CAPITULO XIII

 

 

Había ido a recogerla sin avisarla. Llevaban tres días viviendo juntos y eso, en lugar de acabar con la inquietud que sentía cuando ella no estaba con él, lo volvía también impaciente. Cada vez que se iba aproximando su hora de que llegara a casa el reloj se volvía más lento, marcando los minutos como si fueran horas; tenía la impresión que cualquier día llegaría al tope de menos cuarto, y a partir de ahí las agujas irían hacia atrás.

Por fin habían dado las dos y media, y ella apareció en los jardines del campus. Desde donde había aparcado podía verla salir de la facultad de historia. Abrió la puerta del coche para bajarse cuando ella cruzó el cesped y estuvo a la altura de la cancela principal, pero alguien abrió también otra puerta, de otro coche que había aparcado en la cera de enfrente. Y gruñó por no maldecir cuando vio quién salía del vehículo. ¿Qué hacía él aquí, por qué no dejaba en paz a Kagome? Cerró la puerta y esperó, para observar; saber si Kagome estaba al tanto de esta visita o si era inesperada. Y esta vez la preocupación no era por los celos, si no porque no se fiaba de la insistencia de este tipo ni de la constancia de ella por saber la verdad de la muerte de su amiga. Había terminado por creer que Kagome se había olvidado de las sospechas que le infundían la forma en que había muerto Yamiko. No, al parecer no se le había olvidado, o de lo contrario no estaría Tonino intentando cruzar la avenida hacia ella en ese momento.

 

 

Tonino miró de un lado a otro de la avenida y cruzó la carretera a la carrera en cuanto vio que los coches dejaban el espacio para hacerlo. Kagome salía por la verja en ese momento, y tenía que alcanzarla antes de que el autobús se detuviese en la parada. No le iba a dar tiempo. El autobús se detenía en ese momento para recoger a los que estaban esperándolos y ella había empezado a correr.

-         ¡Kagome! - Ella se giró al escuchar su nombre. Se detuvo en la cera en cuanto terminó de cruzar y respiró hondo para tomar aire. Le levantó la mano en un saludo y sonrió. Ella se le estaba acercando, con el ceño fruncido. 

-         Tonino… - No entendía qué hacía aquí, porque algo le decía que no era por Yamiko. Qué inoportuno. Estaba deseando de llegar a casa, comer y darse un baño. Y luego tumbarse en el sofá con Inuyasha.

Esta mañana lo dejó con el portátil. Dijo que estaba trabajando sobre un proyecto de historia en Grecia, y ella se preguntó si no tendría que ir a la excavación durante un tiempo, unos meses quizás, las excavaciones llevaban su tiempo. Por si acaso se iba quería aprovechar el tiempo máximo con él. Porque lo que seguiría sería pasar una temporada larga sola, echándolo de menos. No le apetecía en absoluto perder tiempo con Tonino cuando aún tenía a Inuyasha esperándola en casa.

-         ¿Qué haces aquí? – Sonrió para disimular la decepción de tener que aguantarlo, pero su sonrisa debió parecerle poco convincente, porque él titubeó un poco antes de hablar. Y eso ya era mucho tratándose de Tonino; un tipo que se creía increíblemente guapo e irresistible.

-         Hola… Vine a verte. Pensé que me llamarías esta semana, pero no lo has hecho

-         ¿Por qué iba a llamarte? – No pudo evitar preguntarle de forma tan despectiva. Intentó hacer como si el significado de la forma en que le preguntó no significara lo que tan obviamente era.

Él arqueó las cejas, sorprendido.

-         ¿Cómo que por qué? Tengo información... sobre Yamiko. Te dejé un mensaje en el contestador, pero no me contestaste. ¿Tienes tiempo para que hablemos?

-         ¿La asesinaron, o de verdad fue un suicidio? - Esperó que él le respondiera, buscó en sus ojos la respuesta, pero él desvió la mirada a algún punto lejano, detrás de ella.

-         No es conveniente que hablemos aquí, mejor vallamos a algún sitio. ¿Te apetece tomar algo?

Se comportaba como si lo pudiesen estar siguiendo. ¿Es que el mundo estaba lleno de locos? Giró la cabeza, llevada por la curiosidad, pero no había nadie detrás de ella, a excepción de una mujer mayor con su perro y con una bolsa de una tienda de libros.

