. Solo podía conocer
los rasgos como si se los hubiera descrito.
-
Vamos. - Cogió
las bolsas que llevaba ella, le posó la mano libre en la espalda -debajo de la
cintura- y la llevó a la cocina - Ayúdame en la cocina, si no quieres comer lo
que está pareciendo comida para perros
-
No seas tan malo
contigo mismo, seguro que no es para tanto. – Relajó los hombros y se abrazó a
su cintura. Dejándose llevar por él.
El suelo de la sala, que antes
era blanco y negro, ahora estaba veteado entre negro y gris. El humo que
formaba las paredes estaba más denso que nunca… Eso no era bueno. El jefe
estaba cabreado.
-
Algo me dice que
no lo hemos hecho del agrado del Don. – La risa de Sango sonó como un insulto.
-
Empieza a tomarte
las cosas en serio, Miroku. Claro que no lo hemos hecho bien. La acosaste, casi
te echaste encima de ella con carteles de “peligro demonios sueltos”. Se
suponía que tenías que advertirla, no cagarla de miedo.
-
Tú tampoco lo
hiciste muy bien, “El sarcófago…”
-
Basta… -
Sesshomaru salió de entre las tinieblas que bordeaban la sala, con las cejas
fruncidas y los labios apretados. Ellos dos callaron y miraron hacia el ala de
donde salía la voz – Las represalias no sirven cuando el error ya se ha
cometido.
-
Podemos volver a
intentarlo, señor. Conseguiremos hacer que
confíe en nosotros. No será difícil.
-
No, dejad las
cosas como están. No más entrometimientos. Sango…
La muchacha se inclinó para
saludar, bajando la cabeza hasta solo ver el suelo, y unos pies, cubiertos por
un par de tais negros, acercándose a ella, sintió la mano en su mentón,
alzándola para levantarla suavemente, y tropezó con los ojos dorados de
Sesshomaru. Su expresión calmado, pero eso no quería
decir que él lo hubiera hecho, el haori que llevaba ondeaba por la energía que
emanaba de su cuerpo.
-
Maestro… La
sacerdotisa… - No supo continuar, habían fracasado, y ella sabía que era su
culpa, quiso retenerla a toda costa, y dijo lo primero que le vino a la cabeza.
Pero el problema real no estuvo ahí, sino cuando por descuido de ella vio su
catana. Desde entonces, la sacerdotisa no había querido escuchar lo que
realmente querían decirle.
Sesshomaru torció los labios,
premiándola con una cálida y sosegada sonrisa que rara vez mostraba. Se acercó
a ella como si fuera a besarle la mejilla, pero lo que ocurrió fue que una
brisa creada de la nada, le llevó a los oídos el movimiento de sus labios. No
había sonido. Pero su menté escuchaba perfectamente la voz del maestro.
-
En eso te equivocas.
Tu arma puede ser la que salve la misión. Descansad los dos ahora. El
entrenamiento empezará muy pronto.
Lo vio volverse y caminar,
perdiéndose otra vez entre la niebla. ¿Qué habría tras esas paredes de humo?,
ni ella ni Miroku lo sabían. El único conocimiento que tenían era que
cualquiera no era capaz de sobrevivir ahí dentro, solo los espiritualmente
poderosos podían permanecer allí dentro durante un tiempo. Sesshomaru lo hacía
casi todo el día, y Urasue también.
Ambos salieron de la sala y
se encaminaron a las habitaciones.
-
¿Qué ha dicho?
¿Está enfadado con nosotros? – Sango lo miró en silencio, observó su rostro por
unos segundos, luego pasó por delante de él, siguiendo de largo - ¡Eh espera! –
Apresuró los pasos hasta alcanzarla – ¿No vas a decirme qué te ha dicho? – Ella
volvió el rostro hacia él, con una mirada acusadora que lo desarmó
-
¿Por qué no le
preguntas a él? ¿Es que te da miedo el maestro? Hazme un favor, déjame en paz
hasta que vuelvan a convocarnos.
