CAPITULO IX

 

 

Kagome se bajó una parada antes de la suya, pensó que le vendría bien caminar un poco antes de subir a casa.

Tenía que pensar en lo que había sucedido en casa de Inuyasha, no creía que fuera lo qué dijo, porque dudaba que un hombre joven como era él se creyera esas pamplinas del jurásico sobre eclipses que presagiaban cataclismos, etcétera, etcétera… pero lo que fuera lo mantuvo callado desde entonces. La situación se había vuelto de repente tan tensa que quedarse allí se le hizo agobiante. Por mucho que intentó romper aquella cortina densa de tensión que él mismo fue formando, las únicas palabras que consiguió de él fueron monosílabos, y muy escasos.

Lo sorprendente fue que cuando le dijo que tenía que irse él había despertado de su curiosa enajenación. Y a partir de ahí, se llevó el resto de la mañana discutiéndole; insistiéndole primeramente en que se quedara en su casa, cuando vio que no la convencería se empeñó en acompañarla, tanto que estuvo a punto de ceder. Pero extrañamente, él se quedó callado, como si lo pensase mejor, se sentó otra vez y volvió al periódico.

-         Está bien, como quieras, coge el autobús – le dijo, con tanta tranquilidad que dudó si la loca no era ella y había imaginado la discusión que tenían hacía tan solo unos segundos.

Cogió sus cosas rápidamente, sin saber qué decir, y se marchó de allí. Ya lo llamaría luego para saber qué mosca le había picado.

Lo que más le rayó fue algo que dijo cuando discutían; que cómo iba a protegerla si no estaba con ella. ¿Protegerla de qué? No entendía nada, nunca tuvo ningún percance, era como si los expeliera, ni siquiera sabía cómo sucedía, pero si se le acercaba un ratero; que iba directo a ella, cambiaba repentinamente de opinión y seguía de largo. Siempre le pasaba lo mismo, desde que tenía uso de razón y era consciente de que los repelía.

Sabía que era para considerarlo extraño, pero como era una ventaja, nunca se lo tomó muy en serio.

Confiada, tomó la siguiente calle; una estrecha y poco concurrida, pero era un atajo para llegar a casa. Miró en el bolso para tener localizada las llaves, ignoraba que la estuvieran siguiendo de cerca, como tampoco se percató en las pintas de la pareja de tenía a unos cinco metros delante de ella. Estaban echados contra la pared del callejón, y se dieron un codazo cuando la vieron y se sonrieron. Habían encontrado un buen manjar para matar el tiempo. Casi chocó con ellos cuando levantó la mirada.

Había un brillo extraño en sus ojos, algo malvado. Pero los dos fruncieron el ceño, como si hubiese ocurrido algo, se estremecieron y uno de ellos, el más joven tiró del otro para que le dejaran paso.

Suspiró aliviada cuando los pasó de largo, apresurando el paso. Había estado muy cerca, tal vez debió dejar que la acompañara Inuyasha.

Agarró bien el bolso por el asa y casi corría para salir de aquella maldita calle oscura. Sin atreverse a mirar atrás para no volver a llamar la atención de esos dos. Porque tenía la sensación de que la estaban siguiendo.

Cuando torció a su calle y volvió a ver gente normal, se atrevió a mirar, nadie la seguía… se detuvo y suspiró de alivio. Tomó aire y se relajó. Ya no había peligro, volvió a andar, obligándose a llevar el ritmo del resto de la gente para no dejarse llevar por el miedo; pero la sensación de que la observaban continuaba. Tenía las llaves aferradas, y apretaba el puño con tanta fuerza que se clavaba los dientes en la palma, pero no le importó. Buscó nerviosamente la que correspondía a la cerradura de su portal cuando solo estaba a unos metros del bloque e intentó abrir todo lo deprisa que pudo para refugiarse en la seguridad del edificio.

 

Inuyasha saltó al siguiente tejado para tener mejor vista de ella. Cuando se topo con aquellos tipos, estuvo a punto de ponerse en evidencia delante de ella para defenderla. Pero algo que no esperó sucedió, su energía, pequeña para ahuyentar a un demonio, era suficiente con los humanos. Purificada la maldad que había en ellos lo bastante para apartarlos de ella. Pero el susto no había podido evitarlo. Rió por lo bajo, como un ronroneo dentro del pecho, y miró divertido cómo su energía seguía siendo exhalada hacia todo el que estuviera a un metro de ella; incluso personas de las que no necesitaba protegerse. No debería alegrarse de su miedo, pero qué diablos, eso le daría una lección a ella.