No quería comer con Tonino, quería irse a casa, con Inuyasha... aún así señaló la cera de enfrente, donde había un bar restaurante en el que solían entrar los estudiantes. Quizás si se quedaban por la zona pudiese apurar mejor el tiempo y regresar antes a casa.

Al fin iba a saber algo más sobre las causas que llevaron a Yamiko a su muerte. De pronto la emoción palideció su rostro y le cubrió de tensión los hombros y el estómago. Había dejado atrás todo interés por investigar por culpa de la mudanza; irse a vivir a casa de Inuyasha la había mantenido demasiado ocupada, pero ahora que Tonino había aparecido con información la preocupación y el deseo por saber la verdad y limpiar su nombre se habían activado otra vez.

-         Entremos allí, comeremos algo mientras me hablas.

Tonino le puso la mano en la espalda y cortó el aire con la otra, invitándola a que se moviera. Ella avanzó a paso rápido hasta el paso de cebra, librándose así de su toque; no le gustaba que la tocara, ni de ese modo ni de ningún otro. Tonino tenía algo que la mantenía alerta, pero no sabía qué. Por si acaso prefería mantenerse lejos de sus caricias, fueran del que fuera, y él pareció coger la indirecta, porque no volvió a tocarla.

En el restaurante se accedía a un comedor un poco más reservado bajando unas escaleras. Había no más de tres mesas, y en ese momento no había nadie. No le gustaba la idea de estar tan a solas con él, sentanda en un lugar tan reservado e íntimo, pero lo que tendría que decirle no sería para que lo oyeran otros.

Pidieron dos copas de vino y un primer plato, ella dio un sorbo a su copa y se metió en la boca un pico. 

 

Los vio cruzar la carretera, ese idiota había intentado llevarla al otro lado de la avenida como si fueran una pareja, pero a ella lo había esquivado. Una sonrisa, como si hubiese obtenido una pequeña victoria, se formó en su cara. No pudo oír lo que decían; el maldito tráfico de los coches no le dejó escucharlos, pero al parecer no debía ser del desagrado de Kagome, ya que ella lo había acompañado al restaurante de enfrente. Miró su móvil, soltando una maldición por no haberlo llamado para al menos decirle que no iba a casa. ¿Tan poco le importaba él que ni lo avisaba? Sacudió la cabeza para quitarse las quejas y las indignaciones de la cabeza, se estaba comportando como un humano.

¿Y no era eso lo que querías?

- Mierda... - Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldó, y cerró los ojos. Sería mejor regresar a casa y olvidar esto. Esperaría a que ella llegase, se comportaría como si nada, y si ella quería contarle que se había encontrado con el maldito “Tontolabas”, entonces le haría preguntas, a ver qué podía sacar de sus encuentros, porque este era el segundo que le conocía. 

Puso el coche en marcha y se incorporó al tráfico, pero no fue demasiado lejos, aparcó poco después de pasar la universidad, cambiando de opinión y esperando para ver cuánto tardaban en comer y a dónde se dirigirían luego. Al cuerno si parecía demasiado humano, al cuerno si los celos lo reconcomían por dentro. No iba a dejar a Kagome dispuesta para ese jilipollas y él comportándose como un feliz cornudo.

 

Tonino sacó un paquete de tabaco del bolsillo mientras esperaban a que les sirvieran la comida y fue a encender un cigarro, la mano de ella detuvo el avance del mechero.

-         Me molesta el tabaco - Dijo a secas.

Él la miró unos segundos y luego miró el cigarro que tenía en la mano. Se encogió de hombros y volvió a guardarlo.

-         Habla de una vez, Tonino – miró el reloj en su muñeca – Llevamos 10 minutos aquí y aun no has dicho una palabra sobre Yamiko – Le vio levantar la vista a ella y sonreír forzado.

-         Sigo sin gustarte - Ella se encogió de hombros, como si él no le importara en absoluto. De todas formas no había venido para ligar con ella. Había venido para apartarla de Inuyasha - La verdad es que no sé por donde empezar - Se apoyó en el respaldo de la silla, echando el brazo por encima y con la otra mano jugaba a darle vueltas al mechero, dando golpecitos en la mesa de vez en cuando - No tengo gran cosa sobre Yamiko

-         Será mejor que me vaya, Inu Yasha debe estar preguntándose dónde estoy – Hizo el amago de levantarse, pero él la puso la mano en el hombro, impidiéndole que se levantara. La miraba tan serio que por un momento se preguntó si lo que querría decirle no sería importante.