Miroku dejó de caminar, pero
ella no detuvo el paso
-
¿Qué tengo que
hacer, Sango? Por mucho que me esfuerce para ti no soy más que un estorbo. ¡¿Por qué no pides al jefe que te cambien de compañero? Tal
vez así seas más feliz! – Ella no aminoró el paso, y
tampoco miró – Amargada… - Susurró. Respiró hondo y dio media vuelta, le
vendría bien mezclarse entre la gente y tomarse una cerveza.
Sango se encerró en su
habitación, se tumbó en la cama y suspiró. ¿Ese idiota no se había dado cuenta
todavía? Si no había pedido un cambio era porque no quería a otro. Lo que
ocurría era que no era tan extrovertida como él, ni tan bonita ni femenina como
las otras chicas de la organización. Era demasiado grande, tan alta como él,
con las espaldas abiertas por su complexión, y podría ganarle un pulso con un párpado.
¿Qué podía tener de sexy y atractivo ella para un hombre que podía tener a
cualquier chica con solo un chasqueo de los dedos?
Alguien llamó a la puerta. Se
sentó en la cama y se metió un mechón de pelo tras la oreja.
-
Adelante
Miroku abrió y se apoyó en el
marco, cruzó los brazos y sonrió, mirándola avergonzado.
-
No decía en serio
lo de amargada.
-
No pasa nada.
-
Ya… ¿Te hace una
partida de damas? – Miró a la guerrera con su sonrisa de medio lado. La
apreciaba, en realidad pensaba que estaba enamorado de ella, pero Sango era
como una estatua; hermosa, fría e implacable. En su vida no cabía el amor, aún
así él tenía la esperanza que alguna vez su sangre se volviera caliente, y el
fuego la hiciera arder de pasión. Y que él fuera quien provocara ese fuego en ella.
Sango era única,
tenía una fuerza sobrenatural, y podía cambiar su cuerpo al de una criatura que
solo la mitología había hablado de ella. La primera vez que vio aquella
transformación hizo que desde entonces estuviese fascinado con ella. Si supiera
lo especial que era, dejaría de lamentarse por defectos que no existían. Al
menos él no veía que existieran. Solo virtudes. Los dos estaban hechos el uno
para el otro, pero Sango aún no había entendido eso. Ella era tan especial como
él… Se miró la mano que tenía sellada, constantemente sentía el hormigueo del
viento de la kazana, mermado por el conjuro del rosario. La cerró en un puño y
la bajó.
-
¿Te ha vuelto a
doler?
-
¿Qué? –
Interrumpió sus pensamientos
-
La kazana…
-
No… ¿Jugamos esa
partida? – Ella se encogió de hombros, se levantó y abrió el primer cajón de la
cómoda, de ahí sacó el tablero y las fichas. Soltándolo en la mesa, empezó a
colocar las fichas. Miroku se sentó frente a ella. – Bien, esta vez dejo que
escojas color.
-
Qué generoso –
Murmuró ella, moviendo la primera ficha. – En realidad me gusta que seas mi
compañero, no me tratas como un bicho raro.
-
Bueno, pienso que
sería absurdo que otro bicho raro te tratara como un bicho raro. A mí me gustan
las hijas de Sansón
Lo vio mover su ficha, y
esperar a que ella hiciera el siguiente movimiento, pero no lo hizo.
-
Te toca… - No la
miró, se concentró en el tablero, siendo consciente de que la mirada de ella se
había enternecido en ese momento. Y que sus pensamientos eran un poco más esperanzadores
que segundos antes.
Sango movió por fin otra
ficha y él se rascó la barbilla, pensando en los posibles movimientos que
harían los dos a partir de ahora. No los del tablero de damas, sino los del
tablero de la vida.
Inuyasha dejó libre para ella
un lado del armario. Se sentó junto a la maleta que había abierta de par en par
sobre la cama, y empezó a ojear lo que había dentro mientras ella iba colocando
sus vestidos en las perchas vacías. Qué aburrimiento. No había nada de
entretenido en observar cómo una mujer deshacía el equipaje. Ella colgó la
percha que tenía en la mano y se giró de repente.
-
¿Te apetece un té?