Su atenció regresó un momento al callejón; los malditos niños se habían girado en cuanto ella torció la esquina, y corrieron para poder mirarla, sin salir de la calle donde estaban. Asomaron sus cabezas y se conformaron con mirarla. Uno de ellos hizo un gesto de lo más grosero para opinión de Inuyasha, y el otro lo fue aún más. Pero cuando vieron que ella tardaba más de lo lógico en abrir la cancela del bloque, discutieron entre ellos si seguirla hasta dentro. El más pequeño parecía que aún estaba afectado por la energía purificadora porque se negaba a acompañarlo.

Hijos de… no iba a permitir que le tocaran ni un pelo. No eran dignos ni de mirarla siquiera.

Sus nervios se crisparon. Tensó los brazos y las piernas, esperando ver qué hacían. Se veía saltando al vacío, y cayendo encima de esos niñatos.

El mayor empujó al otro, pero el segundo negó con la cabeza y dijo algo que provocó la risa de ambos. Luego regresaron a su posición a mitad de la calle y se olvidaron de Kagome. Quien ya había entrado en el bloque.

Tensó los dedos y los movió crujiendo las articulaciones, como hacía cuando comenzaba un ataque. Los muy necios acababan de salvar sus vidas y ni siquiera se habían dado cuenta.

Le sorprendía tanto como le fastidiaba, la manera en que le había surgido el instinto por protegerla, no era capaz de dejarla sola, y no pensó que ella podía ver sospechosa su actitud posesiva hasta que vio la expresión de ella una hora antes, cuando insistió tanto en traerla a su casa.

Todo esto lo había provocado el embarazo… Se había quedado bloqueado cuando supo que ella estaba embarazada, y en shock cuando descubrió que la amaba, ¿podría luchar contra eso? El tiempo lo hacía olvidar todo.

“¿También a la persona que amas?”

Le preguntó la voz de su conciencia. Y estaba seguro de que sí podría… En cuanto… en cuanto ella ya no estuviera, empezaría a olvidarla…

Saltó dos tejados más y se sentó en la cornisa del edificio que estaba situado enfrente del piso de Kagome, ignorando los gritos de protesta de su conciencia. Esperó a que ella terminara de abrir la puerta del bloque y subiera a su casa. Desde allí podría vigilar todos sus movimientos.

 

Kagome dejó las llaves en la mesita de la entrada y echó un vistazo a la casa. Estaba silenciosa, y todo estaba tal y como lo dejaron cuando salieron para el congreso.

-         ¿Yamiko? – No hubo respuesta. Dejó el bolso y el abrigo colgados en el perchero y se dirigió a su habitación.

Aún llevaba puesto el vestido de cóctel, y estaba deseando de colocarse su vieja sudadera y el pantalón de chándal. Eran ropas viejas, y cuanto más se volvían más cómoda se sentía con ellas; era como encontrarse a sí misma cuando las usaba.

 

La luz del contestador parpadeaba con una lucecita roja, lo activó y dejó que los mensajes inundaran el salón mientras se cambiaba. Pero la voz del decano la detuvo antes de que llegase a entrar en el dormitorio. 

-         Kagome, soy Fabio – Sonaba apesadumbrado. Se acercó al teléfono, quitándose el chal de los hombros. Era extraño que el decano la llamara un domingo, debía haber pasado algo en la celebración de anoche, después de que ella e Inuyasha se fueran; esperaba que no fuera otro robo – Debes venir a mi despacho. La policía ha estado preguntando por Yamiko, al parecer tuvo un accidente y… - Kagome sintió que las rodillas se le aflojaban, buscó a tientas el sillón y se sentó antes de que cayera al suelo – Kagome… ven cuanto antes.

Se echó las manos a la boca para contener el llanto. Yamiko… ni siquiera recordaba en qué estado la dejó cuando se fue con Inuyasha. Ni si quiera se había despedido de ella.

No sabía cómo de grave pudo ser el accidente, pero la voz del decano sonaba tan afectada que… Yamiko debía encontrarse malherida, quizás estaba hospitalizada, por eso no había regresado a casa. Tenía que haber sido más responsable, tenía que haberse quedado con ella, o en todo caso haberla traido primero a casa. ¿Y si había pedido que la acercaran en coche y el conductor resultó mas borracho de lo que Yamiko esperaba?

-         Señor… - No quería ni pensar que ella estuviese en el hospital, postrada en alguna cama por su culpa. Descolgó el teléfono y marcó el móvil del decano, necesitaba saber qué había sucedido.

 

Inuyasha se levantó en cuanto la vio sentarse en el sillón, parecía destrozada, se llevaba las manos a la cara y negaba una y otra vez. Antes de ocultarlo en las manos, alcanzó a ver que su rostro había empalidecido tomando un tono marmóreo.

Acto seguido ella llamó por teléfono a alguien.