-         Espera un momento – ella volvió a descansar la espalda en el respaldo de la silla y suspiró. Parecía cansada, tenía la sombra de unas ojeras bajo los ojos, señal de que no dormía suficiente, y su aroma estaba cambiando sutilmente. Ese maldito demonio había echado a perder dos años de trabajo dejándola embarazada. Ahora todos estaban como locos cambiando la estrategia para atraer a Kagome. Le habían ordenado que la alejaran de Inuyasha como fuera, pero que no levantase sospechas. Lo que ocurría era que la mujer estaba tan vinculada a esa bestia que no era nada fácil separarla de él.

Ella suspiró otra vez, impacientándose

-         ¿De qué conoces a Inu Yasha?

Kagome no se detuvo en contestar. Respiró hondo y cogió el bolso, él la retuvo otra vez

-         Tengo mis motivos para preguntarte

-         No, no los tienes. Ya es suficiente Tonino, empiezo a cansarme de esto, creo que no debí pedirte ayuda con lo de Yamiko, te estás tomando unas confianzas que no me gustan. Esta es la tercera visita que me haces y no veo que te importe una mierda nada excepto echar un polvo conmigo. Olvídalo. No voy a decirte que sí nunca. Y no te va ni te viene de qué conozco a mi pareja ni de cuánto. Ya te lo dije una vez, no te metas en mi vida ni en lo que hago con ella. Déjame en paz, Tonino - Apartó la mano de él y se levantó de la mesa, apenas subió unos cuantos escalones cuando él la alcanzó y tiró de su brazo para que no siguiera avanzando.

-         ¡Espera!

No sabía de donde había sacado aquél genio, ni cómo había sido capaz de decirle todas esas cosas, normalmente era más tranquila, pero por alguna razón su personalidad estaba cambiando; lo mismo estaba de buen humor que sería capaz de arrancarle la garganta a alguien de un zarpazo. En este momento estaba deseando arrancársela a Tonino. Aún así se contuvo cerrando el puño, escondiendo unas uñas que no iban a cambiar a garras por mucho que lo desease, y se giró para escuchar lo último que iba a conceder que dijera.

-         ¡Realmente no sabes quién es él ni lo que quiere de ti, no te fíes, no es lo que ves! – Ella alzó la mano y la vio avanzar hasta su mejilla. No la retuvo, no le dio tiempo a tener ninguna reacción aunque sí a asimilar que estaba recibiendo un tortazo.

A Kagome se le abrieron las aletas de la nariz en una respiración profunda. Tenía la mandíbula apretada para contenerse de darle otra bofetada.

-         Esto es demasiado – Se dijo a sí misma molesta por tener que llegar al extremo de su tolerancia. No dijo nada más, terminó de subir las escaleras de una carrera. Quería marcharse de allí cuanto antes.

Llegó a la tranquilidad que le proporcionaba en ese momento el aire de la ciudad y el sonido del tráfico. Tomó ese aire que en ese instante le pareció mas puro que el que hubiera estado respirando en aquél sótano con Tonino, e intentó concentrarse en las palpitaciones de su enojo, que en un segundo pasaron de enfado a inquietud en cuanto oyó que unos pasos la habían seguido.

- ¡Alétaje de mí o gritaré que llamen a la policía! - Ni siquiera pensó qué diría, las palabras habían salido solas, conducidas por el instinto de defenderse.

Tonino apretó los dientes y siseo. Cabreado estiró la mano para atraerala, mirando por encima de su hombro. Ella no le dio tiempo a que la atrapara, corrió alejándose de él y se echó a la carretera, queriendo llegar cuanto antes a la parada de taxi que había al otro lado, y siendo casi arrollada por los coches; que le pitaban y gritaban cuando la esquivaban. Tonino no llegó a seguirla para no llamar más la atención. Frustrado por fracasar y cabreado con ella y consigo mismo por haber sido tan torpe. No debía haber tenido aquél gesto. Ahora su demonio sabría que él había intentado quitársela.