– La estaba poniendo nerviosa. No hacía
más que estar ahí y ver lo que hacía ella, y mirando sus cosas de una manera
que pareciese que le fueran a saltar encima en cualquier momento… como si no
tuviera nada más en lo que entretenerse. O salía ella de la habitación o lo
terminaría echando a él.
Inuyasha la miró obtuso,
medio adormilado. Se encogió de hombros y asintió.
-
Bueno – La vio
salir de la habitación, y cuando sintió sus pasos en la cocina, rebuscó entre
las ropas. No sabía qué estaba buscando, algo que pudiera tener que ver con
Yamiko, el sarcófago o el Sacramento. Lo que fuera podría haberlo llevado en esta
maleta.
Pero lo que no esperó
encontrarse fue una caja plana, con algo dentro. Parecía un medicamento pero no
sonaba como si guardase una tableta de pastilla. Era algo más ligero. En el
frontal de la caja decía que era un anticonceptivo vaginal. La abrió llevado
por la curiosidad y sacó el prospecto, dentro quedó todavía un sobre
metalizado.
Se preguntó cómo de cómodo
podía ser tener ese anillo ahí dentro todo el tiempo. No entendía lo que eran
capaz de hacer las mujeres por no quedarse embarazadas. Sacó el sobre y lo abrió,
y un gemido de entendimiento salió de su garganta cuando flexionó el aro con
los dedos, era suave, tanto que parecía tener algún tipo de lubricación, aunque
no notaba que se le impregnaran los dedos. Lo examinó más exhaustivamente, como
si así fuese capaz de ver las hormonas que decía contener corretear por el
anillo libremente. ¿Y esto era efectivo? Se suponía que ella lo estaba llevando
en este momento. Lo llevaba anoche, y él no notó nada. Curioso… Pero como
anticonceptivo no había resultado muy fiable, podía sentir la energía que
desprendía el pequeño feto si ponía la mano sobre vientre. Señal de que estaba
formándose. Así que esta cosa no daba resultado con los demonios. Invulnerables…
Pero qué cosa más graciosa… Podía
retorcerla, aplastarla de un lado, de otro, reliarla como una bola, y cuando la
soltaba salía disparada y caía de sus manos. Y era blandita… clavó una uña
humana en el material, intentado hacer una grieta, La uña se hundía pero tenía
que hacer fuerza si quería romperla. Sotaba un olor a
algo, pero no sabría ponerle nombre. Una pregunta se le formó en la cabeza ¿a
qué sabrá esto? Lo olisqueó de cerca y torció la boca en una interrogación; tenía
que concederle que mal no olía. Abrió la boca y se lo llevó a los dientes.
-
¡Eh, eso es mío! ¿Pero
qué estas haciendo? – Kagome soltó las tazas en la mesita de noche y le
arrebató el anillo de las manos, Pero tal
como se lo quitó un brillo travieso chispeó en los ojos de Inuyasha, que del castaño
estaban pasando al almendrado, empezaba a comprender que sus cambios de humor se
reflejaban en el color de sus ojos, algo que la fascinaba, pero no era momento
de embelesarse, No se jugaba con los anticonceptivos de una mujer - ¿Te parece gracioso?
No te lo parecería si no lo hubiese usado las veces que hemos hecho el amor. Te
lo aseguro – Lo agitaba en la mano, para darle más énfasis a sus represalias,
pero no la estaba escuchando. Sus ojos se movían atentos al anillo como lo podía
estar un perro a que le lanzaran el palo. – Inuyasha, no estás escuchándome
-
Trae eso –
Inuyasha se lo quitó de las manos a una velocidad que ella no fue capaz de
reaccionar. Saltó al otro extremo de la cama y lo agitó delante de ella.
-
¡Devuélveme eso
ahora mismo, Inuyasha! ¡Por dios, seguro que parezco tu madre! ¡Deja de jugar
con mis cosas, devuélvemelo o verás lo que es bueno! ¡Dámelo si no quieres que
me enfade de verdad contigo!