Agudizó los oídos, intentando escuchar pero las ventanas estaban cerradas, y aunque estuvieran abiertas, desde aquella distancia, y con el ruido del tráfico no sería capaz de oír nada. Su instinto lo impulsaba para acudir a su lado, tanto que apenas podía contenerse.

Alguien atendió la llamada, porque ella se echó hacia delante y se puso la mano en el estómago; Un acto reflejo que surgía en alguien cuando estaba impaciente, desesperado por hablar con la persona. Él sintió un una punzada en el suyo. ¿Afectaría en algo lo que estaba sucediendo a la formación del niño?

-         ¿Fabio? – Kagome se había encogido automáticamente que sonó la voz del decano, sintiendo que se le revolvía el estómago con la tensión. Instintivamente se lo cubrió con la mano para calmarlo.

-         Kagome, te dejé un mensaje en el contestador, ¿dónde estabas?

-         Acabo de llegar, ¿Cómo está Yamiko, qué le ha ocurrido?

-         La policía vino y me estuvo haciendo preguntas, al parecer sospechan que hay robado la catana que se expuso anoche

-         ¿Qué? Eso es imposible ¿en qué comisaría está? Iré a por ella.

-         Kagome… no está en ninguna comisaría, había huellas de ella por toda la urna de la espada

-         Todos tocamos la urna

-         Sí, pero nadie la tocó por dentro, al parecer excepto ella

-         Tiene que haber una explicación, Yamiko nunca…

-         Kagome, hace unas horas encontraron su cuerpo en el río.

-         ¿Qué? - Sintió que la sangre se le bajaba a los pies

-         Al parecer robó la catana, no se sabe si la escondió o si ya la tenía vendida a algún coleccionista, parece ser que después de robarla ella… se suicidó, se tiró al río.

El teléfono se le cayó de las manos, que automáticamente bajaron a su regazo. Todo su cuerpo estaba insensible en estos momentos. No era verdad, no era real… nada era real… Yamiko era buena nadadora, ella no podía ahogarse. Todo era una mentira, no estaba muerta, y si lo estaba era porque la habían asesinado; luego tiraron su cuerpo al río.

De pronto parpadeó, golpeada por la realidad, Yamiko estaba muerta, la acusaban de robar la espada y habían encontrado su cuerpo en el río. Muerta…

El salón empezó a darle vueltas, sentía que las pocas fuerzas que aún tenía se estaban yendo, los colores desaparecían y la imagen se estaba reduciendo a un pequeño punto que apenas la dejaba ver; iba a desmayarse.

-         Kagome…

Oyó la voz que procedía del teléfono, tan lejaba que apenas podía asimilarla. Miró hacia sus pies, sin ver y tanteó buscando el auricular. Lo tomó sintiendo un golpe de nauseas y se lo puso al oído.

-         Sí… - Logró contestar. Las lágrimas resbalaron por las mejillas, supo que estaba llorando porque el frío que se condensaba en el rostro la estaba ayudando a recuperarse. La cortina gris empezaba a disiparse, pero las lágrimas e enturbiaba la visión. Parpadeó y tragó, incapaz de seguir hablando.

-         La policía pidió que te acercases a la comisaría por sus cosas, además, querían hacerte unas preguntas sobre ella. Sé que tiene que haber una explicación para esto. Yo también pienso que nuestra Yamiko es inocente, y creo que tú puedes limpiar su nombre, por eso quiero que vengas primero aquí, para que nos pongamos de acuerdo en lo que vas a decirles

Ella colgó el teléfono, no prestando demasiada atención a sus palabras, tal como él las pronunciaba ella las iba olvidando. Tenía la mente demasiado ocupada asimilando que su compañera había muerto.

Por mucho que se secaba con las manos, no era capaz de detener el flujo de lágrimas. Debía levantarse y ponerse en marcha. Cuanto antes fuera a la comisaría antes sabría qué había pasado realmente. Fue a levantarse y las piernas respondieron como si le faltaran los huesos, ni las sentía ni era capaz de moverlas. Cayó de bruces en el sillón, y sin verse capaz de intentarlo otra vez, empezó a llorar desconsoladamente. Dejando que la pena la arrasara.

Al otro lado de la avenida Inuyasha había observado cada reacción que ella tuvo, sacó el móvil de la mano y marcó el número inmediatamente. Todo su cuerpo temblaba de preocupación. Estaba al límite, ella estaba al límite por culpa de lo que se había dicho en ese maldito teléfono. Y él parecía morirse con la debilidad de ella.

Negó con la cabeza y rió mientras oía los timbres de la llamada. Menuda ironía esta; ella era su victima, pero eso no impedía que sufriese si la veía sufriendo. ¿En qué clase de demonio sensiblero se estaba convirtiendo?