Esa bestia había esperado a Kagome casi el mismo tiempo que él había estado montado en su coche, esperando también que ella terminara sus clases.

Inuyasha no lo había visto al principio, parecía distraído; con la guardia baja. Eso era una ventaja, sí, pero no quitaba que era mucho más poderoso que él. Sus distracciones no le daban ninguna victoria, solo le dejaban ganar algún tiempo. Tendría que comunicárselo a sus superiores, tal vez esos despistes pudieran servirles mejor a ellos.

 

Inu Yasha lo había visto todo por el espejo retrovisor. Abrió la puerta para ir por ella cuando vio el coche que se le echaba encima, pero el conductor viró bruscamente para no atropellarla y siguió de largo, dejando un sonido estruendoso de neumáticos chirriando y un prolongado pitido que mantuvo pulsado unos cuantos metros. Se quedó allí de pie, sosteniéndose en la puerta porque creía haber perdido las fuerzas en las piernas cuando la vio muerta en su mente. Se había librado por los pelos. Los demás coches habían frenado y ella consiguió meterse en un taxi. Entonces volvió a sentarse en el suyo, se pasó la mano temblorosa por la frente y dio el contacto cuando ella lo pasó de largo, siguiéndola a una distancia prudente, y medio turbado aún por el susto.  

Llegó a la casa antes que ella y se fue directo al espejo del cuarto de baño, iba a ser imposible quitar esa cara de susto del rostro. Aun le palpitaba el corazón con las pulsaciones ajenas, parecía que fuera a salir disparado por la garganta, y mientras ella no se calmara él tampoco lo haría. Había sentido toda su tensión mientras esperaba a que saliera del maldito restaurante y ahora sentía su miedo. Tenía que desconectar… por muy imposible que fuera debía desconectar de ella…

Puso la mente en blanco, intentando desvincularse, y consiguió desligar los sentimientos suyos de los de ella. Pero por mucho que necesitaba calmarse, no le daría tiempo. Ella debía estar subiendo por el ascensor en estos momentos. Se quitó la ropa corriendo y se metió en la ducha, eso le daría un poco más margen para tranquilizarse lo suficiente, o al menos camuflar su cara de espanto con el calor del agua.

-         ¿Inuyasha?

Lo nombró en cuanto abrió la puerta, él no contestó, pero oyó el agua de la ducha correr. Se quitó el abrigo y soltó las llaves y el bolso antes de ir al cuarto de baño.

-         ¿Inuyasha? - Volvió a llamarlo, viendo su cuerpo desnudo con el agua deslizándose sobre él. Y el cabello echado hacia atrás, mojado… brillando y pegado a su espalda.

Inuyasha abrió los ojos y la miró, saliendo de debajo de la ducha y lamiéndose el agua que le caía en los labios.

-         ¿Has llegado? ¿Qué hora es? Aún no preparé nada para comer. - Ella le sonrió, soltando el aire como un suspiro de alivio que él no debía saber qué significaba, pero que lo interpretó como lo que era. Se sentía a salvo, en casa y junto a él. - Ven aquí... - Le susurró echando a un lado la mampara.

Ella se le acercó y alargó la cabeza para un beso. Y gritó de sorpresa cuando la cogió en brazos y la metió bajo el agua. Su blusa se volvió transparente al momento, y el sujetador le siguió, dejando a la vista los botones rosados de sus pezones.

No dijo nada, ni le regañó por empaparla. Vestida con ropa como estaba, se abrazó a él y buscó ávidamente su boca. Necesitaba su contacto, sentir que estaba con ella. Que la soledad se había acabado y ahora se podía refugiar en alguien sin ningún miedo. Él le daba una seguridad única; una protección que iba mas allá de la que podía dar un amigo o un padre, él era la única persona que podía hacerla sentir completa y protegida al mismo tiempo. Con Inuyasha allí nada podía sucederle, todo estaría bien siempre.