Él negó con la cabeza
-
Tendrías doble
tarea enfadarte y desenfadarte
-
¡Oh…! - No lo podía creer, ¿de veras le había dicho eso? Se
subió a la cama y fue a quitarle el anillo de las manos – Ahora te vas a
enterar
Inuyasha se metió el anillo,
reliado, en la boca. Ella se le echó encima y le gritó que lo escupiera, pero
en cuanto lo soltó sobre la lengua, el aro se abrió y casi se lo tragó. Empezó
a toser hasta que consiguió escupirlo, y el anillo salió disparado, rebotando
en la cara de Kagome y rodando varios metros por el suelo, hasta chocar con una
pared y pararse.
Ambos habían mirado
expectantes la ruta aventurera del anticonceptivo. Él tumbado en la cama, con
ella encima y una mano sobre su espalda, la otra la tenía reposada en el colchón,
en el pecho sentía el peso que ella había dejado caer sobre las dos suyas.
-
Mierda… Ahora
tendré que lavarlo.
-
¿Esa cosa sigue
funcionando si la lavas? – La miró con curiosidad, ella sintió gimiendo,
mirando y lamentando la porquería que habría pillado el anillo al rodar por la
habitación. Dudaba que pudiera utilizarlo
Se levantó y lo recogió del
suelo, llevándoselo al cuarto de baño. Inuyasha la siguió, más divertido que
sintiéndose culpable.
-
Está lleno de
pelusas… - Dijo ella, acercándoselo a los ojos para verlo mejor y dándole,
posteriormente, otro enjuague bajo el grifo
-
¿No te irás a
poner eso así, verdad?
-
No… lo guardaré
en la caja
-
¿Para qué?
-
Bueno… puede que
dentro de unos días pueda limpiarlo mejor
Inuyasha se lo quitó de las
manos y lo tiró a la taza del bater, luego tiró de la cisterna.
-
Pero… ¿Qué haces?
-
No te vas a poner
eso, Kagome, está asqueroso.
-
¿Sabes lo que
vale?
-
Me da igual, no
vas a usar ese, te compras otro si quieres, pero no hay prisas, antes tienes
que terminar el que tienes puesto ¿no?
-
Te juro que tengo
unas ganas locas de pegarte, Inuyasha. Si no fuera por tu travesura ese aro
estaría ahora esterilizado y precintado dentro de su caja.
Inuyasha la cogió por la cintura
y la sentó en el lavabo.
-
Yo preferiría que
me hicieras el amor
Enerró la cabeza en su cuello y se hizo sitio entre sus
piernas. Ella ladeó el cuello, llevada por el empuje de su boca, que
mordisqueaba suavemente la piel, erizándole la piel con el hormigueo de placer.
-
¿Todos los
hombres pensáis en sexo y solo sexo? – Susurró dándole poco énfasis a su
pregunta
-
No, solo los que
estamos en celo
-
Son las mujeres
las que están en celo, no los hombres
-
Mmh… Entonces debes ser tú la que está en celo, por eso
me tienes loco de deseo.
-
Pues vas a tener
que seguir loco un poco más, estoy muerta de hambre.
Inuayasha se apartó de ella, mirándola con sus ojos de miel.
-
¿Hambre? ¿Cómo
puedes tener hambre? Si solo son las siete.
-
¿Y? Tengo hambre
y sueño, y sí, son las siete, pero es invierno y ya es de noche. ¿Qué hay de
malo en cenar a esta hora? – Saltó del lavabo, obligándolo a retroceder para
dejarle espacio – Ven, vamos a ir preparando la cena. Hoy toca comida
tradicional.
-
¿Pasta?
-
No, tonto. Nuestra
comida tradicional.
Ella le tendió la mano y él
se la tomó, de todas formas con lo que iban a tardar en hacerla, cenarían cerca
de las nueve.
A las ocho y media tenían la
mesa baja del salón preparada, había una botella de vino abierto en la mesa,
dos copas servidas, una vela roja, de feng chuy encendida -aunque la luz estaba prendida-, ni siquiera
sabían cuál era su función, pero a ella le pareció adecuado encenderla. La encontraron
en el piso, e Inuyasha –para salir del apuro- dijo que debía ser del anterior
inquilino. También había una fuente de nigirisushi
con pequeños filetitos de salmón, atún y lenguado. Otra bandeja de shushi maki variado y tempura. Un plato de rollitos de carne y dos cuencos de
salsa; uno entre dulce y picante para la carne y el tempura,
y otro de soja y wasabi para el resto.