Kagome atendió a la séptima llamada.

-         Eh, ya te echo de menos. ¿Has llegado bien?

-         I… ¿Inu Yasha…?

Escuchar la aflicción de su voz era peor aún. La punzada que sintió en el pecho casi lo dejó sin aire. Desearía poder estar ahí, en esa casa, y abrazarla. También desearía poder darse chocazos contra un muro, a ver si se le pasaba esta maldita tontura. Ella era la descendiente de Kikyo, la enemiga que odiaba a muerte. Pero curiosamente no podía odiarla porque ella iba a darle un hijo.

-         Sí. Te noto triste, Kagome ¿va todo bien? – Ella rompió a llorar otra vez.

Apartó el móvil del oído para llevárselo al pecho, sospechando el motivo que la tenía así, y carcomido por los remordimientos volvió llevárselo al oído.

Caminó unos pasos hasta quedar frente a la ventana del salón para poder verla. Estaba allí, sentada, sujetando el teléfono y pasándose la mano por la cara para barrer las lágrimas

-         Kagome… estás llorando… - Era obvio escuchándola por el teléfono, pero en ese momento no lo decía porque la oyera, sino por lo que estaba viendo.

Ella consiguió levantarse, se tambaleó hasta estabilizarse y empezó a moverse por el salón, abrazando su cuerpo con un brazo para quitarse el frío empezaba a sentir.

Su imagen quedó oculta en el tramo de pared que había entre las dos ventanas. Dejándolo inquieto hasta que consiguió verla otra vez. El llanto no cesaba, y pensó en bajar e ir a su lado, al diablo si ella se preguntaba como había podido tardar tan poco, siempre podía decirle que tenía supervelocidad. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios al recordar su pregunta de esta mañana

-         Kagome… Háblame… Tengo que saber qué te ocurre…

-         Yamiko… ha…

Los remordimientos que sintió antes solo eran un reflejo de la culpabilidad lo embargaba ahora, era un peso tan grande que casi lo hizo arrodillarse. Su amiga… No necesitaba que ella completase la frase, su única amiga había muerto, y él sentía cómo el remordimiento lo roía por dentro. ¿Pero qué otra cosa pudo haber hecho? Yamiko no se habría quedado de brazos cruzado, finalmente lo delataría, y por eso tuvo que hacer lo que hizo. No podía dejar eslabones sueltos para que perjudicasen su propósito.

“Soledad es lo que conseguirás con esto”, le adelantó la voz, que ya estaba volviéndose familiar para él.

De pronto se sintió vacío; su propósito también conllevaba la muerte de Kagome. ¿De verdad se sentiría tan solo cuando ella no existiera? Pero tendría al niño para compensarlo…

“Un amor perdido no lo compensará un hijo. La echarás de menos, la llorarás y terminarás odiándote a ti mismo. Tanto que te volverás loco. Casi es preferible morir ni te falta la persona que amas… ¿Podrás hacerlo, Inuyasha?”

Sabia conciencia, ¿podría? No estaba seguro.

Inuyasha dejó apartados aquellos pensamientos cuando se hizo el silencio al otro lado del teléfono. Esa calma era peor que el llanto.

-         ¿Kagome?

-         Tengo que ir a comisaría… debo recoger sus cosas…

Ella hablaba con una extraña lejanía; parecía totalmente ida, fuera de sí, la vio tropezar con el sofá y casi desplomarse. En ese momento saltó del tejado.

-         Escúchame, estoy yendo para allá, espérame, ¿de acuerdo? Voy a acompañarte. ¿Puedes esperar? – Ella no contestó – Kagome, ¿Me estás escuchando?, estoy llegando, no tardaré, quédate ahí

-         Está bien… creo que prefiero que vengas conmigo. No sé si podré soportarlo, Inuayasha. Esto es tan…

Su corazón dio un latido con un extraño dolor que solo podía significar una cosa. Se estaba ablandando, pero no podía evitarlo, se estaba arrepintiendo de todo, incluso de haberla conocido, porque ahora ella estaba sufriendo una agonía que no merecía.

-         Inuyasha…

-         ¿Qué?

-         Gracias… por estar conmigo… gracias.

Estaba en la puerta del bloque, totalmente tenso, no merecía aquello, era un miserable que no merecía lo que ella le daba.

-         No tienes que dármelas cariño. Es lo menos que puedo hacer por ti.

-         Yamiko también era tu amiga, y sé que…

-         Ábreme, estoy aquí abajo. – No pudo seguir soportando aquello. El cargo de conciencia era tan grande que iba a vomitar allí mismo. No la podía seguir escuchando. Sentía asco de sí mismo en aquél momento. Debería desaparecer de su vida y dejarla en paz.