Inuyasha le sacó la blusa, arrancando algunos botones en el camino, y la tiró por encima de la mampara, hizo lo mismo con los pantalones, y las botas, ella le ayudó a sacárselos, peleando con la prenda por lo mojada que estaba; los vaqueros se habían adherido a sus piernas como una segunda piel. Consiguió desnudarla del todo y la contempló como si fuera la primera vez que la viera, admirando cada centímetro de su cuerpo. Tocando cada palmo de sus brazos, sus hombros, sus pechos, sus caderas... clavó los dedos en ellas y la atrajo a su cuerpo, obligándola a que le rodeara la cintura con las piernas y que se sujetara alrededor de su cuello con los brazos. La abrió tirando de los glúteos y ella jadeó cuando entró en su cuerpo y lo abrazó aún mas con los muslos. Sus ojos se concentraron en los del otro. Se miraron. Ella viendo la pasión en los de él. El viéndola como un milagro; había estado a punto de perderla, porque ella habría muerto si aquél coche no hubiese reaccionado a tiempo de apartarse. Porque él se había quedado bloqueado y reaccionado tarde, no habría llegado a tiempo de salvarla. Reculó y volvió a embestir contra ella viendo cómo sus párpados se cerraron y temblaron antes de abrirse otra vez. Podía sentir en él la mezcla de los sentimientos de ella; las ganas de llorar por la discusión con Tonino, la indignación y el enfado que él le provocó, y el susto del coche que casi se la llevó por delante. Todo ello mezclado con el alivio de estar en casa, de tenerlo allí, y la pasión con la que intentaba contrarrestar todo aquello. El miedo de ella era su miedo, la pena de ella era su pena, y la pasión de ella era su pasión. Acudió a sus labios, furioso, buscando desesperadamente atrapar la agonía de todo aquello y convertirlo en pura y físicamente deseo. Los labios de ella se hincharon por la friega, su lengua se enredó en una lucha con la de él y sus dientes arañaron y mordieron los de Inuyasha, con tanta fuerza que notó el sabor de la sangre. A él no le preocupaba la herida que le hiciera ella, solo duraría unos segundos.

Kagome terminó ruidosamente el beso, se agarró con una mano al borde de la mampara, y con la otra se apoyó en los azulejos, echó los hombros hacia atrás hasta sentir el frió de la pared y movió las caderas contra él, sintiéndolo, a su vez, moverse dentro de ella.

Inuyasha le sujetó las caderas con las manos, ayudándola a que las embestidas fueran mas fuertes, el agua los hacía entrechocar con un chapoteo cada vez que se encontraban. El cuerpo de ella se arqueó ondulante hacia él, acercándole el pecho a la boca, lo atrapó con los dientes y lamió con dureza el pezón, luego succionó sin parar, mientras sentía como entraba en ella una y otra vez, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en su miembro, hinchándolo, preparándolo. Hasta que todo su cuerpo se contrajo y ella gritó de placer, poniéndose rígida entre sus manos, apretando el agarre de sus piernas y arañando el azulejo con las uñas mientras soltaba un llanto agónico y ronco, uno que no había oído antes, y absorbía toda la esencia que él empezaba a liberar dentro de ella, que se sacudía con los espasmos de un orgasmo.

Cuando la calma regresó a ellos, la dejó de pie en la placa de ducha y cerró los grifos. La vistió con un albornoz y él se lió una toalla a las caderas. Le puso los brazos alrededor de su cuello y la cogió en peso, llevándola con él al sofá del salón. Allí la tumbó, le abrió el albornoz, se quitó la toalla y se hizo sitió entre las piernas. Y ella rió y empezó a mordisquearle el cuello.

-         ¿Kagome?

-         Si  las bienvenidas que vas a darme a partir de ahora son como estas voy a estar deseando llegar a casa todos los días. Aunque no tengas la comida preparada y me estés matando de hambre.

-         Podemos pedir al restaurante y que lo traigan a casa.

-         ¿Y hacer el amor otra vez mientras vienen?

-         A eso no pondré objeciones. Dime qué ha pasado, te noté nerviosa.

-         Y has decidido ponerte manos a la obra para distraerme.

-         Es mi técnica para relajar a las personas.

-         Y funciona muy bien, aunque espero que esas personas hayan sido siempre mujeres.

Él sonrió y atrapó un pezón con la boca, luego succionó y lo soltó con un ruido sonoro.

-         ¿Qué ha pasado para que llegaras a casa tan pálida? ¿Tiene que ver con el trabajo? - Podía ser que Tonino también la hubiera alertado del sarcófago, o de él. Aunque sus sospechas se inclinaban más porque hubiera intentado sobrepasarse con ella de otro modo.