Kagome se salió del cuarto de
baño con el albornoz que había traído de su casa, él se había duchado antes que
ella, y la esperaba sentado a la mesa. Encendió la tele cuando ella se arrodilló
a su lado y ambos empezaron a servirse
-
A estas alturas
ya estoy famélica, ¿y tú querías que esperásemos un poco más?
-
Tienes razón, hey, formamos un buen equipo en la cocina. – Cogió un bocado
de sushi maki y se lo introdujo
a Kagome en la boca después de mojarlo en la salsa. Ella cerró los ojos y gimió
de placer, degustando la comida con deleite. – Y si sigues dándome de comer
vamos a ser el equipo número uno.
-
¿Cómo puedes
estar tan hambrienta?, no hace mucho que terminamos de comer – Tal vez si le
preguntaba quizás ella empezase a darse cuenta de que estaba sufriendo cambios.
-
No lo sé, pero lo
que más se me apetece son bocadillos y cosas consistentes.
-
Ah, bueno,
entonces puedes irte a la cocina y prepararte uno, ya me como yo esto.
-
Y un cuerno, esto
es mi tesoro, y no te atrevas a comértelo todo. – Acto seguido bañó en salsa un
nigirisushi y lo metió entero en la boca, que casi no
pudo cerrarla para masticar.
-
Señor… he pedido
que se venga a vivir conmigo a una lima sorda…
-
No do havez guen…
-
Encima ni sabe
hablar.
Ella tragó con dificultad la
bola de arroz y pescado y sonrió antes de meterse otra pieza en la boca.
Cuando terminaron de cenar
tomaron tranquilamente lo que les quedaba del vino mientras veían la televisión,
aunque la copa de Kagome quedó a medias; ella dormitaba sobre el pecho de él. De
vez en cuando se le resbalaba la cabeza hacia abajo, entonces despabilaba,
miraba a todas partes y volvía a quedarse traspuesta.
Su pelo olía cerezas por el
champú que trajo con ella este mediodía, y brillaba con unos destellos que hacían
que el azabache se viese plateado.
-
Me hace muy feliz
que estés aquí conmigo… No sabes lo que me das con esto. Por primera vez siento
que merece la pena vivir para cuidar las cosas buenas de este mundo. Y tú eres
una de ellas
Ella no podía oírle, estaba
tan dormida que era imposible que asimilara sus palabras. Apenas eran las nueve
y media, pero ella había llegado ya al séptimo sueño. Apagó la tele y se levantó
con ella en brazos, encaminándose al cuarto para quitarle el albornoz, como el
cuidado con el que trataría a un niño pequeño para no despertarlo, y le puso un
pijama. Luego la arropó, le dio un beso de buenas noches y la arropó. Después
se quitó su albornoz y se acostó junto a ella, aunque no tenía nada de sueño.
Pero verla dormir podía llegar a ser suficiente en este momento. Rodeó su
cuerpo con un brazo y pegó el pecho a su espalda, y allí se quedó, respirando
su perfume a cerezas. Recibiendo su calor y la calma que daba a su espíritu,
hasta que despuntó el alba. Entonces cerró los ojos y se dejó llevar por el
sueño.
NN/AA: Jejejejjj
no pudimos resistirnos con la escenita del anticonceptivo. Algo tonto y entretenido :P
Famélica dice la muchacha…
famélica yo, después de repasar la cena de estos. Me muero por cenar en un
japonés L (Artemisas2)
Esperamos que el final haya
quedado parsimonioso pero le haya dado su puntito para cerrar la noche. Un día
en casa de la pareja… jejejjj
Hasta el próximo capítulo, y
esperamos que sea tan prontito como este.
Pd: Gracias por los rewiews ;)
27/10/2005
Las dos Artemisas
Nos dedicamos a vivir el día, sin dependencia alguna,
y cazar en la noche, fuera de las tradiciones, queriendo compartir nuestra
felicidad con los demás.