Colgó en cuanto ella le abrió.

Kagome dejó el teléfono en el sofá y fue a la puerta.

Esperaba que él hubiese cogido el ascensor, pero podía oír sus pisadas rápidas subiendo las escaleras, como si estuviese corriendo, incluso más rápido que el ascensor. Cuando apareció en el descansillo de la entreplanta, él se detuvo a mirarla. Las lágrimas volvieron a inundar sus ojos, y su cuerpo se relajó cuando lo vio aparecer, como si ahora todo empezase a estar bien, tan solo su presencia conseguía calmarla. Extendió los brazos y el subió el tramo que faltaba.

Escondió la cabeza en su pecho y sintió la protección de sus brazos rodeándola; protegiéndola con una capa que casi conseguía aislar el dolor y la pena.

-         Oh, Inuyasha…

-         Tranquila, estoy aquí, tranquila, cariño. Ya estoy aquí. – Esa palabra… Era la segunda vez que la decía en menos de una hora, y con cada vez había sentido más calidez en su interior. Se dejó llevar por aquella sensación, dejando que cubriera su alma podrida de oscuridad, y besó cada lágrima que ella derramaba.

 

En sus brazos había un ángel, y él era afortunado, porque era el único demonio que podía tocarla, aunque se estaba quemando. No con fuego, pero sí de otra forma aún más penetrante que las quemaduras que podrían hacer unas llamas. Al subir, cuando había conseguido ver su rostro; totalmente lívido, las lágrimas que habían empezado a resbalar por sus mejillas, y su cuerpo completamente desvalido por el sufrimiento; creía que se le caería el mundo encima. Kagome era única, un don, una gracia para quien fuera amado por ella. Y él era el agraciado. Menuda broma para criatura tan extraordinaria; Kagome debería ser más cuidadosa con los hombres que amaba.

Ella le había abierto sus brazos buscando refugio, a él, a quien realmente debería evitar si quería seguir viviendo. A quien le había quitado la única protección que tenía; Yamiko. Estaba abrazando a la muerte, en busca de consuelo. Y él debería desaparecer de su vida si le quedaba un mínimo de corazón. Ella podía tener la sangre de su antepasado, pero no era Kikyo, ni siquiera tenía ni idea de quién fue esa mujer y quién su enemigo. Debería olvidar esta estúpida venganza y desaparecer.

Al menos tendría algo de él, algo para recordar. Un niño que con un poco de suerte viviría ignorando su poder, y él viviría lejos de ellos, cumpliendo como castigo no poder disfrutar de su familia. Familia. Una palabra que acababa de descubrir en toda su magnitud. ¿Podría alejarse de ella sabiendo que ahora tenía al alcance una segunda oportunidad, si quisiera?

“No pienses en eso ahora” Se dijo, apartando a Kagome unos centímetros de su cuerpo y sacando un pañuelo del bolsillo para secarle la cara. Ella miraba a un punto de su abrigo, parecía tan perdida…

-         Kagome…

-         Está muerta…

-         Vamos, cojamos tu abrigo, hace frío ahí fuera.

En la avenida cogieron un taxi. Ella no reparó en que él había venido sin coche, ni fue consciente de que llegase tan pronto, teniendo en cuenta que vino en transporte público o andando. No tenía la cabeza para pensar en cosas como esas. Solo se dejó llevar por él, abandonándose en un vacío completo donde pudiera apartarse del dolor que la realidad le infligía.

Inuyasha la observó de reojo, ella no estaba ahí, solo su cuerpo, estaba derrotada, rota; la energía espiritual que fluía siempre de ella era tan débil en esos momentos que si miraba en sus ojos podría entrar en su mente para saber qué estaba pensando, pero apostaba que ahora mismo estaba vacía. Incapaz de poder afrontar la muerte de su amiga, el único apoyo que tenía estando tan lejos de su familia.

Qué curioso que ahora pensase en que ella tenía una familia en Japón. En otras circunstancias no caería en eso. Ahora su familia eran ella y el niño. Podría ser…. ¿Por qué no? Cogió su mano y se la llevó a los labios. Ella lo miró en ese instante e intentó sonreír, con su cara pálida y las ojeras bajo sus ojos enrojecidos. La bajó al regazo y no se la soltó; ni para bajar del taxi, ni al entrar en la comisaría.

 

En la comisaría los tuvieron más de una hora retenidos en el despacho del comisario. Las respuestas de Kagome daban poca información. Era obvio que ella era totalmente ajena al robo de la espada, y no concebía que Yamiko estuviera metida en algo semejante. No solo la acusaban de este robo, también la acusaban de la desaparición del sarcófago y de la muerte del guarda.