-         Tonino vino a verme y se puso pesado

-         ¿Tonino? ¿Por qué? ¿Qué quería?– preguntó parsimoniosamente, aunque por dentro las entrañas se le removían de rabia

-         Le pedí que investigara sobre la muerte de Yamiko, y las dos veces que ha venido a verme a la universidad...

-         Un momento... ¿dos veces? – él solo conocía la visita a su piso y la de hoy, por lo que ella decía esas eran la primera y la tercera… ¿cuándo había sido la segunda? ¿Y por qué ella no le dijo nada?

-         Sí, la anterior fue este sábado, creí que tenía información para darme, pero creo que solo quería tener una cita, aunque pensé haberlo desalentado entonces - Ella hizo una pausa, mirándolo con cautela - Pero no te enfades. Te aseguro que hoy se ha dado por enterado que no quiero nada con él.

-         ¿Qué no me enfade? no estoy enfadado, ¿Por qué lo dices, es que debo preocuparme?

-         Si no estás enfadado, ¿entonces por qué estás gruñendo como un perro? por cierto, lo haces muy bien. Casi lo pareces.

Y podría serlo mucho más mordiendo, porque tenía ganas de morder algo y destrozarlo. Apagó el gruñido que ni siquiera había notado que hacía hasta que ella se lo dijo y se arrodillo entre sus piernas.

-         Tal vez deberías decirle que tienes novio. Hay tipos que no se dan por vencido si creen que pueden encontrar una oportunidad.

-         Ya lo sabe Inuyasha, incluso me quiso advertir contra ti

-         ¿Qué? - Todo su cuerpo se tensó en alerta.

-         Tranquilo, por mucho que quiera no va a conseguirlo, porque yo ya sé que solo eres un chico malo en apariencia, pero en el fondo eres un pedazo de pan

-         Puedo ir a verle y decirle que te deje en paz - Aunque no de la forma que ella creía. Lo intimidaría como nunca antes habrían intimidado a ese desgraciado.

-         No hace falta, te lo aseguro, no creo que vaya a intentarlo otra vez. Le amenacé que si no me dejaba en paz lo acusaría con la policía. – Le contestó en voz baja mientras lo atraía otra vez hacia abajo y arrimaba sus labios a los de él

-         Ya, ¿pero y si es un loco que no va a dejar de acosarte? – tomó el rostro para separarla de él y que lo tomara en serio - No me fío de ese tipo, no puedo quedarme tranquilo. ¿Qué te dijo?

-         Solo tonterías como que no te conozco, que no se quién eres, que no me fíe de ti...

-         No vas a volver a ir sola a la universidad, te llevaré y te recogeré todos los días - así también evitaría que Tonino pudiera seguir adelante con sus intenciones. Ahora comprendía qué buscaba de ella. Lo mismo que Yamiko. Otro… Tendría que hacer algo al respecto, porque no podía dejar al espíritu maligno libre y revoloteando alrededor de ella y su hijo - no me fío que vuelva a molestarte.

-         Vamos…, no creo que sea para tanto

-         Eso no lo sabes, y yo me quedo mas tranquilo si te acompaño – atrajo su rostro a él – Además no voy a permitir que me levanten la novia

Ella rió en voz alta

-         Estás loco… te pasas un poco, Inuyasha. Nadie va a "levantarte" la novia. Anda, llama al restaurante, creo que no voy a aguantar mucho más, hasta me parece que me estoy mareando.

Inuyasha miró el reloj del dvd; las cuatro y media de la tarde. Era lógico que se estuviera mareando. Si no había comido nada desde el desayuno, podían haber pasado perfectamente cinco horas y media; demasiado tiempo para una embarazada. Se puso de pie y dio dos zancadas hasta el teléfono, cogió el panfleto del restaurante y se lo tiró a ella, para que fuera pensando qué pedir. Cuando le atendieron la llamada en el restaurante empezó a pedir todo lo que ella le iba leyendo. Casi la mitad de lo que había en la lista. Sonrió pensando que era mucha comida, pero aún así no se dejó nada atrás.

 

 

 

 

31/10/2005

 

 

 

Las dos Artemisas

lasdosartemisas@yahoo.es

Nos dedicamos a vivir el día, sin dependencia alguna, y cazar en la noche, fuera de las tradiciones, queriendo compartir nuestra felicidad con los demás.