El comisario había intentado hacerla sospechosa a ella también, pero sus sospechas habían ido desvaneciéndose a medida que el reloj corría. Cualquiera podía ver que ella no podía ser culpable. No había por donde acusarla, y todo esto se le quedaba grande.

Esta vez fue ella quien buscó su mano. Necesitaba sentir que no estaba sola. Y él la estaba ayudando a conseguirlo.

Sentía que no merecía a Inuyasha, él debía estar tan roto como ella. En cambio no lo expresaba, porque su atención estaba volcada totalmente en ella.

Él había perdido mucho más, no solo una amiga, sino una hermana, tal vez no de sangre, pero sí de afecto. Solo que su sufrimiento estaba bloqueado para poder consolarla a ella. Agradecía su apoyo, y la atención que volcaba en ella le hizo ver que quería la relación estable que él le propuso esa misma mañana. No se negaría si en este instante le volviera a proponer que viviera con él.

Un inspector entró con las pertenencias de Yamiko; un bolso, las ropas, y las joyas que llevaba esa noche, Kagome tomó la bolsa y observó que el hombre no dejó de mirar a Inuyasha hasta que salió de la oficina. Él también lo notó, estaba empezando a conocerlo, y aunque miraba la pared como si buscase musarañas, su atención estaba en la puerta por donde el inspector había salido.

 

En cuanto dejó de sentir los pasos del inspector, Inuyasha se levantó y posó las manos en los brazos de Kagome. No estaba seguro de qué era, pero debían irse de allí cuanto antes.

-         Ya tenemos las cosas de Yamiko, y has dicho todo lo que sabías, aquí ya no hacemos nada, por lo que creo que el comisario no tendrá inconveniente en que nos vayamos.

Kagome notó la contención de Inuyasha en la voz, estaba enfadado. En otras circunstancias le preguntaría por qué, ahora se sentía tan agotada que no pensó en ello. Confió en su instinto y le hizo caso.

Él se movía como si estuviera en alerta, y parecía haberse disparado con la entrada del inspector. No entendía nada, habían sido amables con ella, tampoco se había sentido acosada, dijo lo que sabía, no tenía nada que esconder.

El comisario se levantó también.

-         En estos momentos le están haciendo la autopsia al cuerpo, en cuanto sepamos qué dice el informe del forense podremos decirles si fue suicidio o asesinato

Kagome sintió que se le levantaba el estómago, las tripas se le revolvían con solo saber que iban a profanar el cuerpo de Yamiko, necesitaba tomar aire o vomitaría allí mismo.

-         Inu Yasha… - Tragó con fuerza conteniendo la fatiga mientras miraba fríamente al comisario – Sácame de aquí, ya he oído suficiente

 

 

El forense terminó de ponerse los guantes cuando el ayudante entró en la sala. Se acercó a la mesa donde estaba el cadáver y esperó a que el otro hombre se pusiera a su lado.

-         ¿Listo para la necropsia? – Levantó la mirada a su compañero viendo que era un completo desconocido  - ¿Dónde está Alfredo?

-         Estoy cubriendo sus vacaciones.

Vaya, un novato. Esperaba que no se desmayara cuando abriera el cuerpo, los nuevos solían caer inconscientes en cuanto les hacía sostener el primer órgano.

-         Vaya, no me dijo nada. Bueno, empecemos. El golpe de la cabeza puede decirnos que murió antes de ahogarse. No hay señales de forcejeo, por lo que podemos decir que se suicidó, qué lástima, una chica tan joven y tan bonita. Acércame el bisturí. Vamos a abrirla – Extendió la mano para recibir el objeto cortante. Colocó la hoja sobre la señal pintada en el tronco y comenzó a abrir – Veamos que hay por aquí, ¿Has presenciado alguna vez una autopsia real, chico? ¿O es esta tu primera vez? – Antes de que el ayudante pudiese contestar él se agachó llevado por la curiosidad. Del interior provenía el olor a cuero seco.

Dentro del cuerpo no había órganos, solo unos huesos amarillentos y podridos. Abrió los ojos asombrado

-         ¿Has visto? Es increíble. Ven a ver… Una vez diseccioné una momia que tenía unos seiscientos años y esto es lo más parecido a lo que vi. ¿Cómo puede ser que una chica que solo lleva cinco horas muerta, y bajo agua, pueda encontrarse en un estado como este? - Levantó la vista a su ayudante, que no dejaba de mirarlo, el chico no estaba asombrado en absoluto. Como si no fuese nada extraordinario. Al contrario, más bien parecía muy familiarizado con lo que estaba viendo. ¿Qué pasaba aquí?

Abrió los ojos aún más cuando la persona que estaba delante levantó una mano deformada contra él, mostrando la forma de unas garras.

No le dio tiempo de gritar cuando se precipitaron contra su pecho.

 

Inuyasha le quitó las llaves de la mano cuando llegaron a la casa. Abrió la puerta y se apartó para dejarla entrar. Qué fría y solitaria parecía ahora que sabía que Yamiko no pisaría aquél suelo nunca más. No sabía si sería capaz de empaquetar sus cosas y enviarlas a la familia. Empezaría mañana, ahora mismo se sentía tan cansada que solo quería dormir.

Sintió las manos de Inuyasha quitándole el abrigo, relajó los brazos y dejo que deslizara las mangas hacia abajo.

Inuyasha lo colgó en el perchero y la condujo al salón. Parándola junto al sofá.

-         Siéntate y descansa, voy a prepararte una infusión.

-         Gracias, me vendrá bien, solo recordar lo que dijo el comisario me revuelve el estómago.

-         No pienses mas en eso, no te hace bien

-         Tienes razón – Miró hacia atrás, a la habitación de Yamiko. – Aún no puedo creer que ya no esté – Cerró los ojos y suspiró – No se si voy a ser capaz de entrar en ese dormitorio para guardar sus cosas. Imagino que su madre querrá que se las envíe

-         Mañana vendremos a empaquetarlas. Ahora no te preocupes por eso.

Inu Yasha se perdió en la cocina, Kagome suspiró y se echó en el respaldo del sofá, cerró los ojos y suspiró sintiendo que eso aliviaba un poco el cansancio. El microondas soltó un pitido y segundos después Inuyasha apareció con dos tazas. Se sentó junto a ella y le ofreció una

Ella apartó la bolsita y removió la infusión.

-         ¿Qué voy a hacer ahora? la casa se me hará muy solitaria sin ella – Sonrió melancólica - era muy ruidosa, ¿verdad? – Él no contestó ni asintió – Con ella aquí, siempre era una fiesta; la casa se veía iluminada cuando estaba… - Miró a su alrededor, la tristeza apagó otra vez el brillo de sus ojos - ahora parece fría y oscura… - Bebió un sorbo de la infusión y sintió el calor reconfortante de la bebida asentarse en el estómago, apaciguando las nauseas que no había dejado de sentir todavía.

-         No tienes por qué quedarte aquí. Ven conmigo, Kagome. Al menos las primeras noches. No te quedes aquí sola. – Ella se tocó el estómago, sintiendo un amago de dolor. Y él tuvo la necesidad de tocarlo también, preocupado por lo que pudiese estar sucediendo ahí dentro. Pero no lo hizo.

-         La muerte de Yamiko me ha dado dolor de estómago. Es como si una parte de mí quisiese desprenderse. Voy a echarla… - Él había dejado la taza en la mesa y ahora tenía puesta la mano en su vientre. No lo había visto moverse, aunque tampoco podía echar mucha cuenta, estaba tan afectada por la muerte de Yamiko que sentía que no era capaz de concentrarse en nada.

-         Escucha, no vas a quedarte aquí, nos vamos, dime qué guardo y saldremos de esta casa. No te sientes bien y no estoy dispuesto a ver cómo enfermas

Maldito fuera por haber provocado esto en el peor momento, no estaba preparado para que ella perdiera el niño, no ahora que estaba dispuesto a aceptar otras opciones. No iba a perder a su familia. No lo consentiría.

-         Inuyasha, no puedo salir huyendo de esto, tranquilo, todo estará bien, deja que esta noche la pase aquí, y después si aún sigue la oferta me iré por unos meses, hasta que encuentre otro sitio.

-         Maldita sea – Inuyasha se levantó y caminó unos pasos, sintiéndose frustrado, ¿por qué era tan testaruda? ¿Es que no estaba bien con él? Podía sentir que sí, aquello podía funcionar y ambos lo sabían, ¿Por qué no cedía? Se pasó la mano por el pelo y se volvió hacia ella. Estaba dispuesto a dar el paso y cambiar, ¿Por qué ella no le dejaba hacerlo?  – No estoy hablando de unos días, quiero que vivas conmigo… – Había sonado desesperado, ofuscado en que cediera, pero no le importaba si así lo conseguía.

Ella dejó la infusión en la mesa y se levantó también. Sintió sus manos frías coger las de él y buscar sus ojos. Podía ver el cansancio en su rostro. No podía más, necesitaba echarse y dormir durante horas si no quería que la debilidad le creara consecuencias al embarazo.

-         Tengo que hacer esto sola, Inuyasha, dame un poco de tiempo para asimilar lo que ha pasado, te prometo que estaré bien, y si te necesito te llamaré. Cuando esté lista me iré a vivir contigo. Es una promesa – En la comisaría habría dicho que sí, pero nada mas entrar en la casa sintió que tenía que permanecer aquí al menos unos días, cerrar este libro de su vida. Tenía que definirse con los recuerdos de su convivencia con Yamiko. Era la única forma de despedirse de ella. Se lo debía.

Inuyasha no lo intentó más, comprendió que cuanto antes la dejara sola en la casa, antes descansaría ella. Y eso era lo más importante en este momento.

-         De acuerdo, pero me llamarás, tanto si te sientes mal física o emocionalmente, y vendré a buscarte. Mañana de todas formas me pasaré por aquí para ayudarte, me da igual que quieras o no…

-         Está bien, papá

Aquella palabra lo hizo sonreír. Le tomó el rostro y la besó dulcemente.

-         Si te sigue doliendo el estómago también me llamarás e iremos a un médico.

-         No sabía que fueras tan aprensivo, solo son los nervios.

Él la abrazó y depositó un beso en su cabeza.

-         Espero que tengas razón.

-         Nunca pensaría que fueras de los que se preocupan tanto.

-         Me preocupo por ti. Estoy colgado por ti, ¿O es que todavía no te has dado cuenta? – Apoyó su cabeza en la de ella, y sintió sus delicados brazos rodearlo. Cerró los ojos.

-         Bueno, creía que eran imaginaciones mías...

El la separó un poco y la miró.

-         ¿Lo sabías y aun así me haces sufrir? Mala mujer… - Ella se rió. Le besó la frente y le tocó la mejilla – Intenta descansar, ¿de acuerdo? Mañana vendré a despertarte.

-         Está bien, no voy a discutirte que vengas o no, porque tengo la impresión de que vas a hacer lo que quieras y no lo que yo te diga.

-         Me vas conociendo.

Le dio un último beso y la dejó allí, de pie junto al sofá.

 

Kagome se volvió a sentar y cogió la taza, dándole otro sorbo y mirando la puerta que se cerraba.

Qué extraña forma tenía la vida de compensar a uno, había encontrado al hombre de su vida el mismo día en que había perdido a su mejor amiga.

 

 

 

NN/AA: Bueno, bueno… Pues sí que está indeciso este hombre, es decir… demonio jejejj, primero que sí quiere a Kagome, después que es capaz de vivir sin ella, luego que no le apetece vivir sin ella… en fin, a ver si se aclara y así nos aclaramos nosotras jejejjj

Nos parece que deberíamos ir explicando algunas cositas que vamos dando por hecho que se saben pero no está de más aclararlas.

1º La forma en que, en este fic, un demonio puede embarazar a una humana: Nosotras entendemos que son especies distintas, por lo tanto no podrían concebir entre ellos. Pero la sangre de Inuyasha es tan fuerte que puede hacer vulnerable las células humanas y modificarla lo suficiente para que pueda ser concebible. Así que lo que él necesitaba para fecundarla era darle de beber su propia sangre. Mira qué sencillos fue, ella le dio un bocadito de nada en el labio y ala… preñadilla que se nos quedó :P

2º Se nos ocurrió que siendo un demonio perro, bien podía tener algo de esa naturaleza, los caninos perpetúan la especie de manera diferente a la humana, y eso fue lo que quisimos atribuirle al demonio perro. Mientras Kagome era invulnerable a la especie de Inuyasha, el sexo con él era común, como el de cualquier humano, pero en cuanto su organismo está intoxicado (por decirlo de alguna manera) con la sangre del demonio, aquí actúa la naturaleza demoníaca y no la humana; en ambos cuerpos. Inuyasha era anteriormente humano, y damos por hecho que las relaciones que conoció fueron siendo humano, por eso, cuando la naturaleza que actúa en los dos es la demoníaca, la relación sexual es diferente. Por ahí se comentaba que las hembras caninas no tienen una experiencia agradable. Lo suponíamos porque si alguna vez ha coincidido que cerca de vosotros un perro ha cogido a una hembra, esta gime como si sufriera. Pero lógicamente no podíamos poner eso. Así que aquí Kagome ni se cosca que está ocurriendo algo raro.

Y por último, lo de los efectos secundarios se refiere a los sentimientos que estaban despertando en él. Y que por mucho que quiera decirse que puede superarlo… amigo mío… de esta no te libras ;)

Ala… bezasos para todos y nos vemos en el siguiente capítulo, que se va a poner interesante; aquí ya mismo se estará viendo la pata del lobo.

Gracias por los rewiews que nos enviáis.

 

26/09/2005

 

 

Las dos Artemisas

lasdosartemisas@yahoo.es

Nos dedicamos a vivir el día, sin dependencia alguna, y cazar en la noche, fuera de las tradiciones, queriendo compartir nuestra felicidad con los demás.